
Opinión — Recientemente se publicó, con el título de Gobernar odiando al Estado, una obra colectiva coordinada por Alejandro M. Estévez, director del Centro de Estudios del Estado y las Organizaciones Públicas de la Universidad de Buenos Aires, que aborda el fenómeno del ascenso de los movimientos antiestatales y la forma en que capturaron las instituciones políticas sistemática y articuladamente entre 1990 y 2025, con base en narrativas de un variopinto espectro ideológico.
Las tomas de posesión de la presidencia de Keiko Fujimori, en Perú, y de Abelardo de la Espriella, en Colombia, así como los cambios políticos pendulares en Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia y casi todos los países de Latinoamérica, con un proceso acelerado de desinstitucionalización y, paradójicamente, de emisión de nuevas constituciones hacen evidente este fenómeno. No son episodios aislados que brotan y desaparecen.
La redefinición de lo público, la transformación digital controlada por las empresas de escala global, el reordenamiento mundial, la insuficiencia de la democracia representativa, la crisis no superada del Estado de bienestar, las limitaciones de la modernización de los órganos estatales y la erosión de la credibilidad del gradualismo gubernamental, entre otros factores, son causa y efecto del “secuestro” de las capacidades del Estado por grupos que pretenden desmontarlo y prometen su reducción al mínimo como estrategia para obtener el triunfo electoral.
Sin embargo, quienes pregonan la muerte del Estado requieren de sus aparatos para someter a sus adversarios y opositores y rápidamente la retórica antiestatal pierde fuerza legitimadora porque, en su descripción del Estado fallido, contribuye activamente a producirlo. Esto ha producido una secuencia de elecciones cada día más polarizadas, que abren el espacio para que el dictador nicaragüense Ortega, sin pudor alguno, declare que los comicios deben desaparecer por ser un riesgo para el proyecto popular que él encabeza.
Las instituciones políticas, más allá de los órganos del Estado vinculados directamente con el ejercicio del poder que si subsisten al discurso anti estatista, sufren un deterioro, muchas veces irreversible, porque son visualizadas en forma incremental como inútiles y un estorbo para la modernización, el bienestar del Pueblo, el funcionamiento eficiente del mercado o la democracia popular. El desprestigio de las organizaciones intermedias o los poderes no gubernamentales como partidos políticos, sindicatos, medios de comunicación, asociaciones religiosas, instancias de participación ciudadana, poder judicial, congresos, agentes autónomos y todo aquel espacio que se oponga a la voluntad política mayoritaria imperante se acentúa en el discurso y eventualmente motivan su debilitamiento, desmantelamiento o desaparición.
El gobierno de los que odian al Estado tiende al autoritarismo y a la simulación democrático-electoral y si bien no es exclusivo de Latinoamérica, en nuestra región se ha manifestado con mayor fuerza y ha sido más evidente la súbita acumulación de apoyo popular a los candidatos con narrativa anti estatista, la ascensión de líderes disruptivos y el fracaso de sus gobiernos para ser sustituidos por un líder con estrategia similar con una orientación ideológica distinta o la construcción de autoritarismo que, rápidamente, se convierten en dictaduras, dependiendo del apoyo de los aparatos del Poder del Estado que pregonan odiar.
Los autores, si bien se concentran en el caso argentino, abordan los casos de El Salvador, Brasil, Perú y México y explican la acumulación de frustraciones por las crisis económicas y políticas, que pone en el banquillo de los acusados a la legitimidad democrática y a la desigualdad social en el estrado principal de las víctimas. Insatisfacción y pobreza estructural producen el contexto ideal para el triunfo electoral de las narrativas anti estatistas. Los movimientos que odian al Estado cuando se convierten en gobierno que deben administrarlo y no puede cumplir sus promesas de destruirlo se deslegitiman. Esto ha provocado una espiral que hunde a las sociedades en mayores frustraciones y abre la oportunidad para que haya propuestas más radicales de odio contra el Estado, que es la ruta más directa al autoritarismo.
En la obra, los autores abordan el fenómeno desde la sociología, la ciencia política, el derecho, la filosofía, las políticas públicas, el contexto internacional, la historia, la perspectiva humana y las finanzas públicas. Además, hacen énfasis en las tipologías de las narrativas antiestatales. En los balances y perspectivas, Alejando M. Estévez nos invita a pensar con seriedad las narrativas antiestatales que son producto de transformaciones estructurales profundas y a considerar que la erosión democrática no es irreversible.
Joan Subirats, que prologa el libro, destaca que contiene un “territorio minado por las narrativas que pretenden convencernos, nada más y nada menos, de que gobernar contra el Estado no sólo es posible, sino incluso deseable… (pero) si bien eso es posible, es al mismo tiempo devastador para la vida democrática y para los derechos de la mayoría de la población.”
Alejandro M. Estévez (Ed.) Gobernar odiando al Estado. Narrativas antiestatales en las Américas (1990-2025), CEDEOP, Argentina, 2026. Lectura muy recomendable.
Investigador del Instituto Mexicano de Estudios Estratégicos en Seguridad y Defensa Nacionales y del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores
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La Crónica de Hoy 2026