Opinión

ERA y El oficio de escritor

El oficio del escritor

El anuncio del cierre de la editorial Era me llevó al estante de mi biblioteca donde conservó un libro fundamental en mi formación temprana como escritor (y yo creo en la de muchos otros, tanto de mi generación como de la anterior). Se trata del volumen El oficio del escritor, cuya primera edición en Era se remonta a 1968, con el diseño de la portada a cargo de Vicente Rojo, misma que se ha conservado intacta a lo largo de seis décadas en las que se le ha reimpreso en numerosas ocasiones.

El libro reúne dieciocho entrevistas con algunos de los escritores más importantes del siglo XX, publicadas originalmente en The Paris Review, la revista literaria de medio siglo que impulsaron un grupo de jóvenes escritores y académicos estadunidenses en aquel tiempo residentes en Europa. A falta de recursos para pagar las colaboraciones de grandes autores, decidieron entrevistarlos sobre sus rutinas de trabajo como quien visita el taller de un pintor o de un relojero: sus métodos, hábitos cotidianos, influencias, dudas, técnicas y manías.

La selección incluye a E. M. Forster, François Mauriac, Ezra Pound, T. S. Eliot, Boris Pasternak, Katherine Anne Porter, Henry Miller, Aldous Huxley, James Thurber, William Faulkner, Thornton Wilder, Ernest Hemingway, Alberto Moravia, Lawrence Durrell, Mary McCarthy, Angus Wilson, Ralph Ellison y Truman Capote. La traducción y la presentación de la edición mexicana estuvieron a cargo de José Luis González, el escritor puertorriqueño avecindado en México.

En el libro la palabra “oficio” desplaza a la escritura del territorio nebuloso de la inspiración iluminada hacia la del trabajo constante, la disciplina, la lectura y el aprendizaje; antes que en una figura tocada por las musas, convierte al escritor en alguien que todos los días debe enfrentarse a las dificultades concretas de llenar una página.

La fórmula de The Paris Review tenía algo de indiscreción doméstica. Los entrevistadores no preguntaban por las grandes ideas acerca de la literatura. Querían saber dónde escribía el escritor, a qué hora, de qué manera, con qué instrumento. Durrell escribía a máquina; Capote comenzaba a mano y con lápiz. Es decir, antes de averiguar qué era la literatura, aquellas entrevistas querían saber cómo ocurría.

No recuerdo exactamente dónde lo compré ni cuánto me costó. Recuerdo en cambio la impresión que me produjo saber que la del escritor profesional es menos una carrera de velocidad que de resistencia, un asunto de método y rigor antes que un desplante de inspiración súbita y febril. Entendí que para poder afirmar sin imposturas que se es escritor, no bastaba con querer serlo, sino que se necesitaba construir todo un andamiaje intelectual y rutinario del que lo desconocía casi todo.

Hoy puede parecer una trivialidad. A los veinte años no lo era. Queríamos conocer “el secreto” y el libro nos ofrecía algunas pistas, algunas de ellas tan difíciles de discernir como ésta: ¿Se trataba de encerrarse a escribir, o de salir al mundo para empaparse de experiencias que después se traducirían en literatura? ¿O ambas cosas a la vez?

William Faulkner cuenta en su entrevista que, durante su estancia en Nueva Orleans, conoció a Sherwood Anderson y comenzó a frecuentarlo. Se encontraban por las tardes para caminar por la ciudad, conversar con la gente y beber; las mañanas, en cambio, Anderson las reservaba rigurosamente para encerrarse a escribir. Al observar aquella rutina que alternaba la vida callejera con la disciplina cotidiana de la escritura, Faulkner llegó a una conclusión que a mis ojos juveniles resultaba fascinante: “si ésa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío”

No había pues un método que pudiera extraerse del libro. Había dieciocho, y a menudo se contradecían. Katherine Anne Porter decía que escribía primero las últimas líneas, el último párrafo, la última página, y después retrocedía hacia ellas. Necesitaba conocer la meta. Henry Miller proponía otra ruta: después de años de reconocerse como un escritor hecho de voces ajenas, Henry Miller decidió desprenderse de sus influencias y comenzar a escribir desde su propia experiencia, y con no otro interés que contar lo que a él mismo le acontecía. La gran lección de aquel libro se reducía a algo simple en apariencia: escribir no consistía en descubrir cómo escribían los escritores sino, tarde o temprano, en averiguar cómo podía escribir uno mismo.

Hemingway explicaba allí su conocida teoría del iceberg. Un escritor puede eliminar de un relato aquello que conoce profundamente porque ese conocimiento permanece debajo de la página y sostiene lo visible. Al hablar de El viejo y el mar enumeraba todo lo que sabía del océano, los peces y la aldea de pescadores y que deliberadamente había dejado fuera. Aprende entonces que lo ausente también es parte del texto. Casi cuarenta años después me parece una descripción bastante exacta de la escritura y quizá también de la vida: lo que contamos es una fracción de lo que sabemos, y lo que sabemos una fracción de lo que hemos vivido.

Truman Capote, cuya entrevista cierra el volumen, cuenta que comenzó a enviar cuentos a las revistas siendo apenas un adolescente y recuerda que, a los diecisiete años, recibió el mismo día tres cartas en las que le anunciaban la aceptación de otros tantos relatos. Pero lejos de presentar aquel éxito precoz como prueba de un talento espontáneo, Capote insiste en la dificultad del oficio: consideraba el cuento uno de los géneros más exigentes de la prosa y reconocía que fue precisamente la disciplina de escribirlos durante años la que le permitió adquirir buena parte de su técnica como escritor.

Los escritores entrevistados podían discrepar acerca de todo: escribir de noche o de día, planear o improvisar, partir de la experiencia o inventarla, corregir infinitamente o publicar, pero coincidían en algo: para escribir simplemente había que sentarse y hacerlo.

Yo abrí aquel libro buscando probablemente una respuesta: cómo se llega a ser escritor. Casi cuarenta años después sé que ninguno de aquellos dieciocho escritores conocía la respuesta. Faulkner tenía la suya, Hemingway otra, Porter otra, Miller exactamente la contraria. Era precisamente eso lo que trataban de decirme. El oficio consiste, simplemente, en seguir intentándolo.

La noticia del cierre de Era me devolvió a aquel volumen. Un libro sobre escritores termina siendo, casi sesenta años después, también un libro sobre editores y lectores. Alguien tuvo que escoger aquellas entrevistas, traducirlas, corregirlas, diseñarlas, imprimirlas, distribuirlas y ponerlas como ocurrió al alcance de un muchacho de veinte años que todavía no sabía qué iba a hacer con su vida. Algunas editoriales publican libros. Otras como Era han publicado también fragmentos de nuestra biografía.

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