
Hay una frase que resume mejor que cualquier comunicado el giro que intenta dar la política industrial mexicana: no es lo mismo comprar tecnología en San Francisco que producirla en Querétaro. La dijo Marcelo Ebrard en la inauguración de InnovaFest Querétaro, y aunque suene a eslogan, detrás hay un diagnóstico correcto: durante décadas México se conformó con ser el lugar donde se ensambla lo que otros diseñan, y ese lugar en la cadena de valor ya no alcanza.
InnovaFest es la apuesta de la Secretaría de Economía para cambiar esa posición. No es un festival más ni un acto protocolario con corte de listón: es la tercera parada del año de una estrategia nacional que ya recorrió Monterrey, que seguirá por Guadalajara, Mérida y Cuernavaca, y que cerrará en diciembre con una edición nacional en Morelos. El objetivo declarado es sencillo de enunciar y difícil de lograr: que la innovación mexicana deje de ser anécdota y se convierta en política de Estado con presupuesto, calendario y métrica.
Los números respaldan la ambición. Casi 6,500 proyectos registrados, 670 prototipos exhibidos, 170 fondos de inversión en la mesa y un centenar de empresas y universidades participando. De ahí salieron 100 finalistas y 24 ganadores, con más de 3.2 millones de pesos repartidos entre premios, becas y capacitaciones. Querétaro, además, superó en postulaciones a Monterrey, que había cerrado con 2,911 proyectos. Ese crecimiento entre una sede y otra no es casualidad: es la señal de que existe una demanda de innovación mexicana que simplemente no tenía dónde canalizarse.
Lo relevante no es solo que el gobierno federal entregue premios. Es que Ebrard ha sido explícito sobre el problema estructural que quiere atacar: mientras México no acelere el registro de patentes y no facilite que sus emprendedores accedan a capital, seguirá siendo territorio de ensamblaje y no de creación. Esa distinción, entre ensamblar y crear, entre rentar tecnología y ser dueño de ella, es el verdadero eje de la política industrial que se está construyendo, y no es gratuito que la robotización, la inteligencia artificial y la automatización de tareas repetitivas aparezcan como telón de fondo de cada intervención del secretario. La transición ya empezó; la pregunta es si México participa en ella como creador o como espectador.
Que la sede haya sido Querétaro tampoco es casual. El estado ya tiene un ecosistema consolidado en aeroespacial, automotriz y manufactura avanzada, con universidades como la Aeronáutica integradas a esa cadena de industria y gobierno. Ahí está, en miniatura, la lógica que el gobierno federal busca replicar con los Polos de Desarrollo Económico para el Bienestar: no inventar vocaciones productivas desde cero, sino identificar dónde ya existe talento acumulado y ponerle infraestructura, financiamiento y visibilidad encima.
Entre los proyectos presentados destacaron propuestas en inteligencia artificial, nanotecnología y abasto sustentable de agua, es decir, soluciones a problemas concretos del país y no ejercicios de laboratorio. Esa es la prueba de fuego para cualquier estrategia de innovación: no cuánto dinero se reparte, sino si ese dinero está empujando tecnología que México necesita y que hasta ahora importaba.
InnovaFest no va a cerrar por sí solo el rezago histórico de México en patentes, ni va a alcanzar en unos años lo que otras economías construyeron en décadas de inversión sostenida en investigación y desarrollo. Pero sí está haciendo algo que escaseaba en la política industrial mexicana: convertir la innovación en un programa medible, con resultados que se pueden auditar edición tras edición. Y si algo debería exigírsele a cualquier estrategia de desarrollo económico es precisamente eso, resultados verificables y no promesas.