
México está gastando cada vez más en combatir los efectos de la pobreza, pero sigue sin resolver la falta de empleos productivos y bien remunerados, que es lo que realmente genera riqueza en un país. Los números empiezan a encender focos rojos, no solo por la falta de creación de nuevos empleos, sino por la pérdida de los ya existentes.
En julio pasado, México perdió 19 mil 550 empleos formales registrados ante el IMSS. En los primeros siete meses del año se han creado apenas 243 mil 78 plazas formales. Lo más alarmante es que entre enero y julio, 1.25 millones de trabajadores tuvieron que retirar 27 mil 52 millones de pesos de sus Afores por desempleo, un máximo histórico para un periodo similar y un incremento de 23.4% respecto al mismo lapso de 2025.
Es decir, mientras el gobierno presume que los programas del Bienestar llegan a millones de mexicanos, una parte importante de la población trabajadora está enfrentando la falta de empleo echando mano de sus propios ahorros para el retiro. Ahí está una de las grandes contradicciones de la política social del actual gobierno.
Una transferencia puede aliviar la pobreza durante un periodo de tiempo, pero un empleo puede cambiar la vida de una familia durante décadas. El problema es que el modelo de los programas del Bienestar está enfocado en el primer objetivo y no en el segundo.
Nadie puede negar que los apoyos sociales representan un alivio para millones de familias. Incluso las propias cifras oficiales muestran que las transferencias reducen la población que se encuentra por debajo de las líneas de pobreza por ingresos. Sin embargo, estos apoyos dejan de ser un puente hacia una vida productiva y terminan convirtiéndose en una condición permanente.
Una política social verdaderamente transformadora debe lograr que cada vez más mexicanos dependan menos de ella. Y para ello se requiere empleo, capacitación, inversión, empresas, cooperativas, financiamiento y mercados, no solo depósitos.
Un ejemplo de productividad y generación de riqueza que vale la pena destacar se da en la Sierra Norte de Puebla, particularmente en Cuetzalan, donde miles de familias indígenas encontraron hace décadas una ruta diferente para no depender de los subsidios.
La Unión de Cooperativas Tosepan Titataniske nació en 1977 para enfrentar a los intermediarios que durante años compraban café, pimienta, miel y otros productos a precios de miseria. Los productores crearon una estructura cooperativa, desarrollaron mecanismos de financiamiento, impulsaron proyectos productivos, construyeron escuelas y una universidad intercultural. Lograron convertir el trabajo de la comunidad en una fuente permanente de ingresos.
Sus productos llegan a mercados nacionales e internacionales y la organización terminó construyendo una economía comunitaria mucho más amplia que la simple producción agrícola.
El caso de Tosepan no significa que los programas sociales sean innecesarios. Pero sí demuestra que una comunidad puede avanzar mucho más cuando recibe herramientas para producir que cuando únicamente recibe recursos para consumir.
En lugar de utilizar buena parte de la política social para mantener a millones de personas como beneficiarios permanentes, el gobierno debería utilizar esos recursos como capital inicial para impulsar cooperativas, pequeñas empresas comunitarias, capacitación, infraestructura productiva y acceso a mercados.
El éxito de un programa social no debe consistir en hacer más grande el padrón de beneficiarios, sino en hacer que estas personas puedan producir, ganar y prosperar por sí mismas para que dejen de necesitarlo.
@fer_martinezg