Opinión

La inteligencia artificial y el nuevo límite ético y epistémico

Technology meets humanity background, modern remake of The Creation of Adam
Inteligencia artificial (rawpixel.com / Fluke/rawpixel.com / Fluke)

La inteligencia artificial es sin duda alguna uno de los inventos o creaciones científico-tecnológicas de mayor importancia y de mayor complejidad en toda la historia de la humanidad. Se trata de una herramienta que está permitiendo avances insospechados en la investigación científica, en la innovación tecnológica y puede decirse ya, en prácticamente todos los ámbitos de la creación humana.

Estamos ante una de esas tecnologías que pueden concebirse, no solo como disruptivas, sino como auténticamente revolucionarias respecto de cómo nos entendemos en tanto humanidad y en tanto una colectividad global, que puede o no compartir proyectos civilizatorios, pero que dada la interconectividad que existe en todo el planeta está generando puentes incluso involuntarios de diálogo, pero también de competencia y conflicto.

Esta es su potencia: que la inteligencia artificial ha roto quizá todos los récords en términos de generar enormes capacidades y oportunidades para millones de personas, y al mismo tiempo para alertar respecto de los riesgos asociados a su uso, pero sobre todo a su creciente capacidad de autonomía y de participar incluso en el desarrollo de nuevas generaciones de sistemas. Empresas como Anthropic u OpenAI han advertido sobre escenarios en los que los sistemas de inteligencia artificial podrían intervenir crecientemente en su propio desarrollo, hasta llegar eventualmente a procesos de automejora recursiva.

El secretario general de la ONU ha alertado incluso que la utilización de inteligencia artificial como base del funcionamiento de armas autónomas ha colocado a la humanidad ante una nueva frontera de alerta roja respecto de las implicaciones éticas que este tipo de armamentos plantean, pues lo que está en juego es nada más y nada menos, que poner en manos de las máquinas la decisión que fue reservada durante siglos a la potestad soberana máxima de los Estados, es decir, la decisión final de quién vive y de quién muere.

Poner en manos de las máquinas la determinación algorítmica de en qué momento una persona puede o no vivir representa uno de los dilemas éticos más importantes a los que nos hemos enfrentado, quizás en toda la historia de la humanidad. En ese sentido, lo que es urgente no es solo crear marcos regulatorios aplicables a los gobiernos y sobre todo a las empresas que tienen estas capacidades de producción, sino dar un paso atrás y preguntarnos —y por supuesto generar las respuestas que son urgentes— cuáles son los límites éticos, epistemológicos y hasta ontológicos respecto del uso de la inteligencia artificial en diferentes áreas de la vida humana, y la producción y uso de las armas es, sin duda alguna, una de las más cruciales.

No hay duda en que es una buena noticia que, gracias a la aplicación de la inteligencia artificial, se estén generando respuestas mucho más aceleradas a problemas médicos como la cura del cáncer, la prevención de la diabetes, la mejora de semillas o la creación de versiones mejoradas de diferentes productos agrícolas que permitirían quizá reducir rápidamente grandes problemas de disponibilidad de alimentos en regiones sumamente empobrecidas en todo el mundo. Sin embargo, también es cierto que el acceso no solo a internet sino también, en este caso, a la inteligencia artificial está provocando la radicalización y profundización de las desigualdades que separan a aquellas personas que pueden hacer uso intensivo de este tipo de tecnologías y aquellas que ni siquiera tienen la posibilidad de conocerlas para las actividades más elementales.

Esto obliga a pensar que la discusión debe dirigirse también hacia quiénes tendrán acceso a ellas y quiénes podrán controlarlas. Porque una tecnología capaz de multiplicar extraordinariamente las capacidades humanas puede convertirse también en un formidable dispositivo de concentración del poder, del conocimiento y, con ello, de las posibilidades mismas de determinar el futuro.

El problema es todavía más profundo porque la inteligencia artificial comienza a modificar nuestra relación con el conocimiento. Durante siglos hemos supuesto que conocer implicaba un esfuerzo de comprensión; que saber algo significaba recorrer un camino intelectual que permitía formular preguntas, equivocarse, corregir y construir argumentos. Ahora comenzamos a habitar un mundo en el cual podemos obtener respuestas extraordinariamente complejas sin comprender los procesos que permitieron producirlas.

En eso se encuentra uno de los límites epistemológicos más delicados que tenemos frente a nosotros. Porque una sociedad puede disponer de cantidades prácticamente infinitas de información y, sin embargo, perder progresivamente su capacidad de comprender. Podemos tener respuestas para casi todo y, paradójicamente, dejar de saber cuáles son las preguntas verdaderamente importantes.

Por ello el debate sobre la inteligencia artificial debería comenzar a desplazarse desde la fascinación por sus capacidades hacia una reflexión mucho más exigente sobre nuestra propia condición humana. En ese sentido, preguntas que no podemos obviar, no es solamente qué podrán hacer las máquinas dentro de diez o veinte años, sino qué estaremos dispuestos nosotros a dejar de hacer; qué decisiones estaremos dispuestos a delegar; qué responsabilidades estaremos dispuestos a abandonar y qué dimensiones de nuestra existencia consideraremos irrenunciablemente humanas.

Una civilización se define tanto por aquello que es capaz de crear, como por aquello que, aun pudiendo hacerlo, decide no hacer. En esa renuncia consciente se encuentra una de las expresiones más profundas de la libertad. La cuestión en este tema es saber si tendremos la sabiduría suficiente para impedir que, fascinados por todo aquello que pueden hacer por nosotros, terminemos entregándoles aquello que ninguna máquina debería decidir jamás: el sentido, el valor y la dignidad de una vida humana.

Investigador del PUED-UNAM

Tendencias