Opinión

El método Grönholm

El método Grönholm

En 1911, el ingeniero estadounidense Frederick Winslow Taylor publicó Principios de la administración científica, una de las biblias fundacionales del capitalismo industrial. Su propósito era medir cada movimiento del obrero, cronometrar sus tareas, eliminar los tiempos muertos y encontrar la única manera correcta —the one best way— de producir más en menos tiempo. El trabajador ideal debía ser fuerte, puntual, disciplinado y, sobre todo, obediente. El cuerpo humano ingresaba en la fábrica como una pieza más de la maquinaria.

Más de un siglo después, el taylorismo no ha desaparecido: se ha mudado de oficina y ha cambiado de instrumental. Ya no lleva necesariamente un cronómetro en la mano ni observa cómo cargamos lingotes de hierro o apretamos una tuerca en la banda infitnita de producción a la manera de Chaplin en Tiempos modernos.

Ahora mide aptitudes, temperamentos, capacidades de liderazgo, tolerancia a la frustración, pensamiento estratégico, inteligencia emocional, corrección e incorrección política, historial familiar, huellas incómodas de la actividad digital del candidato, la marca de ropa y hasta el automóvil con el que llega a la entrevista, así como su disposición para trabajar bajo presión. A los nuevos reclutadores ya no les basta el cuerpo: quieren conocer también la cabeza que lo mueve y regula, en un entorno de competencia feroz.

De eso trata El método Grönholm, la extraordinaria comedia negra de Jordi Galceran que se presenta actualmente en el Teatro Xola Julio Prieto, bajo la dirección de Rodrigo Nava. Cuatro aspirantes a un puesto ejecutivo han llegado a la última etapa de un proceso de selección. No hay entrevistador, no hay recepcionista, no hay una voz humana que los reciba. Sólo una sala corporativa cerrada, algunos sobres, una serie de instrucciones y la sospecha de que uno de ellos no es quien dice ser. El resto es una guerra velada, una partida de póquer con las cartas cerradas, una suerte de La Casa de los Famosos corporativa, vigilada por un Big Brother que gobierna la escena como un demiurgo sin rostro.

Galceran, nacido en Barcelona en 1964 y formado en Filología Catalana, comenzó a escribir teatro a finales de los años ochenta. Antes de alcanzar el reconocimiento internacional había trabajado durante varios años en la administración pública catalana. Obras como Palabras encadenadas, Dakota, El crédito, Burundanga y Cancún confirmaron su habilidad para construir mecanismos escénicos de enorme precisión: piezas que avanzan mediante revelaciones sucesivas, juegos de poder y giros argumentales que obligan al espectador a reconsiderar lo que creía haber entendido unos minutos antes.

El método Grönholm, estrenada en 2003 en el Teatro Nacional de Catalunya, es su obra más conocida. El origen de la pieza resulta revelador: Galceran se inspiró en la noticia de un periodista que encontró en una papelera las solicitudes de empleo desechadas por una empresa. En los formularios aparecían anotaciones humillantes sobre las aspirantes. Detrás del lenguaje neutro de los departamentos de recursos humanos se asomaba una mirada despiadada, convencida de su derecho a clasificar, juzgar y descartar personas. La obra convirtió aquella anécdota en una maquinaria teatral perfecta. Desde su estreno ha sido representada en numerosos países y ha tenido versiones en España, Argentina, Uruguay, Perú, Portugal, Alemania y México, entre muchos otros escenarios.

En la fábrica de Taylor se examinaba la velocidad del trabajador. En la corporación contemporánea se examina su personalidad. Vivimos en el mundo de los “psicométricos”: cuestionarios de opciones múltiples, figuras que deben completarse, manchas que deben interpretarse, dilemas morales, simulaciones de crisis, entrevistas colectivas y preguntas diseñadas para descubrir quiénes somos, pero también quiénes estamos dispuestos a fingir que somos. En una de las líneas más perturbadoras de la obra una de las reclutadoras declara: “No buscamos una buena persona que parezca un hijo de puta. Lo que necesitamos es un hijo de puta que parezca buena persona”.

Conviene aclarar que las pruebas psicométricas no son, por sí mismas, instrumentos perversos. Aplicadas con rigor, pueden ayudar a evaluar determinadas capacidades y reducir la arbitrariedad de una entrevista convencional. El problema comienza cuando se les atribuye una exactitud que no poseen; cuando un resultado estadístico se convierte en sentencia, o cuando se utilizan para indagar aspectos de la vida privada que nada tienen que ver con el desempeño profesional. La propia psicología organizacional insiste en que estos instrumentos deben ser válidos para el puesto concreto, transparentes, pertinentes y examinados para evitar sesgos o discriminación.

El método Grönholm se instala precisamente en esa zona turbia. ¿Qué clase de ejecutivo busca una gran corporación? ¿Uno inteligente, competente y responsable, o alguien capaz de traicionar a sus compañeros sin perder la sonrisa? ¿Un líder dispuesto a escuchar o un depredador que sepa disfrazar la crueldad de firmeza? ¿Una persona íntegra o alguien que pueda infringir sus propios principios cuando los intereses de la empresa lo exijan?

La selección de personal se transforma así en una especie de laboratorio moral. Los candidatos no sólo deben resolver problemas: tienen que demostrar hasta dónde están dispuestos a degradarse para obtener el puesto. Cada prueba arranca una capa de civilidad. La cortesía inicial cede su lugar a la sospecha; la solidaridad, al cálculo; la confesión personal, al chantaje. Los participantes aprenden que toda debilidad revelada será utilizada en su contra. Bajo la mesa de juntas reaparece la selva.

Aquí reside una de las mayores virtudes del texto: hacernos reír mientras contemplamos una forma de tortura. Galceran conoce el poder del humor como instrumento de crueldad. La carcajada llega primero; después aparece una incomodidad que la desmiente. Nos reímos de los candidatos, pero reconocemos en ellos comportamientos que el mundo laboral premia cotidianamente: fingir seguridad, ocultar el miedo, administrar la mentira, convertir al compañero en adversario y llamar “competitividad” a la demolición del otro.

La puesta mexicana funciona con la precisión de un engranaje bien aceitado. Rodrigo Nava comprende que el texto no necesita adornos ni subrayados. La dirección sostiene un ritmo intenso, deja respirar los silencios, administra con eficacia las revelaciones y evita que los numerosos giros se conviertan en simples trucos. En una obra construida como una partida de póquer, cada pausa, cada mirada y cada desplazamiento cuentan.

La escenografía reproduce la asepsia impersonal de las grandes corporaciones: un lugar aparentemente neutro donde todo ha sido calculado y donde, sin embargo, nadie parece responsable de lo que ocurre. La empresa se manifiesta a través de instrucciones anónimas. Es un poder sin rostro, una divinidad administrativa que observa a los candidatos sin dejarse ver. Como en Kafka, la autoridad está en todas partes y en ninguna.

Las cuatro actuaciones de la función que presencié son impecables. El elenco de la temporada —integrado por Ana Serradilla, Alejandro de la Madrid, Diego Klein y Daniel Haddad— trabaja como un verdadero conjunto. No hay protagonismos caprichosos. Cada intérprete construye una máscara inicial y permite que ésta se agriete poco a poco, sin anticipar las revelaciones. El equilibrio entre comedia, tensión y violencia emocional exige una enorme disciplina actoral, y el cuarteto consigue sostenerlo sin una sola fisura.

Al salir del teatro queda una pregunta incómoda. No cuánto estaríamos dispuestos a hacer para conseguir un empleo, sino qué clase de sociedad ha convertido esa pregunta en algo perfectamente razonable. Taylor quería encontrar al obrero idóneo para cada tarea. Las corporaciones de nuestro tiempo aspiran a algo más ambicioso: fabricar al individuo idóneo para su cultura, modelar su conducta, administrar sus emociones y asegurarse de que su conciencia no interfiera demasiado con las metas trimestrales. El viejo cronómetro de la fábrica continúa funcionando. Sólo que ahora hace tic tac dentro de nosotros.

La obra tendrá sus ultimas funciones de esta temporada en la Ciudad de México este fin de semana. Vale la pena asistir.

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