Opinión

El secuestro rompió la “pax narca”

Presidenta Claudia Sheinbaum

Resulta difícil encontrar el hilo conductor en el pensamiento presidencial: las batallas incesantes, el clima de inseguridad, la zozobra ciudadana en Sinaloa son producto de la intervención extranjera en ese estrado; no de la acción vengativa de dos grupos antagónicos mortalmente enfrentados entre sí en un estado cuyos poderes públicos han sido señalados (antes de la indagatoria del Departamento de Justicia de EU), como aliados y en algunos casos subordinados de los poderes fácticos sinaloenses.

Contrario sensu se podría decir: si los Estados Unidos en alianza con “la chapiza” no hubieran secuestrado al señor Zambada, los narcotraficantes, gomeros, fabricantes de fentanilo, extorsionadores, ladrones y criminales de todo jaez, podrían seguir trabajando sin derramamiento de sangre y sin señalamientos para el gobernador protegido, Rubén Rocha Moya, aliado del grupo secuestrador. Ergo, la culpa es de quien los molestó o dicho de otra manera (siempre se debe rendir homenaje al clásico), “de quien le dio un garrotazo al avispero”.

Total, las avispas son avispas y el piquete es culpa de quien las molesta. Los narcos son así, entonces lo mejor es dejarlos en paz.

En el fondo de la palabra presidencial subyace un reconocimiento a la imposibilidad del poder genuino para someter al poder fáctico y en esta categoría, en Sinaloa, sólo hay uno y nada más, así se encuentre dividido en facciones seguidoras de uno u otro gran capitoste, ser llame Mayo, se llame Chapo. Los herederos se matan por un negocio inmenso y un poder territorial necesario para asentar y expandir su gran industria; su producción y (lo más importante), su exportación.

Roberto Saviano, un escritor cuya vida pendía de un hilo, dijo en torno de la mafia italiana algo aplicable a Sinaloa:

“...El narcotráfico recuerda a la mafia italiana: es «una infraestructura invisible, cambian los políticos, pero debajo subsiste el sistema mafioso. Un sistema que «no solo financia actividades delictivas, sino que sostiene aparatos de seguridad, compra lealtades, sustituye economías colapsadas, mantiene con vida a Estados que, de otro modo, carecerían de recursos y legitimidad. Cuando la política deja de generar legitimidad, la droga genera liquidez. Y la liquidez genera poder».

El discurso presidencial es inaceptable. No porque sea admisible la extracción de ciudadanos mexicanos (eso es El Mayo, a fin de cuentas) sino por derivativo y condescendiente: con tal de culpar (indirectamente) a los Estados Unidos por su intervención, se llega al extremo de justificar, también sesgadamente, a los delincuentes y sus protectores.

Todo era felicidad, Sinaloa era una Arcadia y llegaron los perversos yanquis, movieron la piedra angular, se llevaron a un capo y el arco de la tranquila catedral se vino abajo. Eso no es así.

Así lo dijo tras una superficial y esquemática síntesis de la historia desde los inicios de la Independencia.

“la injerencia no resuelve los problemas, la injerencia provoca violencia”.

“¿Qué pide México? Soberanía, cooperación para el desarrollo, que es lo que genera paz.

“No queremos injerencia de ningún gobierno extranjero en nuestro territorio. Los mexicanos definimos nuestro futuro...”

Antes en Chihuahua el patrioterismo también había hablado:

“Vamos a seguir trabajando por Chihuahua. Siempre, y recuerden siempre, aquí que es ciudad fronteriza, por eso conté la historia, porque a México le ha costado mucho, muchas vidas, mucho sacrificio ser un país independiente y soberano. Y eso siempre debemos llevarlo en la mente y en el corazón: México es un país libre, independiente y soberano. Y nos toca a todas y todos defender a la patria”.

Luego abundó (ya en el reiterativo discurso de Baja California Sur durante su gira de ampliación regional de su II informe):

“...puede haber problemas, pero siempre los solucionamos entre mexicanos, la injerencia no, la subordinación tampoco, el entreguismo menos. México defiende siempre su soberanía, la dignidad del pueblo y la independencia de nuestra patria, que se oiga bien y que se oiga fuerte en este mes de la Independencia”, puntualizó desde la Plaza de la Reforma.

“Recordó –además--, que en el pasado neoliberal, los apoyos se entregaban con motivos electorales, contrario a lo que pasa ahora con la Cuarta Transformación, que hace justicia social con los Programas para el Bienestar que se entregan sin condiciones y sin intermediarios”.

Aquí valdría la pena distinguir: entregar los “apoyos” sin intermediarios, no modifica la intención. Cambia el procedimiento y personaliza una política de gobierno en una dádiva personal. Por eso Mario Delgado, secretario de Educación Pública (quién lo diría), ha dicho, aquí les manda la presidenta su beca, etc., etc...

Y si bien una consecuencia de los programas puede ser de “justicia social”, (como dice el lema del PRI), la diferencia entre la compra de votos y la compra de votantes es la clave del éxito electoral de Morena.

Pero de vuelta al injerencismo. Ojalá y alguno de sus reporteros en la mañanera le pudiera preguntar si para ella hay diferencia entre injerencia e intervención. Cuál es la más dañina y cual la menos tolerable.

De lo primero dice el lexicón: Intromisión: actuación sin habilitación ni título en un negocio o competencia ajenos. De lo segundo: actuación, participación, control, arbitraje, fiscalización.

Y también sería bueno saber la respuesta real cuando algo de lo descrito en las palabras anteriores se comete, cómo se debe responder más allá de los discursos o la celebración del mes de la patria. Hasta ahora México no ha hecho nada real –por ejemplo— en cuanto al secuestro de Zambada. Nomás quejarse.

Veamos lo de ayer, por si las arengas nacionalistas del fin de semana en el norte del país no hubieran sido suficientes en el más reciente monotema. Así lo han dado a conocer los medios:

(La jornada).- La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo afirmó que “Sinaloa es una demostración que el injerencismo (de Estados Unidos), con el rompimiento de un grupo delictivo, provocó la situación (de violencia) que hoy tenemos”.

“En la mañanera de este lunes, la jefa del Ejecutivo subrayó que con la intervención de Washington para la captura irregular del líder del cártel de Sinaloa, Ismael “El Mayo” Zambada, se dio una escalada de violencia en esa entidad que “hoy tiene índices delictivos importantes”.

Quizá haya espacio para el olvido del “Culiacanazo” cuando sin pruebas se preparaban extradiciones con el solo pedimento del gobierno ameriaano. Y no eran los neoliberales ni García Luna. Fue Andrés López. Esa jornada violenta permitió exihbir la tolerancia hacia los “chapitos”.

O quiazá podamos repetir como aquel cínico en un bar de Culiacán cuyo lamento describía el mismo panorama: estábamos mejor antes de que nos desorganizaran a la delincuencia organizada.

Increíble. Simplememente increíble.

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