
De acuerdo con la encuesta intercensal, levantada por el INEGI en 2025, en México hay 130.9 millones de habitantes. Se esperaba una cifra mayor, pero el hecho es que la tasa de crecimiento promedio anual de la población bajó a 0.7%, el ritmo más lento desde que se hacen estos ejercicios. El promedio de hijos nacidos vivos por mujer disminuyó a 1.9 a nivel nacional, y a un promedio demográfico de 1.23 hijos en el segmento de edad fértil. Esta cifra se sitúa muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional (fijado en 2.1), lo que anticipa un estancamiento demográfico a largo plazo, con un retroceso previsto a futuro, si no hay cambios en la fecundidad o en la migración. Somos muchos, pero seremos menos.
La dinámica de edad muestra que la base de la pirámide poblacional se está reduciendo a un ritmo acelerado. De hecho, ya no es pirámide, empieza a parecerse a un rombo. La edad mediana en México subió a 32 años. La cifra en 2010 era de 26 años. Actualmente, por primera vez en la historia del país, una de cada 10 personas tiene 65 años o más.
Hay varias razones, económicas, culturales y sociales, para explicar este cambio. Y hay una gran cantidad de problemas asociados, que podrían resolverse, tomando en cuenta la actual dinámica poblacional, pero que necesitan de análisis serios, acciones rápidas y nada de demagogia.
Empecemos por lo económico. Los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), de agosto de 2026, demuestran que, aunque la participación de las mujeres en el mercado laboral está creciendo a un ritmo más acelerado que la de los hombres, persisten fuertes brechas estructurales en ingresos y tiempo de trabajo. De agosto de 2025 a agosto de 2026, la ocupación de mujeres aumentó en 748 mil plazas, superando el incremento de los hombres que fue de 447 mil plazas. De acuerdo con los datos del INEGI existe una brecha salarial de 19%: en promedio, las mujeres reciben 81 centavos por cada peso que gana un hombre y trabajan en los sectores informales de la economía en una proporción mayor que los hombres.
Existe una relación inversamente proporcional entre la participación laboral de las mujeres y la tasa de fecundidad en México. Los datos históricos y recientes confirman que, a medida que el mercado de trabajo incorpora a más mujeres, el promedio de hijos disminuye significativamente debido a factores económicos, educativos y de uso del tiempo.
El ingreso de la mujer al empleo modifica la distribución de su tiempo diario. La necesidad de cubrir jornadas laborales compite directamente con el tiempo requerido para la crianza. El costo de oportunidad de pausar o ralentizar una carrera laboral para tener un hijo impulsa la decisión de postergar la maternidad o reducir el tamaño de la familia.
Cuando la fecundidad aumenta, las dinámicas del mercado de trabajo empujan a las mujeres hacia esquemas de mayor flexibilidad, pero con menor protección laboral. La tasa de informalidad laboral es mayor entre las mujeres con más hijos.
La clave está, desde hace décadas, en el nivel de escolaridad. A más estudios, menos hijos por mujer. Esto importa más que otros aspectos, como religiosidad, tamaño de la localidad o nivel de ingresos. A mayor escolaridad, la tasa de fecundidad se desploma de forma contundente. Lo relevante es que la relación ha cambiado significativamente en estos años, no en su dirección (sigue siendo una relación inversa), sino en la velocidad de la caída y la masificación del comportamiento de baja fecundidad. En zonas con alta concentración escolar y profesional, como la Ciudad de México, la tasa global ha caído a 0.8 hijos por mujer, niveles similares a los de países como Japón o Corea del Sur.
Antes, la educación reducía el número total de hijos, pero el inicio de la vida reproductiva ocurría en edades similares. Hoy, el cambio es estructural en el tiempo: las mujeres con mayor escolaridad muestran una tendencia consolidada a retrasar la maternidad hasta después de los 30 años para dar prioridad a la inserción laboral, la obtención de grados académicos y la estabilidad económica. Eso, sin contar la racional preocupación de los millenials por el futuro: ya se acabaron los tiempos en los que la expectativa natural era que los hijos vivieran mejor que sus padres.
La combinación de una fecundidad históricamente baja (1.2 hijos por mujer), el aumento en la escolaridad femenina y el envejecimiento de la población está acelerando el fin del bono demográfico en México. El bono demográfico es la ventana de oportunidad económica que ocurre cuando la población en edad de trabajar es sustancialmente mayor que la población dependiente (niños y adultos mayores). Sin embargo, los datos actuales indican que esta ventana se está cerrando de forma prematura y el país corre el riesgo de envejecer antes de volverse rico.
Los demógrafos estimaban originalmente que el bono demográfico en México duraría hasta la década de 2030 o 2040; sin embargo, la baja natalidad actual ha provocado que el índice de dependencia comience a invertirse mucho antes de lo previsto debido al incremento en el número de adultos mayores de 65 años.
El aumento en la escolaridad de las mujeres y la consecuente decisión de tener menos hijos han empujado su inserción al mercado de trabajo. Este fenómeno mitiga temporalmente el impacto del envejecimiento poblacional. Al incorporarse activamente a la economía, las mujeres se convierten en un motor que extiende la productividad del país, un proceso que los economistas denominan el segundo bono demográfico o bono de género.
Sin embargo, para que ese bono demográfico rinda frutos, la población en edad de trabajar necesita empleos formales, bien remunerados y de alta productividad. En México, el hecho de que el 55.9% de las mujeres trabajadoras se encuentre en la informalidad laboral y que las madres tengan que optar por el autoempleo flexible (debido a la falta de un sistema nacional de cuidados y guarderías) debilita los beneficios económicos de esta transición. La fuerza laboral disponible no está logrando cotizar ni generar el ahorro suficiente para el futuro.
Conforme el bono demográfico se agota, el perfil de salud del país plantea un reto fiscal masivo. Una fuerza laboral más pequeña e informal tendrá que sostener de manera directa o a través de impuestos un sistema de pensiones y de salud pública altamente demandado por una población envejecida y con enfermedades crónicas.
La base que sostiene al país se está agrietando. Tradicionalmente, México dependía de una base masiva de jóvenes para financiar la seguridad social y el consumo general. Las proyecciones actuales indican un punto de inflexión crítico: el ritmo al que disminuyen los niños es más lento que la velocidad con la que se multiplican los adultos mayores. Esto significa que la tasa de dependencia (el número de personas en edad inactiva por cada 100 personas en edad de trabajar) aumentará de manera sostenida, presionando la productividad nacional a niveles nunca antes vistos en el México moderno.
El verdadero peligro de que el bono demográfico se cierre no es solo que haya más adultos mayores, sino que la mayoría trabajó en la informalidad. Una población envejecida que no acumuló fondos en una Afore dependerá enteramente de pensiones universales no contributivas financiadas con recursos públicos. Esto devorará una parte cada vez mayor del presupuesto federal, restando dinero a sectores clave como infraestructura, educación y tecnología.
Sin una infraestructura pública robusta de guarderías, estancias infantiles y centros de día para adultos mayores, la escolaridad femenina no se traducirá en riqueza económica. La falta de este sistema actúa como un impuesto invisible que frena la productividad de las mujeres, obligándolas a elegir entre el desarrollo profesional o el cuidado familiar.
La disyuntiva ya no es si se debe hacer una reforma fiscal, sino cuándo y cómo. El país necesita transitar hacia una reforma fiscal progresiva que amplíe de forma permanente los ingresos del Estado, reduzca el empleo informal (para que más personas coticen) y garantice que el cierre del bono demográfico no se convierta en una crisis de deuda pública en las próximas décadas.
Twitter: @franciscobaezr