Opinión

El otro balcón vacío

Roberto Velasco en el Debate General del 81 periodo de sesiones de la ONU

Un balcón es un espacio para mirar el mundo, pero al mismo tiempo para ser visto por los de afuera. Es un mirador y también un exhibidor o hasta un escaparate, si se quiere; ámbito a un tiempo de resguardo domiciliario o exterior compartido sin salir de un edificio, pero también área de exposición o hasta exhibición.

En cierto sentido los diplomáticos no salen nunca de su país. Cargan con él en su equipaje. Por mucho y como salten fronteras su condición representativa los mantiene atados a la matriz nacional como los astronautas siguen sujetos a las estaciones espaciales en las caminatas siderales.

Los diplomáticos de vez en cuando hablan desde los balcones. Y la concurrencia de sus pares los mira y los oye, a veces con atención y otras con disimulado hastío profesional y hasta pena ajena. Los embajadores y representantes ante organismos internacionales, son como hormigas con su trozo de patria a la espalda, anden por donde anden.

Viven asomados al balcón de su embajada o su representación y de sus observaciones y escuchas envían mensajes a su gobierno. Miran hacia afuera e informan hacia adentro y cuando hablan en los grandes foros, expresan, exponen, defienden y plantean posiciones políticas o –a veces como lo fundamental-- envían mensajes o emiten advertencias.

El balcón es oportunidad y el más grande de ellos es la tribuna de la Asamblea General de las Naciones Unidas, rutinaria y lastimosamente desperdiciada por la Cuarta Transformación debido a su ingénita vocación de no perder ninguna oportunidad para desperdiciar cualquier oportunidad.

Hace unos días, con este fervor indeclinable por el desperdicio, México no tuvo una representación de primera categoría en la LXXXI Asamblea General de la ONU; es decir, la jefa del Estado se quedó en México repitiendo hasta la fatiga su Segundo Informe de Gobierno de honestidad y resultados (dice) a lo largo de una serie de reiteraciones y refritos por toda la república, hasta llegar a la vigésimo octava presentación del mismo discurso en el cual había entre temas repetidos, la constante exaltación del mejor presidente en la historia de México. Ya sabemos quién, según ella y su gratitud.

La ausencia presidencial en un foro multilateral (para un país promotor del multilateralismo), resulta por decir lo menos, extraña. Tanto como la rarísima explicación de la declinación:

“...Hay momentos y momentos donde uno decide si ir o no ir, consideré que este no era un momento de asistir a la asamblea...”

Frente a esa profundidad, sólo quedan el pasmo y la pregunta, ¿entonces cuáles son los otros momentos?, porque el año pasado el balcón también se quedó vacío. Ni vimos ni nos vieron, porque la asistencia del secretario de Relaciones Exteriores, Roberto Velascco, no tuvo relevancia ni importancia como tampoco las tuvo la presencia del ex canciller De la Fuente en 2025.

Cuando RV habló en nombre de México ante una butaquería semidesierta, la Asamblea se preocupaba más por las palabras de otros jefes de Estado, entre ellos Donald Trump, quien usó a este gobierno como su costal de boxeo, sin que México tuviera una mínima capacidad de respuesta ante los ataques verbales del presidente de Estados Unidos a quien, se aludió con frases huecas de cuidadosa vacuidad, reproducidas por la SRE en su comunicado oficial:

“...México ejerce una política exterior soberana e independiente, donde (¿dónde? ¿Desde cuándo la política es un lugar?) nuestro país ha demostrado que puede cooperar estrecha y respetuosamente con sus socios (¿cuántos tenemos?) y al mismo tiempo, hacer valer plenamente su soberanía...”

La asamblea es un espacio privilegiado de exposición.

El orden de los oradores se establece con la preminencia de los jefes de Estado, así los países representados por sus cancilleres o sus embajadores permanentes, se automarginan de las fechas importantes y se quedan para las presentaciones de “desempance”, como le llamaban los promotores de boxeo a las peleas posteriores a la riña “estelar”. México se formó voluntariamente al final de la fila y su asistencia a la asamblea se diluyó en las aguas lustrales de la rutina.

Y si a eso se le agrega la provinciana grisura del señor canciller, con un discurso escrito para el consumo interno, no para la comunidad internacional, pues el fracaso se describe solo.

El momento estelar del canciller mexicano fue durante su participación en un foro menor: el Grupo Núcleo LGBT de la ONU, cuya presidencia México comparte con Noruega.

“...En ese marco (en ese grupo, ¿no?) reiteré principios que son parte de nuestra Constitución y marco legal, así como de la Carta de Naciones Unidas...” dijo el Canciller en sus redes sociales. Vaya, pues.

Obviamente participar en una agrupación como esta (GNLGBT), sobre un tema tan específico como los derechos de la comunidad LGBT le queda bien a un embajador. O al canciller, quien conoce el tema, pero no deja de ser un asunto secundario frente a los intereses geopolíticos del Estado; junto con la posibilidad de plantear posturas nacionales frente al conjunto internacional en la asamblea.

Esta fue una forma de aprovechar una parte y sacrificar el todo.

Al gobierno federal y a la burocracia de Avenida Juárez les acomoda el título de aquella película de culto llamada “El balcón vacío” de García Ascott, y si no queremos acudir a memorias cinematográficas podríamos evocar al gran Enrique Bermúdez quien habría dicho: era suya... y la dejó ir.

Pero lo más preocupante no este episodio. Lo grave es la deficiencia crónica de nuestro servicio exterior plagado de incompetentes e improvisados. Alguien llamó a las embajadas de la 4.T (con los traidores priistas de Sinaloa y Sonora, entre otras linduras como las viudas de la izquierda y más vergüenzas), “basureros de plata”.

Pero, en fin. El discurso de Velasco fue ramplón y simplón. Tibio, pacato, sin nervio ni estamina. Típico de quien confunde el tacto diplomático con un balcón vacío. Ni se asomó ni se dejó ver.

Lea usted:

“El canciller (dice su comunicado) presentó a la comunidad internacional la visión y experiencia de un México que vive una transformación profunda con propósitos claros: generar bienestar compartido, fortalecer la competitividad, desarrollar capacidades propias y decidir sobre nuestro propio destino.

Yo ignoro si en alguna parte del mundo alguien tiene interés en conocer la versión propia de un gobierno autodefinido por “una transformación profunda con propósitos claros: generar bienestar compartido, fortalecer la competitividad, desarrollar capacidades propias y decidir sobre nuestro propio destino”.

Me parece poco probable.

No sé si Xi Yinping haya tomado nota de cómo se gobierna más allá de la potencia, porque esa palabra tampoco le place a la 4-T (quizá prefiere impotencia) pues “creemos en la igualdad jurídica de los Estados, porque la soberanía no se mide en ejércitos ni en recursos materiales: todas las naciones, todos los pueblos, valen lo mismo ante el derecho”.

Aquí, cuando el señor canciller dice “creemos en la igualdad jurídica” se tropieza con la tautología y remata: “valen lo mismo ante el derecho”. Pues sí, eso es la igualdad, pero el concepto de potencia económica o militar o científica o deportiva, no guarda ninguna relación con lo jurídico.

Es cierto, todos los hombres (y lo mismo las mujeres y demás), valemos humanamente lo mismo, pero algunos pesan cien kilos y otros cincuenta; algunos son genios y otros son imbéciles, y no por eso dejan de ser jurídicamente iguales en derechos. ¿A poco es tan difícil de entender?

En el bonito autorretrato de Narciso, el señor canciller se permite el refrito de Don Genaro Estrada (1930):

“...defendemos la autodeterminación de los pueblos y la no intervención, porque sabemos que son la mejor garantía de la paz y la estabilidad entre las naciones; abogamos, también, por la solución pacífica de las controversias y por la proscripción de la amenaza y del uso de la fuerza”.

Eso es una maravilla, pero lo saben hasta los jóvenes de la preparatoria.

Esa doctrina pronto será centenaria y no le hace falta al mundo su cotidiana recitación, especialmente cuando se usa para iluminar un balcón vacío.

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