
El pasado lunes 21 de septiembre, la Universidad de México cumplió 475 años. Establecida en 1551 mediante Cédula Real expedida por Felipe II a nombre de Carlos V, la Universidad de México constituye un hito histórico que resulta difícil de dimensionar sin el contexto adecuado: tras apenas 59 años del desembarco de Cristóbal Colón en las costas americanas y tres décadas de la caída de Tenochtitlán a manos de los españoles, el llamado “Nuevo Mundo” vería nacer una de sus instituciones seculares primigenias que hoy no solo subsiste, sino que ha sido columna vertebral del desarrollo del país desde el surgimiento de la nación mestiza en la que nos convertimos, hasta los días de la inteligencia artificial. 475 años de la Universidad de México.
Cuando en la Nueva España se estableció la Universidad de México, se inauguró la posibilidad de generar conocimiento, desarrollar la cultura e incentivar la discusión de las ideas. En aquellos tiempos, España era un reino en el que existían un puñado de universidades – Palencia, Salamanca, Valladolid, Lleida, Barcelona, Madrid, Valencia, Santiago de Compostela, Sevilla, Granada, Zaragoza y Oviedo – y que entendió que la posibilidad de trascender allende las fronteras europeas pasaba por establecer una institución en la que se cultivara el saber. Por supuesto que en el siglo XVI las universidades poco tenían que ver con lo que hoy entendemos de ellas, pero su evolución en el espacio y el territorio colonial explica en gran medida lo que hoy somos como país y sociedad. 475 años de la universidad en México.
Ha pasado cerca de cinco siglos en los que México, antes de serlo y de siquiera imaginarse como lo que hoy es, ha contado con la Universidad – con mayúscula y con minúscula – para acompañar su desarrollo como país, como sociedad y como individuos. No se exagera cuando se afirma que entender a México sin entender el papel que ha jugado la Universidad es imposible. Por eso hoy, a cinco lustros del medio milenio, es fundamental comprender el reto que los tiempos actuales y las perspectivas futuras imponen a una institución que como ninguna otra sirve como motor, palanca y volante. Quizá de ahí la tan certera frase que enmarca los festejos que reza “475 años de concebir futuros”, porque aún en el revisionismo y la reflexión que muchas veces imponen la cultura, la academia, la ciencia o las humanidades, la mirada de la Universidad siempre ha estado puesta en el camino que se encuentra por delante.
En 2026, valdría la pena detenernos por un momento para imaginar dónde queremos estar en 25 años, el jueves 21 de septiembre de 2051, cuando se conmemore el primer medio milenio de la Universidad de México. ¿Qué habrá resultado entonces de la inteligencia artificial y los límites que la singularidad impone a su uso descuidado y desmedido? ¿Cuál será la condición en la que nos encontrarán el cambio climático, la crisis hídrica, la deforestación o la sobreexplotación de los recursos naturales no renovables? ¿Cuántos homicidios, desapariciones y feminicidios de cometerán al día en nuestro país y cual será la tasa de impunidad de crímenes como estos que desde hace años nos aquejan? ¿Dónde estarán ubicadas la democracia, el combate a la pobreza, el desarrollo humano o el Estado de Derecho respecto de otras naciones de la región y del mundo? En todo esto, ¿cuál habrá sido el papel que la Universidad y las y los universitarios habremos asumido frente a ellos y de cara a nuestro destino?
Más allá de mi amor tan personal por la Universidad, es imposible no reconocer el papel que esta institución juega en nuestro futuro, como lo es pretender ignorar la responsabilidad que nos corresponde asumir como parte de esta comunidad. A 475 años de su fundación, la Universidad no solo persiste, sino que está más viva que nunca y es imprescindible como siempre, pero ello no es resultado de la casualidad ni mucho menos responde a la concesión que alguien o algo haya tenido por ella. La vigencia de la Universidad es razón y consecuencia de la naturaleza misma de su comunidad, siempre inquieta por perseguir y defender valores como la verdad, la libertad, la autonomía, la igualdad, la inclusión, la justicia, el respeto, la pluralidad, la honestidad, la transparencia, la solidaridad, la ética y un sinnúmero de principios que han servido como cimientos para erigir su estructura, quizá la más sólida de aquellas con las que cuenta nuestro país, para explicarnos como comunidad, sociedad, pueblo, nación y Estado. ¡Larga vida a la Universidad de y en México!
Profesor de la UNAM
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