
Los recientes hechos de violencia en la Preparatoria 1 de la UNAM y los incidentes en la Vocacional 5 del Instituto Politécnico Nacional nos obligan a hacernos una pregunta que para muchas personas puede resultar incómoda: ¿qué estamos haciendo mal cuando la escuela, que debería ser uno de los espacios más seguros, se convierte en escenario de agresiones? Son situaciones que requieren atención a sus circunstancias particulares, a las demandas de sus comunidades y a la responsabilidad de quienes hayan cometido actos de violencia.
Estos acontecimientos abren una reflexión que alcanza a las comunidades educativas de todo el país sobre las herramientas con las que cuentan nuestras escuelas para prevenir la violencia, escuchar a sus estudiantes y atender los conflictos antes de que escalen. También merece nuestra atención lo que sucede cotidianamente sin convertirse en noticia: el acoso, la humillación, la discriminación y el temor de estudiantes que no encuentran a quién acudir. Desde esa realidad debemos discutir el bienestar socioemocional y nuestra responsabilidad de construir entornos seguros para aprender y convivir.
Como sociedad hemos sido reactivos. Actuamos después de la agresión, después de la crisis, después del video viral. Sancionamos, suspendemos, instalamos protocolos de seguridad; pero la prevención necesita una presencia igualmente firme y sostenida, hoy más que nunca; y junto con las medidas de protección, debemos atender el bienestar socioemocional y las condiciones de convivencia en nuestras escuelas.
La adolescencia transcurre hoy entre una intensa exposición digital, exigencias académicas y experiencias de ansiedad o soledad que pueden ser difíciles de comunicar. Aprender a reconocer el enojo, expresar la frustración y pedir ayuda forma parte de las herramientas que nuestros jóvenes necesitan. Ese aprendizaje requiere adultos dispuestos a escuchar e instituciones capaces de responder. La violencia tiene múltiples causas; comprenderlas exige revisar también los entornos familiares y comunitarios, las relaciones de poder y las prácticas que permiten que una agresión se repita.
Frente a esto, necesitamos una estrategia institucional, sistemática y medible, que acompañe a las comunidades escolares antes de que los conflictos escalen.
En ese sentido, El ABC de las Emociones, iniciativa de nuestro gobierno, es hoy más pertinente que nunca. La SEP ha planteado su aplicación en tercero de secundaria y educación media superior, con materiales para estudiantes, docentes y familias, y una hora semanal de trabajo en las aulas. Su orientación preventiva y comunitaria ofrece una base para fortalecer el bienestar socioemocional y los lazos de comunicación. En el marco de la formación integral y humanista que promueve la Nueva Escuela Mexicana, esta tarea merece continuidad en la vida de cada plantel.
Por ello, se vuelve urgente darle profundidad y acompañamiento, así como desarrollar acciones apropiadas desde primaria. Reconocer las emociones, construir identidad, mostrar empatía y establecer relaciones positivas son aprendizajes que necesitan cultivarse a lo largo de la trayectoria educativa. También debemos revisar las ideas, prejuicios y prácticas que normalizan la violencia entre compañeros y en las relaciones con los adultos.
Además, su aplicación debe reconocer las distintas realidades del país: una primaria en Oaxaca, una secundaria técnica en Puebla, una Vocacional en la Ciudad de México o un bachillerato rural enfrentan necesidades particulares. El juego, las dinámicas grupales y la conversación pueden abrir espacios de participación y confianza; pero su verdadero valor está en lo que permiten construir después, que son los vínculos para expresar una preocupación, resolver un desacuerdo y buscar apoyo sin temor a la burla.
El docente ocupa un lugar central como vínculo con los estudiantes y por ello necesita condiciones para fortalecer sus lazos con el grupo y con sus colegas. No podemos pedir acompañamiento socioemocional a un magisterio agotado y sin respaldo ni contención emocional a su propia persona.
Es indispensable fortalecer la alianza con la sociedad civil especializada. Las organizaciones con experiencia en prevención de violencia, salud mental, masculinidades no violentas y cultura de paz pueden acompañar este esfuerzo; mientras que corresponde a las autoridades educativas articular su participación mediante acuerdos transparentes, criterios de evaluación y responsabilidades claras. Su colaboración puede contribuir a la formación, al trabajo con familias y a la atención de comunidades que requieren mayor apoyo, en coordinación con los servicios públicos de salud y protección de la infancia.
El cuidado continúa fuera de la escuela. Si queremos prevenir la violencia, necesitamos ayudar a las familias a hablar de emociones sin estigma y a reconocer cuándo hace falta apoyo. Las Escuelas para Madres, Padres y Cuidadores pueden ofrecer sesiones breves y prácticas sobre escucha, límites, resolución de conflictos y convivencia digital. Para que esa participación sea posible, habrá que considerar sus horarios laborales, responsabilidades de cuidado y condiciones de acceso.
Institucionalizar este esfuerzo supone incorporarlo a la planeación de cada plantel, con objetivos y seguimiento. Medir el bienestar también es rendir cuentas, saber si los estudiantes se sienten seguros, si confían en alguien para pedir ayuda y si reciben una respuesta oportuna. Esas preguntas pueden orientar decisiones más útiles que el simple registro de actividades realizadas.
Podemos fortalecer las instancias de participación escolar o, donde sea pertinente, crear Consejos de Cuidado con directivos, docentes, estudiantes y familias, acompañados por organizaciones especializadas. Su tarea sería promover la convivencia, identificar necesidades y facilitar el acceso a las rutas de atención existentes. Para ello necesitan respaldo institucional y claridad sobre sus atribuciones.
La dimensión nacional de este problema nos compromete a sostener el esfuerzo en todas las comunidades, incluidas aquellas cuyos conflictos permanecen lejos de los reflectores. Cada estudiante debería saber a quién acudir; cada docente, con qué apoyo cuenta; y cada familia, cómo participar. El ABC de las Emociones puede contribuir a ese propósito si encuentra continuidad, recursos y una comunidad dispuesta a hacerlo suyo.
Pasar de la contención a la prevención, exige asumir esta responsabilidad todos los días. Lo que aprendemos sobre el respeto, el cuidado y la resolución de conflictos en nuestras escuelas acompaña también la vida pública del país.