
Hace unos días asistí a una reunión en la que Alito Moreno, dirigente nacional del PRI, expuso las pretensiones de su partido de cara a 2027: el porqué y el para qué de una eventual alianza opositora. Ese discurso repite lo mismo en entrevistas y encuentros. Comenzó celebrando la derrota de las izquierdas en el continente, en particular el retroceso de la de Lula en Brasil. Luego descargó críticas contra Morena por los escándalos de corrupción y sus presuntos nexos con el crimen (lo mismo de lo que acusa Morena a la oposición). El grueso de la intervención, sin embargo, lo dedicó a ecuaciones aritméticas sobre la necesidad de que el PRI y el PAN vayan juntos y, de ser posible, que se sume Movimiento Ciudadano. Quien no lo haga, advirtió, actuaría como esquirole y traidor a México por dividir el voto.
Al terminar le pregunté, sin rodeos, cuál es la ideología que proclaman. Respondió primero con tibieza: “ni de izquierda ni de derecha”. En el argot de la ciencia política, esa frase suele delatar a un progresista de closet. Luego remató afirmando que son de izquierda socialdemócrata. Agustín Laje tiene razón cuando señala que hablar de “extrema izquierda” o “extrema derecha” es poco útil y poco serio para el análisis. Existen distintas izquierdas (socialista, , woke) y distintas derechas (conservadora, libertaria, soberanista). El problema mexicano no es la falta de matices, sino que el sistema de partidos entero opera dentro de una izquierdocracia.
Alito señaló que cerca del 60 % de los mexicanos se autodefine de izquierda. Supongamos que la cifra es cierta: queda un 40 % obligado a votar por opciones que no lo representan. En el mapa actual, el PRI se ubica en la izquierda socialdemócrata, el PAN en la progresista, MC en la woke y Morena en la socialista. Ese 40 % tiene poco donde elegir. La oposición pide cambiar de contenedor (el partido) pero conservar el mismo contenido ideológico y programático. Es el equivalente a sacar a un Nicolás Maduro para poner a un Gabriel Boric.
Damian Zepeda, a quien respeto, afirmó en entrevista con Adela Micha que las ideologías son asunto de academia. No lo son. La academia traduce fenómenos que ya viven los ciudadanos. Las jóvenes están hartas de que el feminismo radical asuste a los hombres y dificulte las relaciones; los pequeños empresarios viven con la bota del SAT en el cuello y el estigma de “los malos”. A ellos nadie les habla. Cambiar de partido resulta poco práctico si el resultado ideológico será el mismo.
Si México está condenado a la izquierdocracia, quizá convenga ahorrarnos una etapa de terror, de cortar cabezas y de meter a cárcel a las actuales para implantar más de lo mismo. Mejor buscar una opción dentro del régimen que permita una transición más tersa: alguien como Marcelo Ebrard, de izquierda progresista, con más del mismo contenido pero sin la convulsión. Mientras no se fortalezca una derecha real, o un proyecto y un partido que se asuman sin ambages como tales, esa será la opción. En dado caso el país no necesita otro contenedor; necesita, de una vez, contenido distinto.
@CesarG_Madruga