Opinión

Columna

Las 33 leyes del dinero | Segunda ley: Conoce al dinero

El dinero puede equipararse a una persona. Si el interés es genuino, procuras escucharla para comenzar a conocerla: qué le gusta, dónde vive, quiénes son sus amigos y qué intereses tiene. Es decir, le prestas atención. Con el tiempo, esa relación se vuelve sincera y de confianza. Por el contrario, si solo buscas a esa persona para que te resuelva un problema y después desapareces, no debería sorprenderte que deje de tener contacto contigo.

Adalberto Ortiz: Autor de Poderoso compañero es el dinero, Las luciérnagas (ambos en Océano) y siete títulos más. Cofundó el primer servicio de banca empresarial digital en México. Estudia y escribe sobre dinero, inclusión financiera y política. (Cortesía)

Con el dinero, deben tenerse las mismas consideraciones. Hay que empezar primero por saber quién es o qué es, saber qué le gusta y qué no, cuáles son sus límites y sus alcances, así como conocer lo mejor posible sus formas.

El dinero es energía concentrada. Es decir, tiene la capacidad de ponerse en movimiento y su valor cambia con el tiempo. Y, sobre todo, requiere, como si fuera una persona cercana, atención y cuidados. Si, por ejemplo, guardamos una moneda debajo del colchón y nos olvidamos de ella, después de unos años podría conservar su aspecto, pero haber perdido parte de su poder adquisitivo. Y ahí empieza uno de nuestros problemas: solemos confundir el dinero con sus manifestaciones (monedas, billetes, cheques…).

Si piensas que estoy enloqueciendo, créeme que no es así. Por supuesto, el dinero no tiene sentimientos: no se ofende si lo ignoramos ni nos recompensa por hablar bien de él. La comparación con una persona me sirve para explicar la importancia de prestarle atención. Si desconocemos aquello con lo que nos relacionamos todos los días, terminaremos exigiéndole al dinero cosas que no puede darnos y descuidando lo que sí nos corresponde hacer para administrarlo.

Si la primera ley propone conocerte a ti mismo, la segunda exige conocer al dinero.

Antes de la fundación del Banco de Inglaterra, en 1694, la actividad bancaria en Inglaterra estaba prácticamente limitada a los orfebres de Londres. Ellos recibían dinero y objetos de valor para custodiarlos. Es decir, sus establecimientos funcionaban como depósitos. A cambio, entregaban documentos que reconocían la obligación de devolver lo depositado. Pronto no solo se dedicaron a custodiar lo que les confiaban: también comenzaron a utilizar esos fondos para conceder préstamos. Con el tiempo, sus promesas de pago comenzaron a utilizarse para realizar transacciones. Así, en lugar de retirar los valores y llevarlos a otro sitio, el documento podía pasar de unas manos a otras y permitir a quien lo tuviera reclamar su valor. Un antecedente de los billetes bancarios, digamos. Quiero detenerme en ese detalle. El papel facilitaba un intercambio porque había confianza en la promesa que contenía.

Su utilidad dependía de algo que no se veía al observarlo: la disposición y la capacidad de alguien para cumplir. Quien recibía aquel documento necesitaba conocer algo más que su apariencia. Importaba quién respondía por él.

Esa historia me ayuda a precisar la idea: poseer monedas, billetes o un saldo en una cuenta digital no significa que comprendamos lo que tenemos. Una representación, por familiar que sea, no explica por sí sola su valor, sus riesgos ni sus posibilidades.

Hoy alguien podría consultar el saldo de su cuenta en una pantalla y sentir tranquilidad al ver que los números están en verde. Pero ¿qué significa esa cifra? ¿Está disponible? ¿Cuánto de ese dinero debe destinarse a cubrir deudas? ¿Hay pagos pendientes? Es más, dos personas podrían tener la misma cantidad y encontrarse en situaciones muy distintas: una ya cubrió sus obligaciones, mientras que la otra está a unos días de transferirlo todo. Las cifras coinciden, pero la libertad para utilizar ese dinero no es la misma.

Por eso, conocer al dinero empieza con preguntas que tal vez parezcan muy simples: qué es, de dónde viene y bajo qué condiciones podemos disponer de él. También importa saber qué reduce su valor, porque no basta con recibirlo: hay que entender qué sucede con él mientras lo tenemos en las manos.

Volvamos al ejemplo de la moneda debajo del colchón. Ahí conserva su forma y el valor nominal grabado. Ni duda cabe. Es más, si nadie la tocó, podría concluirse que estuvo perfectamente protegida. Sin embargo, si los precios subieron, al intentar comprar algo descubrimos que alcanza para menos. La moneda, el metal, resistió el paso del tiempo, pero su poder adquisitivo disminuyó.

En Alemania, durante la hiperinflación de 1923, esa circunstancia adquirió una dimensión devastadora. En esa crisis, en muchos negocios los salarios se pagaban diariamente porque la moneda perdía valor con enorme rapidez. Las personas acudían a las tiendas para cambiar los billetes por bienes cuanto antes, mientras los comerciantes modificaban los precios constantemente.

Algunos incluso comenzaron a aceptar alimentos o carbón a cambio de sus productos; es decir, regresaron al trueque. Por supuesto, el dinero seguía existiendo físicamente, pero día a día disminuía su capacidad de compra. De ahí que conocer el dinero también exija estar atento al contexto que nos rodea.

No es mi intención sugerirte, lector, que te vayas al otro extremo y te apresures a gastarlo. Esa sería una conclusión equivocada. Contar con recursos disponibles para afrontar el futuro es una decisión prudente. Lo importante es comprender para qué sirve esa reserva, en qué condiciones se mantiene y si, en efecto, contribuye a tener una buena vida.

Por eso, en foros y entrevistas, sostengo que lo ideal es pensar en el dinero como energía concentrada. Utilizo la expresión como una imagen de su capacidad para poner en movimiento trabajo y recursos. En muchos casos, lo que recibimos es consecuencia de horas de esfuerzo, de conocimientos adquiridos durante años o de la solución a un problema que alguien necesitaba resolver. Después, ese dinero permite mantener en movimiento el trabajo de otras personas: al pagar una consulta médica, comprar una mesa o consumir en un bar. El dinero facilita esos intercambios y conecta los esfuerzos de muchas personas que, por sí solas, no podrían producir todo lo que necesitan. A eso le llamo energía concentrada.

Ahora bien, esa energía puede aprovecharse o desperdiciarse. Los recursos sirven para aprender, comenzar una actividad productiva o disfrutar de algo tan simple y hermoso como comer. Pero cuidado: también podemos gastarlos en mantener una apariencia costosa, solo para conseguir la aprobación de los demás.

Si lo observamos con atención, en ambos casos hubo movimiento, aunque las consecuencias fueron diferentes. Por eso, conocer al dinero implica comprender hacia dónde lo dirigimos y qué recibimos a cambio. Significa actuar de manera consciente.

Se dice con frecuencia que hay que poner el dinero a trabajar, y es cierto. Pero el primer paso consiste en saber qué trabajo se le encargará, durante cuánto tiempo y con qué riesgos. Una promesa de multiplicarlo podría entusiasmarnos tanto que olvidemos preguntar cómo se obtendrá la ganancia. A veces, detrás de esa promesa puede haber un fraude. Si eso ocurre, se habrá puesto en riesgo el fruto de muchos esfuerzos. Y no olvidemos algo más: el deseo de obtener dinero nunca debe anular el compromiso ético de hacer el bien.

Con estas dos primeras leyes —conocerte a ti mismo y conocer al dinero— se construyen los cimientos de las demás. Quizá por eso sean también las más poderosas.

Las dos leyes fundamentales del dinero: la primera no tiene que ver con dinero, la segunda sí.

Contacto: hola@poderosocompanero.com

Tendencias