
Las alertas son bastantes, y se repiten de tiempo en tiempo, como una extraña metáfora de las ruinas ambientales que el gran capital está provocando en todas partes, y que se apilan una sobre otra, dejando muertos cientos de miles de especímenes, de todo tipo y tamaño, y conduciendo a especies enteras a su desaparición definitiva sobre la faz de la tierra.
El alarmismo climático, como le denominan los negacionistas a este tipo de descripciones, se está quedando en realidad corto en su capacidad de generar asombro y de hacer un llamado a la movilización y a la exigencia de que esto debe parar. Que el beneficio que obtiene un puñado de ultra ricos, a costa del bienestar de miles de millones de personas e incluso eventualmente de la posibilidad de la pervivencia de nuestra propia especie, debe ser refrenado por los Estados.
Lamentablemente, desde hace décadas se observa en todo el mundo la llegada de gobiernos corporativos, unos de forma más o menos disimulada, pero otros, cada vez más cínicos, abiertamente al servicio de las grandes empresas de influencia planetaria. Lo cual se muestra con toda claridad en la llegada a los ministerios o secretarías de Estado, de empleados o incluso accionistas o socios mayoritarios de las empresas con mayor poder.
El Secretario General de la ONU ha mencionado en distintas ocasiones que hemos llegado a la “hora cero” del reloj del apocalipsis climático; expertas y expertos de todo el mundo alertan que por primera vez en 2025 se llegó al límite de elevación de la temperatura promedio mundial de 1.5 grados centígrados por arriba del promedio de la era preindustrial; se ha alertado que la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero, aun cuando se detuvieran en 10 años, tendrían efectos a lo largo de numerosas décadas; el deshielo de los glaciares continúa; el calentamiento de la antártica sigue generando desprendimientos de gigantescos bloques de hielo en Larsen, cuyos bloques A y B han desaparecido y lo que se alerta es que si “Larsen C” llegara a sufrir una desintegración total catastrófica -como la de Larsen B en 2002-, esos glaciares continentales acelerarían de forma drástica su flujo directo hacia el mar.
Desde el año 1900 a la fecha se han extinguido 477 especies de vertebrados; y si se suman las que han desaparecido desde el siglo XVI, cuando inicia la modernidad en pleno, la cifra es de 687 especies de vertebrados. Asimismo, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza estima que habría más de 49,500 especies en peligro de extinción en todo el mundo; las cuales representan casi el 30% de la vida registrada en el planeta.
En México, según la CONABIO, hay 2,606 especies en alguna categoría de riesgo: 535 en peligro de extinción; 896 especies amenazadas, es decir, que en el corto plazo podrían pasar a la primera categoría; y 1,185 especies que requieren cuidado y protección ante su explotación masiva. Asimismo, considera que habría 49 especies extintas en su hábitat natural, es decir, si corremos con suerte, podremos verlas solamente en zoológicos, apiarios o acuarios, lo cual no deja de ser un hecho deplorable.
Frente a todo lo anterior, si algo hace falta en todo el mundo, y particularmente en México -territorio que alberga alrededor del 10% de las especies del planeta y es uno de los cinco países más mega diversos del orbe-, es un intenso proceso de educación ambiental; pero ante todo, en la cima del poder, un compromiso real del Estado mexicano para construir un nuevo curso de desarrollo que sea capaz de proteger por todos los medios posibles su base material, que es la tierra -en el sentido más profundo del término- y la biodiversidad que sostiene.
Lo que se ha hecho en México es monstruoso. En unas cuantas décadas, en Michoacán, se desecó el Lago de Cuitzeo, y los de Zirahuén y Pátzcuaro, agonizan; el Lago de Chapala, el más grande de México, atraviesa una crisis sin precedentes; humedales como el de Yuriria se encuentran en el abandono; los lagos de Montebello en Chiapas se encuentran cada vez más amenazados; las lagunas de Chacahua en Oaxaca están igualmente, aunque legalmente protegidas, bajo una presión y amenaza constantes, y suma y sigue…
Lo que es un hecho es que, la alerta más preocupante proviene, no de otro lugar, sino de nuestra creciente incapacidad para comprender que somos parte del mundo que está siendo destruido, no por todos, sino por quienes toman las decisiones de poder que nos han sumido en una espantosa e intolerable desigualdad planetaria. Por ejemplo, de acuerdo con el PNUMA, todo el continente africano aporta apenas entre el 3% y el 5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero; en contraste, China aporta entre el 28% y el 32%, mientas que solo los EEUU aportan entre el 11% y el 13% del total global.
No escuchar todas estas señales es una forma de ceguera moral. Cada lago que muere, cada bosque que se tala y se mutila, y cada especie que desaparece anuncia también el empobrecimiento de nuestra propia humanidad. La crisis climática nos obliga a decidir qué significa habitar la Tierra: dominarla hasta volverla inhabitable o reconocernos como huéspedes responsables de una casa común que no nos pertenece en exclusiva. Tal vez aún estamos a tiempo, pero recordemos: el tiempo para nosotros no es infinito.
Investigador del PUED-UNAM