Opinión

Es perfectamente razonable que las historias de fantasmas y duendes encuentren un lugar tan natural en el fútbol.

Nuestros muertos también van al estadio

Historias de fantasmas Ahora, en Día de Muertos, vale la pena recordar algunas historias sobre difuntos y apariciones en el futbol mexicano. (Cuartoscuro y Pexels)

Las historias de terror del fútbol mexicano suelen tener como protagonistas a los dueños de los equipos, a los directivos de la Federación, a los árbitros y a uno que otro comentarista. Los fantasmas, por su parte, son bien conocidos por los aficionados de Pumas cada vez que se enfrentan al Cruz Azul. Sin embargo, ahora que es temporada de espantos y de rememorar a nuestros muertos, vale la pena recordar, como lo ha hecho la prensa mexicana a través de los años, que el fútbol nacional también está poblado por espectros, almas en pena y criaturas sobrenaturales (y no me refiero a las barras que importó Andrés Fassi).

Una de las historias más curiosas ocurrió en el estadio Nemesio Díez, la casa de los Diablos Rojos del Toluca. En 2014, el futbolista Erbín Trejo contó que, mientras descansaba en una habitación de la casa club, situada debajo de las tribunas, observó pasar una figura diminuta, vestida de una manera extraña. Al principio creyó que se trataba de una confusión, hasta que el personaje regresó frente a su puerta. Creo que no debería sorprendernos que un estadio habitado por diablos también tenga espacio para los duendes.

De igual forma, desde hace años circula la leyenda de que algunos trabajadores murieron durante la construcción del Estadio Azteca, hoy Estadio Banorte, y que sus espíritus permanecen atrapados entre los pasillos y las tribunas. Se dice que, si se pone atención, se pueden escuchar sus lamentos en diferentes áreas del inmueble. Pero la aparición más conocida en ese inmueble no es de un trabajador, sino de un niño que, según cuentan, murió en una avalancha humana durante los primeros años del Estadio, y que desde entonces lo recorre cuando está vacío. Incluso se ha difundido una grabación televisiva en la que aparece una pequeña figura humana durante una visita nocturna.

Ahora, como es bien sabido, Cruz Azul tiene una relación todavía más estrecha con el mundo de los muertos (pues anduvo muerto por 23 años, pero hoy es el campeón y anda más vivo que nunca). Una de sus leyendas más antiguas es la de doña Amparito, el supuesto fantasma del maldito Estadio Azul. La historia se remonta a los tiempos antes de su construcción, cuando el terreno estaba ocupado por una ladrillera. Allí habría vivido Amparo, una mujer cuyo esposo, Juan, murió en un accidente de trabajo. Amparo, en memoria de su esposo, se negó a dejar el lugar cuando quisieron desalojar a la gente que vivía ahí para construir al Estadio y, de un día para otro, desapareció. Una vez finalizada la construcción de la Plaza de Toros y del Estadio, diversas personas aseguraron ver a una mujer vagando en pena. Empleados del estadio aseguraban que una anciana recorría los túneles y vestidores, provocaba ruidos inexplicables y hacía desaparecer las pertenencias de los jugadores.

Una de las historias más escalofriantes pero, también triste, es la de Mirsha Serrano, futbolista de los Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara, quien murió en un accidente automovilístico el 23 de julio de 2007, a los 28 años. Meses después de su fallecimiento, Fernando Calderón de la Barca, quien se vestía de mascota del club, y Héctor Quintero, entrenador de porteros, aseguraron haberlo visto entrenar con sus compañeros en el Estadio Tres de Marzo. Según sus testimonios, Serrano apareció sobre la cancha y desapareció repentinamente. Un tercer trabajador, el utilero Bernabé Rodríguez, afirmó haberlo visto también en los vestidores.

Pero quizás la historia más trágica pertenece al Estadio Olímpico Universitario. El 26 de mayo de 1985, durante la final entre Pumas y América, una aglomeración en el túnel 29 provocó la muerte de ocho personas, entre ellas varios menores de edad. Con el paso del tiempo comenzaron a circular relatos sobre gritos y lamentos que supuestamente se escuchan por las noches en aquel acceso.

Pensándolo bien, es perfectamente razonable que las historias de fantasmas y duendes encuentren un lugar tan natural en el fútbol. La antropóloga Mariann Vaczi, en un estudio sobre los ritos funerarios de los aficionados al fútbol, explica que los estadios y otros lugares relacionados al fútbol adquieren una dimensión casi sagrada gracias a las emociones, las historias, los recuerdos y las identidades que concentran. De hecho, hay aficionados que desean que sus cenizas permanezcan en el estadio de su equipo, como una forma de seguir perteneciendo a la comunidad después de morir. Los estadios, en ese sentido, son lugares donde la memoria colectiva encuentra un espacio físico y donde los muertos pueden conservar un lugar entre los vivos.

Acaso por eso nos resulta tan fácil imaginar fantasmas entre las tribunas. En los estadios se acumulan las alegrías de miles de personas, las derrotas que nunca se olvidan, los grandes domingos con los amigos y los recuerdos de encuentros vividos con quienes ya no están. En temporada de Día de Muertos, quizá valga la pena pensar que los fantasmas del fútbol no son solamente criaturas que provocan miedo. También expresan nuestro deseo de que aquello que amamos sobreviva a nuestra propia muerte. Y si uno pudiera elegir dónde pasar la eternidad, tampoco parece tan descabellado querer hacerlo cerca de una cancha de fútbol.

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