Duska, Marusia, Aldo y Natalia
Se preguntaba Miguel Hernández:
¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

Las actuales calles de mi vida se pueblan de difuntos antes y después del noviembre de los adornos y el folclore de calacas de papel y muertes de verdad, porque se va la gente del afecto, porque algunos se marchan sin aviso ni espera, sin preparación ni escudo y de pronto leo en repentino aviso: se murió Humberto Mussachio y otra vez el rayo atroz, el golpe de nuevo, el inútil y primitivo ¡NO! desconsolado con la esperanza disfrazada de negar la noticia y decir es imposible, si apenas, ayer; si apenas hace una semana, si hablamos por teléfono, si me acaba de escribir, si nos vimos hace días, pero por desgracia la muerte es cosa seria, cosa cierta, como el agua rodeando sus pulmones, como la última diástole de su corazón generoso, como la difusa permanencia de su sonrisa franca. Y la muerte no se va si la negamos.
Cincuenta años ¿o más?
No importa cuántos. Nos hicimos amigos sin motivo. Siempre tuvimos una ventaja: no pensábamos igual en muchas cosas. Y quizá por eso nos ayudamos, nos acompañamos.
El “Gran Musa” presentó dos de mis libros, los mejoró con sus sugerencias y me instó hasta la muerte a terminar la obra escrita de la vida, no de mi vida sino como el empeño definitivo a través de los años, con el cual justificar la vida entera, pero yo siempre lo evadía, le ponía la muleta de mis muchas ocupaciones y tiraba del toro de su insistencia hasta terminar la faena con un “te prometo acabarla este año”. Y ese año --si alguna vez llega— él ya no lo verá. Ni a él el libro prometido y no cumplido.
Ahora sólo vale el recuerdo, solo la memoria sobrevive al naufragio de los días.
También queda el discreto orgullo de saberlo cercano, verlo mirar el atardecer sobre un paisaje verde de jardines y montañas barbudas de nubes, con una copa de vino al final de una comida en mi casa con el querido Elías Chávez quien pronto cumplirá 85 años y también está triste como yo y como tantos otros.
Si en un juego de asociación instantánea de imágenes e ideas me pidieran enlazar su nombre con cualquier cosa, dos objetos vendrían a mi cabeza: un libro y una bandera roja.
Lo primero por su extensa y hasta obsesiva labor editorial (hoy celebrada hasta por quienes le dieron la espalda cuando pudieron ayudarlo); el segundo por su nostálgica militancia comunista convertida en amarga desilusión ante el inaceptable y deprimente vacío cultural y político de la Cuarta Transformación, manifiesto –entre otras muchas cosas— en su también incesante hostigamiento a la libertad. Por lo menos la de pensamiento, expresión, edición, publicación y divulgación. La denuncia por el acoso a los medios fue una de las más recurrentes batallas culturales (y políticas) de Humberto.
“…En los últimos meses se han presentado hechos que afectan la libertad de expresión consagrada en la Constitución de la República...”
En la introducción de ¡Cállense!, tras una minuciosa relación de las barbaridades cometidas por el gobierno; ciudadanos obligados –entre otros salvajismos-- a pedirles perdón a los autócratas en repetidas ocasiones; recibir multas, sufrir espionaje, intervención, sofocamiento financiero, leyes restrictivas o francamente interventoras, Mussachio dice:
“…La jefa del Ejecutivo, Claudia Sheinbaum, declaró que está en contra “de cualquier cosa que tenga que ver con la censura”; añadió que está garantizada la libertad de expresión y, en lo referente a las entidades federativas, dijo que las y los gobernadores deben garantizar esa libertad.
“Lamentablemente, el ánimo represor prestó oídos sordos a la palabra presidencial”.
Más allá del cuidadoso lenguaje en su “República de las letras” y sus textos editoriales, ante la actitud y los excesos cavernarios del régimen, miraba el horizonte y decía simple y llanamente:
--¡Ya ni la chingan!
Orgulloso de las mujeres en su vida, entendía también otros riesgos de la actual demagogia:
“…Preocupa especialmente el empleo indebido de la figura de violencia política contra las mujeres en razón de género, originalmente incorporada a las leyes para combatir la discriminación que enfrenta el sexo femenino en México, pero ahora se emplea “para inhibir el debate público, llegando incluso a eliminar publicaciones críticas o incómodas para personas en el poder”.
Sin embargo, no dejaba de lado la esperanza. En eso a veces era un romántico.
“…Ante ese panorama, resulta necesario insistir en que la sociedad es afortunadamente diversa y que, para el mejor entendimiento de todos, se necesita contar con múltiples visiones y versiones de la realidad, pues caben en ella las opiniones y las actitudes que ampara nuestra Carta Magna.
“Las diferencias nos enriquecen y las discrepancias son el signo de los tiempos. Las autoridades harán mejor su tarea si respetan aquellos puntos de vista que no coincidan con los suyos, lo que no parece estar en su horizonte…”
He mencionado con insistencia lo publicado en ¡Cállense! (con todo y el grabado de Mexiac repetido y colorido en la portada, porque él era afín al Taller de la Gráfica Popular) porque se trata de su último trabajo editorial. El actual, el no terminado (hasta donde se) sobre las mujeres en México en la forma de un diccionario biográfico como tantos otros hizo a lo largo de su fecunda actividad editorial, será quizá su obra póstuma.
A la muerte del ingeniero Cárdenas tuvimos nuestres última comunicación, desgraciadamente por escrito. Me envió un correo (29 de octubre. 13.10 pm) en el cual me decía “Bello y justo artículo Rafa, te felicito”. Se refería a la semblanza luctuosa de Cuauhtémoc publicada aquí mismo.
A lo largo de cincuenta años tuvimos tiempo para todo. Cuando éramos jóvenes y habitantes de la madrugada, bebíamos a la manera descrita maravillosamente por Efraín Huerta en lenguaje poético:
“…Nos desangraba el cuchillo-cristal de los vinos baratos…”
Compartimos aventuras editoriales, especialmente en el diario “unomásuno” cuando estaba alentado por el espíritu de la “Sociedad Cooperativa de Periodistas”. Ahí nos afianzamos y ahí nos desconsolamos. Cada quien tomó un camino.
Él fue fundador de “La jornada” y participó en la extraña dirección colectiva de los primeros años. Mucho tiempo después yo regresé al periódico y lo dirigí en sus años finales.
En ese tiempo Humberto se asoció con alguien de cuyo nombre no quiero acordarme y hasta un libro le hizo. Su buena voluntad le impedía a veces detectar malas entrañas, pero jamás hubo por ese motivo, ni por ningún otro, “ni sombra de disturbio”.
En los albores del siglo XXI, alentado por Mussachio publiqué en el Consejo Nacional para la Cultura un libro llamado “El espejo de los días”. Lo presentaron Eulalio Ferrer, Félix Cortés Camarillo (de mala gana) y Humberto Mussachio en la Casa Lamm.
--Debes seguir. Escribe más, publica más. Los periódicos son como tus ladrillos, ahora construye con ellos tu muralla china, me decía. Haz una columna de 300 páginas. No pierdas el tiempo”.
En el primer semestre del 2022, todavía rodeados de los horrores de la pandemia, por obra y gracia de David Huerta, con cubrebocas y lluvia, Raymundo Riva Palacio, el poeta mismo y Mussachio presentaron en la casa de Ramón López Velarde otro libro mío. “Fuego de mis entrañas”. Otra vez la recomendación.
--Ya haz otro.
--Pero Humberto ya presentaste dos, ¿qué más quieres?
--Que escribas más, que no desperdicies el tiempo.
El tiempo, esa invisible maldición de los insomnes como José Luis Martínez a quien la noticia nocturna de la muerte de Humberto lo mantuvo en vigilia hasta el amanecer revisando tomos, pensando y sintiendo una pena profunda hasta ver la primera luz de la mañana.
--Estoy muy triste me dijo (como me dijeron otros tantos amigos a quienes sería muy largo nombrar) mientras recordábamos un solemne potaje servido en la acogedora mesa de Humberto hace apenas unas semanas cuando se anunció el premio de la FIL para Martínez. Por desgracia Duska, su maravillosa mujer, estaba en Croacia.
La negra noticia se extendió rápidamente. Los elogios se dispersaron como hormigas frenéticas. Reconocimientos a su trabajo, pero sobre todo a su persona, a su honestidad intelectual, a su fervor político.
Yo conservo sus consejos y comparto su desilusión de los últimos años. Voy a extrañar las discusiones y las divergencias, la mesa y la banqueta, pero guardaré siempre la cálida sensación de gozo de saberlo cerca, amigable, compañero.
Nos gustaba la literatura, la política y muchas otras cosas, menos solemnes, pero por encima de todo el oficio de nuestra profesión.
A últimas fechas compartíamos algo más: una frase en cuya cifra se extienden los recientes años nacionales, quién sabe por cuantos años más.
--¡Ya ni la chingan! Tan digna de este remate:
--¡Que poca madre!
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