
Investigadores de la Universidad de Kobe desarrollaron una tecnología que permite imprimir imágenes a color sin usar pigmentos. En lugar de tintes, utilizan nanopartículas de silicio que producen el color a partir de su estructura, lo que evita que se degrade con el tiempo.
El principio detrás de esta tinta es distinto al de las impresiones convencionales ya que los colores no provienen de sustancias que absorben luz, sino de pequeñas estructuras que la dispersan. Cada partícula mide entre 100 y 200 nanómetros, —un tamaño comparable al de un virus— y genera un color específico dependiendo de su diámetro, al ajustar ese tamaño se puede controlar la tonalidad con precisión.
El desarrollo estuvo liderado por el ingeniero Hiroshi Sugimoto, cuyo equipo buscaba un material que pudiera comportarse como una tinta común, pero sin las limitaciones de los pigmentos tradicionales. “Queríamos desarrollar un material de color estructural que pudiera procesarse de manera similar a las tintas o pinturas convencionales”, explicó en un comunicado de la universidad.

Uno de los principales retos fue evitar que las partículas se agruparan al secarse pues cuando eso ocurre, el color pierde definición. La solución fue recubrir cada nanoesfera con una capa de sílice que actúa como separador, manteniendo sus propiedades ópticas estables dentro de la tinta. Con esa base, lograron imprimir imágenes sobre superficies planas y también sobre objetos tridimensionales utilizando impresoras de inyección de tinta estándar. Las pruebas incluyeron películas transparentes de PET y superficies metálicas, con resultados nítidos y colores definidos.
Una de las características más llamativas del sistema es que las imágenes no se ven igual en todas las condiciones de luz. El color cambia dependiendo de si se observa de frente o a contraluz, un efecto que se asocia a cómo las partículas interactúan con la luz a escala nanométrica. Esto permite, por ejemplo, que una imagen sea visible cuando no hay iluminación detrás, pero casi desaparezca cuando la luz la atraviesa. Esa propiedad abre posibles aplicaciones en pantallas de bajo consumo, donde una imagen podría mostrarse sin gasto de energía cuando el dispositivo está apagado, y volverse invisible al encenderse. También plantea usos en sistemas antifalsificación, donde un mismo objeto puede mostrar información distinta según la forma en que se ilumine.

El avance todavía enfrenta limitaciones, sobre todo en la amplitud de colores que puede reproducir frente a las tintas tradicionales. Aun así, demuestra que es posible trasladar el color estructural —un fenómeno común en la naturaleza— a sistemas de impresión compatibles con procesos industriales.
Más que mejorar la tinta, el cambio está en dejar de depender de ella. Aquí el color no se aplica: se construye.