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Ya no sólo discutimos identidades culturales o comercio internacional. Discutimos qué ocurre cuando las categorías políticas básicas —territorio, ciudadanía, frontera— dejan de corresponder plenamente con la realidad

¿Qué ocurre cuando un país desaparece?

Calles. El cambio climático, las migraciones masivas y la interdependencia económica han producido situaciones que ya no caben del todo en los marcos tradicionales del Estado nación.

Hace casi treinta años Martha Nussbaum publicó un breve ensayo titulado Patriotismo y cosmopolitismo. El texto apareció en medio de discusiones sobre identidad nacional, multiculturalismo y educación cívica. Parecía un debate propio de la posguerra fría: cómo formar ciudadanos en un mundo crecientemente globalizado sin disolver los vínculos nacionales que sostienen a las democracias. Hoy, sin embargo, el ensayo adquiere una actualidad distinta. Ya no sólo discutimos identidades culturales o comercio internacional. Discutimos qué ocurre cuando las categorías políticas básicas —territorio, ciudadanía, frontera— dejan de corresponder plenamente con la realidad.

Tuvalu, un pequeño Estado insular del Pacífico, suele aparecer en estas discusiones como símbolo del cambio climático. Existe debate sobre la velocidad y el alcance de los efectos que podrían comprometer la habitabilidad de algunas de sus islas. Pero incluso dejando de lado las predicciones más alarmistas, el caso ya plantea problemas políticos concretos. ¿Qué ocurre cuando una población debe desplazarse gradualmente no por guerra o persecución política, sino por deterioro ambiental? ¿Qué pasa con su ciudadanía, con su memoria colectiva, con sus prácticas culturales ligadas a un territorio específico? Y, sobre todo, ¿qué obligaciones tienen otros Estados frente a ello?

El problema es que nuestras categorías jurídicas siguen organizadas alrededor de un modelo territorial relativamente estable. El derecho internacional reconoce refugiados políticos, pero no existe una categoría clara y universalmente aceptada de “refugiado climático”. Tampoco existe un marco sólido para pensar situaciones en las que una comunidad política pueda conservar identidad nacional sin plena continuidad territorial. Algunas propuestas recientes —como la idea de un “Estado digital”— intentan responder a este vacío. Pero el solo hecho de que hoy puedan discutirse seriamente muestra hasta qué punto nuestras instituciones van detrás de las transformaciones reales.

Ahí es donde vale la pena volver a Nussbaum.

En Patriotismo y cosmopolitismo, Nussbaum recupera una vieja intuición estoica: el lugar de nacimiento es, en buena medida, un accidente moral. Haber nacido dentro de ciertas fronteras no vuelve menos relevantes las necesidades o derechos de quienes quedaron fuera. La idea parece sencilla, pero sus implicaciones son incómodas. Significa que nuestras decisiones políticas y económicas no deberían limitarse exclusivamente a quienes pertenecen a nuestra comunidad nacional. También significa que las fronteras no agotan nuestras obligaciones morales.

Nussbaum no proponía eliminar identidades locales ni disolver los vínculos nacionales. De hecho, retoma la imagen estoica de los círculos concéntricos: pertenecemos simultáneamente a múltiples comunidades —familia, ciudad, país, humanidad— y la tarea ética consiste en ampliar nuestra capacidad de consideración hacia quienes están más lejos. El problema es que las instituciones políticas modernas siguen funcionando, en gran medida, como si sólo el círculo nacional generara deberes exigibles.

El caso de Tuvalu muestra precisamente el límite de esa lógica. Porque el desplazamiento climático no encaja fácilmente en la narrativa tradicional de la soberanía nacional. Si una población pierde gradualmente las condiciones materiales para habitar su territorio, la discusión ya no puede reducirse únicamente al control fronterizo. Tampoco basta hablar de ayuda humanitaria temporal. Lo que está en juego incluye continuidad cultural, formas de vida y memoria colectiva.

Con frecuencia las discusiones migratorias se concentran en cifras, seguridad o capacidad económica de los Estados receptores. Son temas legítimos. Pero esa mirada suele dejar fuera que las personas no migran únicamente con necesidades materiales. También migran con lenguajes, prácticas, rituales, recuerdos y vínculos construidos en contextos específicos. Cuando el desplazamiento ocurre por razones climáticas, esa pérdida adquiere otra dimensión, porque el territorio mismo que daba continuidad a esas prácticas puede dejar de existir o volverse inhabitable.

Los críticos de Nussbaum señalaron que las democracias necesitan vínculos de pertenencia relativamente sólidos. Pensadores como Charles Taylor o Michael Walzer advirtieron que una política puramente cosmopolita corre el riesgo de ignorar las lealtades concretas que sostienen la vida pública. Y probablemente tienen razón. Ninguna sociedad funciona únicamente a partir de obligaciones abstractas hacia la humanidad en general.

Pero el problema contemporáneo tampoco puede resolverse refugiándose en una idea rígida de soberanía territorial. El cambio climático, las migraciones masivas y la interdependencia económica han producido situaciones que ya no caben del todo en los marcos tradicionales del Estado nación. Tuvalu es uno de los ejemplos más visibles porque obliga a formular preguntas para las que todavía no tenemos respuestas institucionales claras. Tuvalu no es una anomalía exótica del Pacífico. Es una anticipación política.

Tal vez ésa sea la principal vigencia de Patriotismo y cosmopolitismo. No ofrece soluciones técnicas para los problemas actuales, pero sí obliga a reconocer algo que muchas discusiones políticas intentan evitar: que nuestras responsabilidades morales no desaparecen en la frontera. Y que los desafíos contemporáneos empiezan a mostrar la insuficiencia de categorías diseñadas para un mundo más estable territorialmente que el nuestro.

Académica dl Instituto d Humanidades de la Universidad Panamericana

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