Opinión

Así seríamos en el 2010

A principios de año, reacomodando los libros de la casa, me topé con un ejemplar de México hacia el año 2010: política interna, publicado por el Centro de Estudios Prospectivos de la Fundación Javier Barros Sierra, con fecha 1989. Es un estudio —coordinado por Dolores Ponce y Antonio Alonso— que revisaba futuros posibles del país, a partir de una serie de foros y cuestionarios, realizados en 1988, en los que participamos un centenar de “expertos” de distintas áreas del conocimiento, de diversas ideologías y de muy diferentes actividades (había grandes empresarios, políticos, periodistas, académicos, científicos, futuros miembros del gabinete…). Muchos big shots.

Estrenar el año 2010 releyendo ese libro fue una experiencia entre chusca y desalentadora, pero a la vez muy aleccionadora. Ninguna de las distintas opciones de futuro que imaginamos colectivamente (el libro presenta cinco grandes escenarios) se cumplió y, en términos generales, la situación política del país es —salvo por el hecho de que la alternancia en el Ejecutivo se dio antes de lo previsto— sensiblemente más compleja y menos estimulante de lo que suponíamos.

Para ser honestos, el libro no pretendía pronosticar la situación del país en 2010, sino imaginar opciones de futuro, que dependían de una serie de condicionantes que no se dieron. Sin embargo, la distancia entre los presupuestos y la realidad me pareció alarmante.

En cuatro de los cinco escenarios, para 2010 el PRI todavía no perdía el poder (en el otro, un frente electoral de oposición habría ganado los comicios de 1994, sólo para ser derribado seis años después por un partido ligado “a los grupos económicos fuertes y los sectores más conservadores de la población”). En tres de los cinco, a nivel mundial se habrían generado fuertes corrientes proteccionistas. Y, si bien en ningún escenario se preveía el regreso de la economía mexicana a tasas de crecimiento sostenido, uno de ellos presuponía una vuelta a una importante presencia del sector público; otro, la recuperación de la “soberanía alimentaria” y otro más, notables aumentos salariales reales y menor concentración de la riqueza.

De hecho, el “escenario tendencial” —es decir, el menos imaginativo— resultó, al menos en lo político, el menos alejado de la realidad: “Las tendencias anunciadas por los nuevos alineamientos electorales… donde se esboza un tripartidismo”. Ello, y los reacomodos de la clase política podrían estar anunciando la desaparición del Estado “popular y revolucionario”, corporativista y presidencialista. En este sentido, las organizaciones de masas… podrían ir perdiendo importancia como actores sociales y políticos dentro de un nuevo Estado “realista” o “económicamente racional” (p. 150). En ese escenario, todavía gobernaba el PRI, pero tenía que hacer malabares porque no tenía mayoría en ninguna de las cámaras.

Lo realmente chusco de la lectura era ver cómo se proyectaban al largo plazo las obsesiones y omisiones ochenteras: mucha especulación sobre las relaciones Este-Oeste (es decir EU-URSS), grandes definiciones nacionales a partir de la forma en que se negociara la deuda externa, enorme preocupación por el papel de las centrales obreras y campesinas, temor real a un desastre nuclear o al aumento del belicismo en América Central, importancia siempre “muy pequeña” del narcotráfico como factor político, poder “muy pequeño” de los poderes Legislativo y Judicial durante todo el periodo, medios electrónicos de comunicación con un poder entre bajo y medio (influyentes, pero subalternos al gobierno).

Para decirlo llanamente, la imaginación no nos dio, con todo y que los organizadores del foro nos pidieron un esfuerzo para ir más lejos. Cierto es que a la política se le asocia con una muy alta incertidumbre y que vaticinar es más complicado cuando la ideología de cada quien entra en acción. Cierto, también, que habría imponderables como el asesinato de Colosio o el “error de diciembre” (la recesión del segundo lustro del Siglo XXI sí se nos ocurrió en un escenario), que provocan vuelcos, pero lo cierto es que la mayoría de nosotros cerró los ojos a un montón de elementos que estaban a la vista para los que los quisieran ver.

La espalda y el espaldarazo
La espalda y el espaldarazo
Por: Rafael CardonaApril 03, 2026

Uno de los participantes en aquel foro de 1988, Adolfo Gilly, lanzó en la mesa de debates una interesante provocación: ¿Qué futuro habrían imaginado los “expertos” mexicanos reunidos en 1909? Obviamente que una proyección a futuro del porfirismo. De ahí se pasó a una discusión sobre las posibilidades electorales del cardenismo, en la que los más optimistas suponíamos una votación cercana al 30 por ciento y la mayoría creía que el frente que lanzó al ingeniero no cristalizaría en el futuro mediato. En el fondo, ganaba un pulsante conservador: “este país no va a cambiar”.

Pero donde estábamos más perdidos era en el contexto internacional: faltaba sólo un año para el colapso del sistema soviético. No faltaba mucho más para el advenimiento del mundo unipolar, el “consenso de Washington” y sus efectos liberalizadores en las economías de mercado, la globalización económica y el llamado al “fin de las ideologías” que nos dejó con la melcocha postmoderna y sus excrecencias populistas. Y esta falla se reflejó, de manera brutal, en los escenarios, que perdieron muchos asideros.

El futuro nos sorprendió. En particular, nos sorprendió la velocidad del proceso de globalización. Pero también nos sorprendió la capacidad de adaptación del sistema mexicano —tanto del económico, como del político—: nadie se imaginó la magnitud de las reformas electorales sucesivas que seguirían al polémico proceso del 88, que estaba frente a nuestras narices y que serían fundamentales en la transición democrática del país.

Pero menos aún fuimos los “expertos”, todos muy democráticos, capaces de imaginar los problemas que acarrearía un pluralismo transformado en inmovilismo: una democracia que tarda en dar satisfactores esenciales a la población y que, en el proceso, pierde popularidad, una clase política dedicada a seducir y no a convencer porque ya no convence a nadie.

Me pregunto qué diría hoy un panel similar de expertos. Qué país imaginaría en 2032. Me pregunto si sería capaz de trascender el momento y pensarse, no digamos en el momento prerrevolucionario de 1909, sino en un año como 1988, 1993 ó 2005, y dejar de pensar linealmente. Sería, sin duda, una tarea difícil, porque es tradición la miopía nacional, ligada a nuestra falta histórica de procesos de planeación y esclava de las condiciones de la coyuntura.

fabaez@gmail.com

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