Gustavo despertó del peor sueño de su vida. Sentía los ojos llenos de tierra. La espalda le dolía como si hubiera cargado un saco de plomo. Estaba aturdido, como si las telarañas de aquella pesadilla le hubieran dejado hilos en el cerebro.
El reloj que había en el buró le confirmó que aún disponía de unos minutos para descansar en la cama.
Cuando bajó a desayunar, descubrió que Carlos y Pedro Juan ya se encontraban en el restaurante. Gustavo se sentó en una de las sillas libres y, de inmediato, uno de los meseros le ofreció café.
—Ché, lo que a ti te faltan son vitaminas. ¡Mirá la cara que tenés!
Esa noche tendría lugar el último concierto de aquella gira que los había llevado a tocar en las capitales más importantes del mundo. El trío había conseguido agotar las localidades de cada una de las paradas con meses de anticipación.
Gustavo le dio un trago a su taza. Les explicó que no había dormido bien. No quiso abundar en los detalles del sueño; le parecía una tontería. Se revolvió los rizos de la cabeza y se talló los ojos.
—Quiero preguntarles algo…
Pedro Juan devoraba un omelet. Dejó el tenedor sobre la mesa y se cruzó de brazos, poniendo toda la atención. Carlos hizo un gesto de sorpresa.
Gustavo se tomó unos minutos, pero al final habló:
—¿Ustedes seguirían con la banda si yo no estuviera?
El gesto de sus compañeros dejó en claro su desconcierto.
—Che… ¿nos vas a dejar? —preguntó Pedro Juan, sobándose ahora la calva, con nerviosismo.
Carlos soltó una risa inquieta:
—Gustavito, son tus canciones. Tú cantás y tocás la guitarra. Los pibes vienen a verte a ti. Sin ti, esto no tendría sentido…
Esa noche, delante del espejo de su camerino, volvió a pensar en aquel sueño que lo había atormentado durante toda la gira. Ese domingo era el séptimo día consecutivo que la jaqueca le atenazaba las sienes. Pero aunque sintiera que su cabeza era un revólver que humeaba por las orejas, tenía un compromiso que cumplir. El griterío que alcanzaba a escuchar le recordó que tenía una cita impostergable. Sus ecos lo abrasaban. Era por esas personas de carne y hueso que valía la pena colgarse la guitarra y tocar esa música que volaba ligera.
En el sueño, se veía a sí mismo dormido. Inerte sobre un colchón de hospital y conectado a un dispositivo que llenaba el aire con sus intermitentes pitidos. No estaba muerto. Pero su cuerpo apenas presentaba los signos para distinguirlo de una zanahoria. Arrodillados junto a él, se encontraban Carlos y Pedro Juan. Parecían orar en silencio. Los observó tristes, con los ojos cerrados y la mano derecha de cada uno apoyada en el pecho.
Pero desde donde podía observar la escena, como un dios que se asomaba a través de una persiana universal, fue testigo de un curioso fenómeno. De su cuerpo se desprendió una calca virtual. Un holograma idéntico a él, hecho de luz, que se irguió y caminó hasta la parte central de la habitación. Sus compañeros de grupo se acercaron a la ilusión. Le sonrieron. Hasta ese momento notó que Pedro Juan llevaba colgado el bajo en la espalda. Se le figuró un arquero medieval. Carlos tampoco iba con las manos vacías. En la derecha apretaba el par de baquetas.
Gustavo intentó gritarles. Desde aquella dimensión donde podía verlo todo, se sentía tan solo como un hombre que hubiera caído al agua. Era un cuerpo atrapado entre las ruinas después de un temblor. Sus amigos no parecían notar algo extraño en aquella figura luminosa sobre la que una PRS Multifoil Special color negro descendió desde el cielo hasta sus manos.
De pronto, la puerta de la habitación se abrió y los personajes marcharon convertidos en un ejército de tres personas. Prófugos de aquel funeral en vida. Se olvidaron por completo de que dejaban atrás a un hombre con un corazón delator dentro del pecho. Un organismo vivo reemplazado por un aberrante asesino tecnológico.
Pero aunque nadie pudiera escucharlo, Gustavo podía verlo todo a un millón de años de casa. Los siguió a través de un pasillo negro, al final del cual brillaba una luz intensa. Le pareció familiar. Siempre pensó que el trayecto que separaba el camerino del escenario se parecía mucho a la muerte.
Ahí estaba. Aquella marea de cabezas, gargantas y brazos levantados que se abalanzaba a los pies de sus compañeros y la proyección de luz que se hacía pasar por él. Gustavo que todo lo veía hizo un zoom anatómico. El farsante intangible le devolvía a los asistentes al concierto la evocación de una música que el humano había compuesto antes de ser obligado a dormir. Era un juego tramposo de seducción con la masa.
Nadie parecía notar el montaje. Si el holograma hubiera bajado del escenario a saludar, las personas se hubieran acercado a despedazarlo igual que un trozo de carne lanzado entre caníbales.
Gustavo volvió a la realidad cuando tocaron a la puerta de su camerino para avisarle que el momento había llegado. Dejó de pensar en el sueño y terminó de acomodarse el saco que había elegido para salir a cantar. Respiró profundo. Se prometió que, una vez pasada esa última actuación, tomaría un descanso. Tal vez el sueño recurrente ocultaba un significado más profundo. Había llegado el momento de lanzar algunas canciones en solitario. Canciones animales. Vivas. Feroces. Indómitas.
Abrió la puerta. Carlos y Pedro Juan estaban ahí, listos para caminar detrás de él hasta el escenario. Los gritos de los fans subían de volumen a medida que se acercaban a ese punto luminoso al final del túnel. A Gustavo se le figuró que aquellos bastidores eran las entrañas de un dinosaurio muerto. A medida que avanzaba, sentía que flotaba encima del suelo.
El primer acorde que rascó fue una sacudida eléctrica. Aquello era rock and roll. Empezó a cantar y la pesadilla desapareció de su cabeza. El sueño estéreo enmudeció. Reconoció ese lugar donde nacen las estrellas. Y lo que sangra, ese amor desaforado de los adictos a su música, desde el cielo de la cúpula. Todo eso le pasó por la cabeza cuando, de pronto, descubrió un detalle en uno de los chicos de la primera fila, entre los que por decenas se apretujan contra la valla, que lo desconcertó.
Gustavo perdió el ritmo. Olvidó la letra.
Pero ni Carlos ni Pedro Juan parecían notarlo. Tocaban el bajo y la batería como si nada. Tampoco el chico de la primera fila, al que Gustavo le pareció haber visto antes. No se trataba de un error. Porque el fan llevaba puesta una remera de color amarill en la que estaba impresa la cara del cantante. Una que no era parte de la mercancía oficial del grupo. El muchacho debió fabricarla. Le había puesto una leyenda terrorífica: “Murió de una sobredosis de TV”.
Gustavo lo reconoció. No lo había visto en los conciertos de la gira, sino en las pesadillas que lo asaltaban cuando se iba a dormir. Siempre en primera fila. Con aquella camiseta. En aquel delirio en el que Gustavo dormía en una cama de hospital y sus compañeros subían a tocar con un fantasma de luz.
Pero esta vez no era una ensoñación. Se trataba de la realidad.
Se quitó la guitarra de encima y la arrojó a un costado. El instrumento se partió por la mitad. El músico se apresuró a correr hacia donde estaba Pedro Juan. Intentó abrazarlo por los hombros, gritarle con desesperación que lo ayudara, pero Gustavo lo atravesó como si el bajista fuera un fantasma. Volteó a ver al baterista. Carlos seguía golpeando tambores, como hipnotizado. Sonreía, indiferente a lo que sucedía.
El cantante saltó encima de la batería… y cayó de rodillas sobre el entarimado. Parte de la imagen de Carlos se le proyectó.
Volteó al público que atestaban el recinto. Y después miró a lo alto de la Arena. Siguió con los ojos el hilo de luz que brotaba desde lo alto de la arena y que llegaba hasta aquellas cabezas, brazos y bocas, dándoles vida. No había nadie ahí, además de él. Todo era parte de una película. La misma que había visto sin sospecharlo en cada una de las ciudades que pisó aquella gira.
Gustavo se acercó al proscenio. Levantó las manos. La música no se detenía. Ni la gente dejaba de volverse loca.
Gritó con la desesperación de saberse aparte de todos, de ser la única criatura con vida en aquel universo virtual. Era un hombre alado que extrañaba la tierra. Hubiera querido dejarse caer como una flecha. Abrirse las venas.
Pero nadie lo hubiera notado.