
En estudios muy recientes ha quedado plenamente demostrado que la maternidad cambia el cerebro de la mujer. Son cambios muy relevantes que la preparan para la importantísima función del cuidado del hijo. A diferencia de la mayor parte de las especies, en los humanos el grado de inmadurez del recién nacido es tal, que no puede sobrevivir sin cuidados. Eso lo ‘sabe’ el cerebro y se prepara en consecuencia. Lo que se observa es una reducción del volumen de la materia gris (las neuronas) en varias áreas de la corteza cerebral, algo que a primera vista no parece tener lógica. ¿se están muriendo las neuronas? Así es, en efecto, pero la comunicación entre las que quedan es más eficiente. Se trata de una depuración de los circuitos clave para la maternidad, de modo que aquéllos que no están trabajando al máximo, se eliminan en tanto que los eficientes se refuerzan. La intercomunicación neuronal es fundamental para el trabajo del cerebro a todos los niveles, aun los más complejos: una neurona no construye un algoritmo, las redes neuronales sí; una neurona no escribe un poema, las redes neuronales sí; una neurona no elabora una teoría filosófica, o un programa político, las redes neuronales sí. Y son justamente las redes neuronales dirigidas al cuidado del hijo, las que se han vuelto más eficientes en la madre.
La siguiente pregunta es ¿para qué funciones cambia el cerebro de la madre? La respuesta es muy lógica: en aquéllas que aseguren el cuidado del recién nacido. La atención es una de ellas, al incrementar la capacidad de la madre para estar pendiente del niño, al mismo tiempo que de las otras tareas que no puede descuidar; se desarrolla también una particular percepción para detectar posibles amenazas al recién nacido, situaciones de peligro, para los dos; en la toma de decisiones que derivan de la memoria, de la información que se haya adquirido por diversas fuentes, sobre el cuidado del niño. Es sobre todo en la corteza cerebral donde ocurren los cambios pero también se afectan las regiones en las que se procesan las emociones y las que almacenan la memoria.
Los cambios cerebrales en la maternidad ocurren en todas las mujeres, y se detonan por hormonas, como los estrógenos, cuyos niveles aumentan muy notablemente (entre mil y diez mil veces) durante el embarazo. La progesterona, otra hormona femenina, también participa en la creación de este ‘nuevo cerebro’ de la madre, sobre todo en la eficiencia de las redes de comunicación. Estos cambios persisten varios años después del parto.
La relación entre las hormonas y los cambios cerebrales está perfectamente establecida en las madres biológicas, y por ello, surgen preguntas en relación con lo que ocurre en las madres adoptivas. Sorprendentemente no hay muchos estudios al respecto; de hecho incluso las investigaciones sobre los cambios cerebrales maternos son relativamente recientes. Lo que se ha observado, y que era en cierta forma esperado, es que estructuralmente no se replican los cambios físicos de las madres biológicas, que se derivan del incremento en las hormonas durante la gestación. Sin embargo, y también es algo esperado, en las madres adoptivas sí se presenta un aumento en la actividad de las áreas cerebrales relacionadas con el cuidado del hijo, que van esencialmente en el mismo sentido de las que se reforzaron estructural y funcionalmente en las madres biológicas.
La misma pregunta surge cuando, muy recientemente y restringido a algunos segmentos de las sociedades actuales, ha cobrado importancia la participación del padre en los cuidados al niño desde los primeros días del nacimiento. Los estudios a este respecto revelan que, al igual que para las madres adoptivas, en los padres los cambios físicos en el cerebro de las madres biológicas no se replican, aún cuando el padre participe muy activamente en el cuidado y la atención al recién nacido. Esto es perfectamente explicable porque como se mencionó antes, estos cambios son inducidos claramente por los aumentos en el nivel de las hormonas femeninas que ocurren durante la gestación. Pues así es. Una cuestión interesante, que se resolverá cuando haya mayores resultados en las investigaciones sobre el tema, es si los cambios funcionales (que no anatómicos) en el cerebro de las madres adoptivas, son similares o no, a los que se encuentren en padres muy involucrados en los cuidados del recién nacido.
Lo que se deriva de estos estudios es que el cerebro de las madres ha cambiado. Y con él han cambiado sus prioridades. En la vida de la madre en los primeros meses y años de la crianza, lo más importante es el cuidado del hijo. Esto puede tener consecuencias en la vida de aquellas mujeres que quieren -o necesitan- tener una actividad laboral con exigencias similares a las de los hombres. Y aquí aparece una gran diferencia, innegable, entre los géneros. La madre se va a cuestionar muy seriamente si su desarrollo laboral y profesional es compatible con la maternidad. ¿Se hacen esta pregunta los hombres? La respuesta será, en una enorme proporción, que no es así. Puede que el hombre cuestione su paternidad por otros motivos, como la sobrepoblación, el cambio climático, la escasez de agua, pero seguramente no lo hará (con posibles excepciones) pensando en si el ser padre va a influir en su desarrollo laboral y profesional.
La maternidad y el cuidado de los hijos en las mujeres que trabajan, frecuentemente se acompaña de ansiedad y sentimientos de culpa. La sociedad debe entonces, sabiendo lo que la biología manda, desarrollar la sensibilidad necesaria para acompañar a las madres y asegurarles la tranquilidad y la comprensión que requieren en esta etapa de su vida. Pero mientras tanto es sobre ellas en quienes recaerá principalmente el cuidado del hijo pequeño. Y tendrán que ser fuertes -física y emocionalmente-, inteligentes y creativas, para lograr el equilibrio entre la maternidad y sus otras legítimas, muy legítimas aspiraciones.
Pueden hacerlo. Ser mujer es ser fuerte.