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El antropólogo y miembro de El Colegio Nacional inauguró el ciclo Pensar la paz (en tono menor), con la conferencia “Las teorías de la paz en la república (genealogía breve)”

Para pensar la paz, se requiere de esfuerzos colectivos: Claudio Lomnitz

Colnal. El concepto de paz me resulta “ignota como concepto de ciencias sociales: no sé muy bien exactamente qué significa”, resaltó el colegiado. (Colnal.)

Cinco años después de integrarse a El Colegio Nacional, Claudio Lomnitz se ha dedicado a compartir sus reflexiones en torno a las diferentes formas de la violencia en nuestro país, pero llegó el momento en pensar la paz, a sabiendas de que se trata de “un concepto difícil de definir”, en palabras del historiador y antropólogo social.

De esta manera se encargó de organizar el ciclo Pensar la paz (en tono menor), con la conferencia “Las teorías de la paz en la república (genealogía breve)”, aunque antes se refirió al hecho de que lo haya nombrado “en tono menor”.

“No es que mis otros ciclos tengan un ‘tono’ mayor, pero éste es especial porque está inserto con una especial modestia —incluso más que cualquier de los anteriores—, por dos motivos: uno es que la idea de paz, para mí en general, es un poco ignota, no en el sentido de que no la conozca; ignota como concepto de ciencias sociales: no sé muy bien exactamente qué significa, espero saberlo, según vaya adelantando la escritura de estos textos. Entonces estoy hablando de algo que, al mismo tiempo, es a la vez conocido y desconocido”.

La segunda razón por la cual definió el ciclo ‘en tono menor’ es porque se dijo consciente de que estas intervenciones son de alguien que “llega tarde a la fiesta”, porque hay mucha gente que se ha dedicado al tema, que ha pensado en cómo generar paz en el contexto contemporáneo de México, por lo que no quiso pretender que las intervenciones tengan la capacidad de “tirar línea”, de dar una dirección: “se trata de un esfuerzo más analítico desde mi propia posibilidad”.

Son en “tono menor”, destacó el colegiado, porque cualquier cosa que pueda decir en estos análisis no tienen sentido alguno, si no es como parte de esfuerzos colectivos, porque “las realidades que hemos enfrentado simplemente me rebasan; rebasan mi capacidad de análisis y de entendimiento. Cualquier contribución es una manera de abonar a una serie de esfuerzos colectivos, a los que me gustaría apoyar por medio de estos esfuerzos”, explicó Claudio Lomnitz.

La búsqueda de paz

Al enfocarse en la lección inaugural, “Las teorías de la paz en la república (genealogía breve)”, Claudio Lomnitz explicó que un punto de partida para conceptualizar la historia de las teorías, ya sean tácitas o explícitas, respecto a la relación entre república y paz, es comprender que la falta de paz ha sido la piedra de toque que justifica la existencia misma de la república.

La República mexicana, dijo, como tantas otras, nació de la guerra, del naufragio del imperio español y tanto la independencia como el dogma de la soberanía popular fueron imaginadas por sus apologistas, en primer lugar, como una fábrica de orden y de justicia, por lo tanto, de paz.

La Independencia se presenta como remedio a una guerra, aun cuando importa subrayar también que un imaginario de esa índole, que pintaba la República como una máquina pacificadora, necesitaba de alguna acrobacia en el terreno de la imaginación, y específicamente, de algunos argumentos que separaran el potencial pacificador de la república con la desarreglada y bastante violenta vida que floreció de la mano de la lucha por la independencia”.

Para los realistas, los insurgentes eran unos facciosos y el cura Hidalgo fue condenado por una serie de cargos que incluían haber levantado a los pueblos contra su legítimo gobierno y haber sido mandante de homicidios alevosos, responsable de robos y despojos, conspirador contra el reino, tumultuario y sedicioso, traidor y por haber ordenado la ejecución de prisioneros españoles, confiscado propiedades y, “desde luego, por haber abusado de sus hábitos de sacerdotes”.

El insurgente representó a su movimiento como campeón de una causa conservadora, custodia del rey y de la religión contra el libertinaje de los agentes de la Francia revolucionaria, que eran los que mandaban el imperio español en esa época, con lo que la Independencia y la República nacen de “la mano de varias explicaciones respecto a las causas de la sublevación, que representaban siempre y en cada caso a su propia violencia como una respuesta a otra violencia anterior, originaria y de peor naturaleza”. 

“Presentando entonces a la independencia y luego a la soberanía popular republicana, como fórmulas de paz. La república y la usurpación del aparato del Estado, por medio de la apelación a la soberanía nacional, se presentó siempre y, en primer lugar, como un remedio a la disolución social, la violencia y la guerra: la guerra revolucionaria era imaginada como un medio para acceder a la paz”.

Al ofrecer un breve repaso histórico por diversas etapas de la historia nacional, en las cuales la búsqueda de la paz se ha convertido casi un generador de violencia, el antropólogo social señaló que se podría afirmar, sin exagerar, que la república es “una teoría de la paz”, tanto como lo fue en su momento el absolutismo, imaginado por Hobbes.

“Aunque, a diferencia de su famoso tratado, nuestras teorías respecto a la relación entre la república y la paz han solido ser menos sistemáticas y han recaído de manera importante en entendidos implícitos, promesas y lo que Cornelius Castoriadis llamó ‘un imaginario’”.

En México, la república nace de la mano del imaginario social que la figuraba como una arquitectura que serviría ya para construir una nueva o para restituir una paz antigua, la paz antigua que se había perdido. En el imaginario republicano, el orden previo es visto como un Estado caótico, entre “anarquía, abuso colonial o esclavitud”, o como un orden degradado marcado por la Conquista.

El famoso Tratado de Bartolomé de las Casas sobre la destrucción de las Indias fue vuelto a ser impreso durante, o inmediatamente después, de los procesos de insurgencia, porque era un libro proscrito que no circuló durante 200 años en el imperio español, si bien se imprimió en Bogotá en 1813 y después en México, en 1821, con lo que “la república se justifica con el telón de fondo de aquella destrucción originaria, aunque hubieran pasado casi 300 años desde la redacción de aquel famoso tratado”.

“El régimen político tenía en la guerra, en las guerras pasadas, su fundamento. El Estado moderno se inventó como una prolongación de la guerra, por otros medios, busca trascender un estado de guerra civil por otros medios: un conjunto de normas, de instituciones que ya no servían para matar, sino para administrar la vida, por medio de un orden político”, resaltó el colegiado.

Al parafrasear a Michel Foucault, al resaltar que “el Estado moderno se legitimó entonces como una maquinaria de paz”, Claudio Lomnitz recordó que al decir que la conformación del Estado moderno es una prolongación de la guerra por otros medios, y esos otros medios son el biopoder, “entonces se podría definir también como una fórmula de paz”.

“Me parece también que la república, como una idea que venía de la antigüedad, es decir del mundo clásico, no ofrecía una teoría de paz tan clara como la del Estado absolutista de Hobbes, sino que proponía un tipo de gobierno signado por la soberanía popular, una figura que es, de suyo, más propensa a lo faccioso y el poder absolutista del monarca”.

El republicanismo moderno generó, desde sus inicios, imaginarios sociales sobre la paz, porque la voluntad del pueblo es retratada siempre como si tuviera una tendencia pacífica, “cosa que por cierto es un acto de fe”. El pueblo decía, y todavía dice, que quiere la paz, por lo cual, la república tiende de manera natural a la paz, según ese imaginario social, mientras que los monarcas pueden —desde el punto de vista republicano—, por sus ambiciones ser mucho más belicosos”.

“Pero la idea de la soberanía popular se presta también a trazar diferencias al interior del pueblo, facciones, pactos secretos, traiciones: la república tuvo siempre el fantasma del enemigo interno y, así, a pesar de la linda idea de la república como maquinaria de paz, ni en la Independencia ni en la declaración de la República, se crearon las condiciones institucionales necesarias para sosegar a la nación”.

La idea de la paz

En diversas partes del país, la justicia frente a los fenómenos de violencia produce el famoso “ojo por ojo, diente por diente”, una venganza directa que opera en el terreno de la ilegalidad, al tiempo de que abre la puerta a ciclos de violencia que, fácilmente, se vuelven incontrolables, como sucede hoy en día en Sinaloa, donde las venganzas entre la gente de los chapitos y la mayiza lleva ya dos años sin cejar y “han dejado una estela de miles de muertos y desaparecidos”.

“Pensar que existe una comunidad moral que puede usar apenas su voz y su fuerza moral, como es la idea de muchas propuestas de justicia restaurativa para detener aquella carnicería, y obligar a cada una de las partes a reparar los daños que han causado, me parece un insulto al pueblo sinaloense, que no ha dejado de tratar de frenar aquello con todos los medios que tiene su alcance.

“Ni siquiera el propio ‘Mayo’ Zambada, en la carta que leyó al ser condenado a cadena perpetua en los Estados Unidos, donde hizo llamado a la concordia y a la paz, consiguió frenar la sed de venganza de los suyos: ¿Qué comunidad puede restaurar las pérdidas de la familia a la que le desaparecieron o mataron gente? ¿Qué comunidad puede abrir los miles de negocios que han cerrado de dos años para acá? O traer de vuelta a los millares que han abandonado sus pueblos y ciudades. Seguramente la paz en Sinaloa terminará siendo un proceso muy lleno de gestualidad y muy manco de justicia”.

De acuerdo con Claudio Lomnitz, todo apunta a que el proceso terminará sólo por el agotamiento, antes que por la acción de la ley o de la justicia; incluso, se puede anticipar el día en que haciendo caravana con sombrero ajeno, algún “gobernador o algún presidente, algún comisionado o senador presuma toda una serie de logros y hará lo necesario para dejar lo que ha pasado en el olvido”.

En las conferencias, advirtió, el tema de la violencia estará vinculado con hechos físicos, marcados por la coerción, a actos de violencia simbólica. “No usaré el tema para referirme a eso que la ciencia social a veces llaman violencia estructural, a las formas de dominación que dejan algunas clases de personas más expuestas a la muerte que otras”.

El ciclo Pensar la paz (en tono menor), impartido por Claudio Lomnitz, se integra de cinco conferencias en las cuales se abordará desde los imaginarios de paz que han dominado el debate público, a la llamada pax narca, la “Guerra contra el narco”, y la de los “Abrazos, no balazos”.

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