Cultura

A lo largo de su vida, Rosario Castellanos nos demuestra que fue una niña, una adolescente y una mujer que luchó por mirarse algún día en el espejo y ver su rostro reflejado en él

“Un grano de anís” Rosario Castellanos

Silvia. La escritora Rosario Castellanos.

En las primeras páginas de la novela Balún Canán, Rosario Castellanos hace que la pequeña protagonista del libro conteste a la nana que es algo más que un grano de anís, y de esa forma define lo que soporta casi toda su obra: el querer ser. Escribe:

—No me cuentes ese cuento, nana.

—¿Acaso hablaba contigo? ¿Acaso se habla con los granos de anís?

—No soy un grano de anís. Soy una niña…”.

A lo largo de su vida, Rosario Castellanos nos demuestra que fue una niña, una adolescente y una mujer que luchó por mirarse algún día en el espejo y ver su rostro reflejado en él. Buscó ser alguien, una persona, mientras que Elena Garro decía de sí misma: “Soy una no persona”. Y es que Rosario fue negada y marginada desde niña por la sociedad y la familia en la que creció y, sobre todo, en el amor llámese maternal, paternal o de pareja. La soledad, el desamor y la tristeza constante reinan en su literatura. Sin ambargo, con empeño y trabajo, se convirtió en una escritora con una voluntad inqueblantable en su desarrollo profesional y personal. Fue poeta, ensayista, cuentista, novelista, crítica de literatura, maestra universitaria, funcionaria de la Universidad Autónoma de México, periodista y embajadora de México en Israel, donde falleció. Puso de manifiesto que ella era más, mucho más, que un granito sabroso y dulce de anís.

Fue una escritora inteligente, culta, de razón, de disciplina, irónica e ingeniosa que se exigía demasiado y que moldeó sus palabras con un barro hecho de dolor. Fue tan crítica de sí misma que afirma en una entrevista con Emmanuel Carballo que apareció en Protagonistas de la literatura mexicana que “Apuntes para una declaración de fe”, de1949, fue un poema malogrado; que “De la vigilia estéril”, de1950, llevaba un título desastroso; que “Judith y Salomé”, 1959, no logró la calidad dramática, etc… En su poema “Pasaporte juega así: ¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una. / Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas). / ¿Mujer de acción? Tampoco. / Basta mirar la talla de mis pies y mis manos. / Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no. / Pero sí de palabras, / muchas, contradictorias, ay, insignificantes, / sonido puro, vacuo cernido de arabescos, / juego de salón, chisme, espuma, olvido. / … Sin embargo, fue mucho más que una mujer de acción, y sus palabras nunca fueron contradictorias ni sin sentido. Ha sido una piedra sobre la que se levantaron lectores y escritores de varias generaciones.

Llegó a la Ciudad de México en 1939 y 2 años después, cuando tenía 16, fue dejando atrás su pequeña y agobiante vida de marginada en Comitán al lado de sus padres y de los indígenas de los que nunca se pudo desprender y que en última instancia también la dejaron sola (sus padres murieron en 1948 y su nana, María Escandón, se fue de su lado cuando Rosario se casó con el filósofo Ricardo Guerra). Proviniente de una sociedad conservadora, de mujer sin voz ni esperanza, se convirtió en una de ideas y cultura que combatió el desconsuelo con sarcasmo, la debilidad con la crítica, su no ser con su singularidad, su abandono y desamparo con su literatura.

La obra de Rosario Castellanos es notoriamente autobiográfica y parte de ella es feminista e indigenista, palabras estas últimas que no le gustaban. Escribió sobre cultura femenina y sobre las condiciones de subordinación de la mujer y, desde luego, sobre la explotación de los indígenas chiapanecos. Así, su primera etapa como escritora versa sobre Chiapas y el mundo complejo de su niñez, con una prosa que desborda poesía y dramatismo, y que no es una tesis social sino una novela de recuerdos e invención, porque siempre escribirá a partir de sus vivencias y experiencias de su condición de mujer, de chiapaneca, ladina, sometedora y sometida, y de una intelectual que busca ante todo la libertad para los oprimidos y para ella misma, la justicia para los otros, la educación para los débiles, el alivio de las heridas y el dolor.

Para ella, su trabajo fue una tabla de salvación gracias a la cual sublimó sus angustias y sus demonios. De la soledad en su obra, ella misma afirmaba que era la otra cara del amor, la muerte y, también, del destino, y que en efecto era un tema central en su obra.

            Gran parte de su peridismo fue totalmente literario, sobre todo cuando habla de sí misma. Y donde es notorio su sentido del humor e ironía incluso ante la preocupación que siempre tuvo por lo que pasaba a su alrededor, por los problemas tanto nacionales como internacionales; y cuando habla de literatura, escritores o de libros lo hace con ese conocimiento que le dio su disciplina, su ansia de superación; y siempre tuvo palabras generosas y alentadoras para los escritores jóvenes.

Leerla es entrar a un mundo delicado y a veces doloroso: qué prosa tan sencilla y precisa y qué poesía tan melancólica y desgarradora, qué pulidas y qué rotundas, letales y punzantes sus palabras, cómo hieren al lector. Esta extraordinaria escritora nos presenta al ser humano como un gran río que a veces se desborda y echa a perder las mejores cosechas.

Colaboración del Seminario de Cultura Mexicana

Silvia. La escritora Silvia Molina.

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