
“El árbol de Ko” nació de un baúl con títeres a medio terminar, de dos abuelas reales y de una piedra en el zapato: esas cosas que uno deja a medias y que con los años empiezan a convertirse en un reto para terminar.
La coproducción chileno-argentina de la compañía Avuelopajaro, dirigida por Manuel Mansilla y con actuación y realización de títeres de Esteban Herskovits, está en temporada en la Sala Nancy Cárdenas del Centro Cultural del Bosque. Y propone un reto enorme: hablar de la muerte con los niños sin tabú, con tacto y con verdad.
La premisa es que un niño y su abuela se cuentan historias. Así se pasan el mundo de mano en mano: no como herencia de bienes, sino como herencia de relato. Un día la abuela muere y en el lugar donde terminó su camino nace un árbol. Y para Ko, subir a ese árbol significa volver a los brazos de su abuela, entonces la muerte deja de ser desaparición y se vuelve un lugar habitable porque la abuela no se fue, sólo cambió de forma, y ahora tiene corteza.
Las dos abuelas
La ñaña Lucrecia no es un personaje inventado. “Sí está inspirada en una abuela real. De hecho, se puede decir que hay dos abuelas, quizás es una mixtura de abuelas”, cuenta Herskovits.
La primera fue Lucrecia, la curandera del territorio de Peñalolén, en Santiago de Chile: componedora de huesos, sanadora con hierbas y remedios naturales. Esteban alcanzó a conocerla. Después, al vivir en el terreno donde ella vivió, fue descubriendo sus vestigios: hierbas, piedras, marcas de sus sanaciones, entonces a Esteban le sucedió lo mismo que a Ko: al morir la abuela siguió “apareciendo” en la vegetación del patio y lo documentó.
La segunda fue Berta Quintremán, abuela pehuenche del Alto Bío Bío, que junto a su hermana Nicolasa se volvió emblemática por resistir la construcción de una represa en el río Bío Bío. Herskovits convivió con ellas, las conoció de cerca y apoyó como activista. “No vendieron su territorio. No se fueron. Se quedaron a vivir ahí, deteniendo la obra, cuidando un lugar ancestral con cementerio indígena, bosques nativos y flora única. En el territorio pehuenche a la abuela se le dice ñaña. De ahí viene el nombre: ñaña Lucrecia, inspirada en esas dos mujeres”.
La abuela Lucrecia es mapuche de origen pehuenche, es decir, gente de la cordillera de los Andes que vive del pewén: la araucaria, el árbol sagrado que da piñones. “El árbol no es decorado: es identidad, territorio y memoria. Raíces, firmeza y expansión hacia el cielo” dice Esteban.
La abuelita dulce que un niño extraña en una obra para infancias es, en realidad, la fusión de una curandera que dejó sus remedios sembrados en la tierra y de una mujer que le puso el cuerpo a una represa. Lo que sube Ko no es un árbol cualquiera: es un árbol hecho de dos maneras de negarse a desaparecer.
Baúl de títeres
En 2015 Esteban decidió crear una nueva obra. Tenía un baúl con títeres a medio terminar, personajes de cuentos que usaba cuando trabajaba en el jardín infantil de su hijo mayor. La abuela ya venía de otras obras, siempre en rol de presentadora. Aquí entró con un rol activo.
Tomar ese baúl, terminarlo y hacer con todo eso una obra fue un desafío. “Intentar no dejar cosas a medias”, dice. Esa piedra en el zapato que molesta cuando uno dice: tengo un montón de cosas que no he terminado en la vida. Así quedaron el guerrero, el chupacabras, el cocodrilo, el gaucho y las gallinas.
La muerte y los niños
Tras diez años en escena, Herskovits descubrió que el sobresalto no nace en los ojos de los niños, sino en los prejuicios de los adultos. “Las infancias reciben estos temas con naturalidad. Están más libres de prejuicios. Los reparos vienen de adultos conservadores. El niño no necesita protección: necesita un árbol donde poner eso”.
Lo que ocurre en la sala le da la razón. Lo que los niños devuelven es alegría: “Cuando llegan a sacarse la foto al final, o cuando se despiden de mí, siento el brillo de sus ojos, el brillo de los ojos de la infancia. Algo que me cautiva verlo. Como que siento que está la misión cumplida cuando uno puede hacer que esos ojos brillen. Un niño, hace poco, me dijo: Me encantó su película.” Herskovits lo cuenta riéndose.
Un anciano lo abrazó llorando después de una función: su mujer había muerto hace poco y la obra le removió el duelo. Una colega le pidió el video porque necesitaba abordar la muerte de la abuela con un sobrino que no podía procesarlo. “La obra hace su labor en otros, sin que uno lo haya planteado desde anticiparse”, dice Esteban. “En el arte uno va haciendo sin pensar tanto por qué lo hago, pero tiene efectos terapéuticos, o de alegrar los corazones”.
La tierra libre: una utopía que se mantiene viva
“La tierra libre, como concepto, para mí es un planteamiento muy utópico. Una tierra donde todos y todas tenemos cabida, donde nos sentimos respetados y escuchados, y somos partícipes de la toma de decisiones y de nuestro destino. Es el ideal. Pero plantearlo en una obra, es decir: queremos seguir manteniendo el ideal vivo”.
La obra ha sentido los cambios políticos y sociales de Chile. Antes del estallido social tenía una fuerza. Durante el estallido también. Después, con el tiempo, a veces se siente como un discurso de otro tiempo. Pero justo en esos momentos, dice Esteban, se refuerza la idea de que los creadores están llamados a mantener una llama encendida de esperanza. “Podemos seguir imaginando un mejor mundo, a pesar del mundo en el que estamos en este presente. Cuando la sociedad está más humanizada, estos mensajes llegan más alegres. Cuando está más dividida, con más temor, quedan en el lugar de una utopía lejana. “Pero siempre la propuesta es recordarle a la gente que podemos vivir bien sin necesidad de tanta frontera y tanta división y tanto miedo. Siempre la utopía es un lugar lejano hacia dónde ir.”
“El árbol de Ko” sostiene, en su mesa mínima, en su maleta de 23 kilos, en su ñaña Lucrecia, en su pewén que es raíz y cielo, como el árbol, la memoria y las abuelas que no se fueron. Se presenta hasta el 4 de octubre sábados y domingos a las 12:30 horas en la Sala Nancy Cárdenas del CCB.