Cultura

Colaboración de Carlos Martínez Assad

Sinopsis de Mónica Lavín

FIL Mónica Lavín, Premio Crónica en Cultura. (Tomás Chávez)

Cuando pienso en Mónica Lavín, me aparecen varios de sus registros, como novelista, cuentista, ensayista, profesora universitaria, conductora de talleres de letras y hasta comentarista en radio o en televisión. También me lleva a su constante activismo al leer su artículo en el periódico, o buscando su nueva novela para intentar seguirle el paso, o a la espera de algún programa televisivo o red para escuchar sus historias al ser entrevistada o para hacernos escuchar a quien ella entrevista. Por supuesto, me queda claro que para ella lo fundamental es escribir y contar historias.

El año 2026 fue designada por la Fundación Premio Crónica para recibir el correspondiente a Cultura, una categoría amplia que engloba muchos de sus quehaceres en los que ha destacado con su narrativa única. Fue una ocasión especial porque fue la última en la que participó su creador don Jorge Kahwagi Gastine.

Ante la difícil tarea de escribir sobre sus numerosos libros, me referiré sólo a unos cuantos, cuyas historias me siguen dando vueltas en mi cabeza, aquellas que se complementan entre sí como es el caso de sus las dedicadas a Sor Juana Inés de la Cruz, en su escritura como en Yo la peor, una aproximación a su vida, tiempo y pensamiento, así cómo sus expresiones en la vida cotidiana. Relato para el que eligió una forma de escritura original, con una medición perfecta entre uno y otro pasaje.

Mónica ha mencionado su atrevimiento por acercarse a un personaje tan visitado por la narrativa, pero creo que no solamente es esa la razón, sino por su peculiar forma de abordaje en la que, además del estilo, están las vivencias como personaja para su situación de y por su condición de mujer en el siglo XVII. Y la define: “una mujer fuera de época, una escritora flagrante, apasionada y sensual que entregada a la razón y consagrada en su fe, tomó los retos más grandes para lograr que su alma se dejara conducir por los seductores caminos del conocimiento”.

En Yo, la peor, Lavín eligió escuchar la voz de Sor Juana, desde las mujeres que la rodearon: desde luego la virreina María Luisa Manrique, su madre Isabel, su abuela Beatriz, su hermana Josefa, su maestra Refugio, su esclava Catalina, su criada Virgilia, una cortesana y la monja Cecilia

Quizás por eso Mónica escribió en un ensayo en el que se interrogaba ¿por qué escriben las mujeres?: “El cuerpo como voz, como manifiesto, como rebeldía, está en lo que escribo, porque el cuerpo tiene sus maneras de decir más allá de la construcción de la idea”. Y en la curiosidad de Sor Juana y sus sensaciones aparecen la que le provoca estar frente a una taza de humeante chocolate, presagio de otro escrito que Mónica le dedicará en Sor Juan en la cocina, auxiliada por los conocimientos de gastronomía de Ana Benítez Muro. Incursiona allí con otro tono, más informal, pero no por ello menos interesante y hasta divertido, como hurgar en la cocina y en los platillos confeccionados por la monja en el encierro conventual. De los cuales ya nos ha advertido en su novela en la que nos había avanzado su gusto por alimentarse tanto del conocimiento como “también de los tamales de mosco”, de las “tortas de huevo con peces”, del “pulque” y del “agua de horchata”.

Apasionada de sor Juana, también escribió Mónica el libreto para ópera La sed de los cometas (2022), contándome entre quienes pudimos presenciar su representación en la sala Nezahualcóyotl de la UNAM, con la música y confección operística estupenda de Antonio Juan-Marcos. Un género en el que pocos narradores han incursionado porque conlleva, sin duda, dificultades porque la música tiene sus propios registros. Por lo que se debe hacer frente a las peripecias de escuchar su voz y presentarnos sus propias vivencias para dibujar de cuerpo entero a la monja poeta para descubrir tantos matices de su vida y los claroscuros a través de la opera.

Escritora destacada Mónica Lavín.

Observadora de diferentes géneros quiere incursionar o inspirarse en ellos y no cabe duda al escribir también de su pasión por el cine, por eso sus títulos mantienen una cercanía con ese arte. Lo demuestra desde que recurre a un título de película muy conocido en sus relatos de La casa chica, y a ella le gusta, como lo demostró en ese libro, hablar y recurrir a las sensaciones propias del cine. Y en parte se entiende por qué eligió como pareja al cineasta Jorge Prior.

La novela La casa chica se lee como quien ve una película, los personajes tienen nombre y apellido y los conocemos porque los hemos visto en la pantalla o en la plaza de toros o en el hipódromo. Sus relatos cortos son gozosos porque le gusta contar historias, aunque la muerte ronda por ellas. En su primer relato está la caída del avión en el que viajaba Jorge Pasquel, un hombre de historias murmuradas sobre su relación con María Félix; como le recordé a Mónica quizás el avión del accidente fue el mismo en que llevaba champagne frío a la Diva a Pátzcuaro, al set de Maclovia (1948), de Emilio Fernández.

Un tema próximo a la ambientación que se vive en El vendedor de silencio de Enrique Serna, que llegó años después. Siguió por los vericuetos de casi una investigación policíaca sobre todo lo que se especuló con el suicidio de Miroslava, cuyo apresuramiento le impidió ver la recreación de su muerte en Ensayo de un crimen de Luis Buñuel. De su galería de mujeres famosas, extrae una conocida amante del político que sería presidente, antes que se develara que era la espía nazi Hilda Krüeger, otra por ser la pintora Frida cuando todavía era sólo la esposa de un famoso pintor, pero me quedo con la que fuera la atracción de las tablas de los teatros de revista, la vedette Lupe Vélez que conquistó Hollywood y muchos galanes. Y en este retablo como le llama Mónica a lo que podría ser una ficción documental, se enriquece con otras muchas figuras que son parte del inconsciente colectivo de los cinéfilos con Gary Cooper, Pedro Armendáriz, Columba Domínguez. Olivia de Havilland.

En otro registro que aprecio, conmovedora me resultó la historia de su libro Últimos días de mis padres (Planeta, 2022), que nos remite de inmediato al ámbito familiar, ese del que nadie del mundo de las letras puede escapar para deambular entre la ficción y lo real, porque a final de cuentas las personas estamos cortadas por intenciones semejantes. Dice Marcos Giralt Torrente: “Los hijos hemos llegado tarde a la vida de nuestros padres […] Los padres por cercanos qu sean , siempre representan un misterio”. Por eso la literatura que habla de ellos es más bien la de los hijos. Nos conmovimos con El primer hombre de Albert Camus, Beber un cáliz de Ricardo Garibay, El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, de Canción de tumba de Julián Hebert, La novela de mi padre de Eliseo Alberto y un amplio etcétera que lleva a otros continentes.

Y el abuelo de Mónica abandonó su pueblo santanderino para venir a hacer la América como tantos otros para ir a dar a Chiapas, tierra de mosquitos y del paludismo, en el origen de las páginas autobiográficas de Café cortado. Y las historias conmovedoras que he retenido como el abuelo comerciante que perdió la vida en los agrestes caminos del traslado de mercancías con todos los riesgos que enfrentaron los inmigrantes, quizás el único misterio de esta historia.

Porque para Mónica, sus padres son los personajes cercanos de esta no ficción tan representativos de las décadas pasadas con todos los detalles de la memoria con sus historias, la de ese abuelo que desembarcó en 1911 y la madre que aun niña llega en el emblemático buque Orinoco con los emigrados de la guerra en España. Ya adulta se encuentra con el padre nacido en Tapachula para formar una familia pequeña muy unida. Y Mónica encontrará el detonante de la novela con la muerte de su padre primero, muy cercana a la de su madre, después. Y sólo ella sabe darle el sabor de una gran historia como la epopeya de construir con la información de lo cotidiano de los pequeños dramas superables gracias al amor profesado.

La casa como el lugar seguro es el espacio en el que Mónica ejerce su observación como hija, como hermana, como nieta para juzgarse con rigor y con gran honestidad con todos los detalles porque sabe contar sobre la calle donde viven y las mudanzas a las que son obligados, porque como ella misma afirma, los detalles son necesarios y esta novela como otras está llena de ellos. Al mismo tiempo podemos conocer los cambios en la historia y las mutaciones de las familias y los matrimonios en medio siglo XX. Sin embargo, es la orfandad la que va a darle originalidad a su relato, develando las dolencias y los sinsabores del final para sentir como suele pasar que es más lo que ignoramos que lo que sabemos de los padres.

Su más reciente novela, en otro registro, en una tendencia frecuentada por quienes escriben, recrea el encuentro en 1941 de tres célebres escritoras estadounidenses en una apartada casa victoriana en Saratoga Springs, New York, para hacer una residencia literaria. Carson McCullers, Katherine Anne Porter y Eudora Welty, viven y conviven, pero la presencia de Beth, sin referencias como las otras, provoca la intriga por su desaparición. Tan feminista como otros de sus abordajes, logra a atención del lector cada vez más interesado con esa historia.

Mónica ha logrado recrear con su literatura parte del gran espectro de la cultura con la riqueza que conlleva. Pese al tiempo nublado que atraviesa la creación literaria, con la escasez de presupuestos en la que ha sido colocada por una política que niega sus posibilidades y su enorme aportación al país que, pese a todo, es apenas un obstáculo que logran superar artistas, intelectuales y personas comprometidas con su quehacer como la contadora de historias que es Mónica Lavín.

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