Octubre llegó y con él la llamada spooky season, una época del año en la que las historias de fantasmas, monstruos, casas embrujadas y otros horrores cobran especial popularidad. Sin embargo, el terror también puede servir para mirar de frente aquello que ocurre en la realidad y que, precisamente por ser cotidiano, puede resultar todavía más perturbador.
En los últimos años, el llamado terror social ha encontrado un lugar importante dentro de la literatura contemporánea. A través de elementos sobrenaturales, distopías y escenarios inquietantes, este tipo de narrativa aborda temas como la violencia, la desigualdad, la discriminación, la pobreza, el abuso de poder y la memoria histórica.
Para quienes buscan aprovechar octubre para adentrarse en este género, hay tres libros que muestran distintas formas de convertir los problemas sociales en materia de horror.
Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enríquez
La escritora argentina Mariana Enríquez reúne en este libro doce cuentos en los que lo sobrenatural aparece mezclado con situaciones reconocibles de la vida cotidiana. Fantasmas, desapariciones, enfermedades, violencia y cuerpos deteriorados forman parte de relatos donde el horror no necesariamente llega desde un lugar desconocido, sino que parece estar escondido en la misma sociedad.
En uno de los cuentos, por ejemplo, los fantasmas de personas asesinadas o víctimas de distintos tipos de violencia aparecen en un barrio de Buenos Aires. En otros, una pareja se encuentra con situaciones perturbadoras durante unas vacaciones, voluntarios que reparten comida son perseguidos por niños inquietantes y una periodista investiga la desaparición de una joven.
La autora utiliza así el terror para hablar de aquello que permanece después de la violencia: las víctimas, los recuerdos y las historias que una sociedad intenta dejar atrás. El resultado es un libro donde los fantasmas pueden entenderse también como una representación de aquello que no ha sido resuelto.
Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica
En esta novela, la escritora argentina Agustina Bazterrica lleva una problemática conocida hasta sus últimas consecuencias. Después de que un virus provoca que la carne animal deje de ser apta para el consumo, los gobiernos legalizan la cría y el procesamiento de seres humanos para convertirlos en alimento.
El protagonista, Marcos Tejo, trabaja en un frigorífico encargado de procesar carne humana y vive dentro de una sociedad que ha convertido el canibalismo en una práctica legal y cotidiana. La situación cambia cuando recibe como regalo a una mujer criada específicamente para ser consumida.
La novela utiliza esta premisa extrema para cuestionar la manera en que las sociedades establecen quién merece consideración y quién puede ser reducido a un objeto. El horror de Cadáver exquisito no depende solamente de sus escenas más violentas: está en la normalización de una práctica monstruosa y en la facilidad con la que los personajes aprenden a convivir con ella.
Carcoma, de Layla Martínez
En Carcoma, la escritora española Layla Martínez construye un relato de terror alrededor de dos mujeres, una abuela y su nieta, que viven aisladas en una casa marcada por la presencia de los muertos y de aquello que ha ocurrido entre sus paredes.
La novela combina elementos sobrenaturales con temas como la violencia patriarcal, la desigualdad de clase, la religión y la memoria. La casa funciona como un espacio donde el pasado permanece presente y donde las experiencias de generaciones anteriores siguen afectando a quienes la habitan.
El terror, en este caso, está ligado a la herencia de la violencia y a las condiciones sociales que atraviesan la vida de sus protagonistas. Las sombras y los muertos no son únicamente elementos para provocar miedo, sino parte de una memoria que se niega a desaparecer.
Cuando el monstruo somos nosotros
Aunque las tres obras parten de propuestas diferentes, comparten una idea: el miedo puede funcionar como una forma de hablar de la realidad. Enríquez recurre a fantasmas y situaciones sobrenaturales para explorar violencia y memoria; Bazterrica construye una distopía para cuestionar la deshumanización; mientras que Martínez convierte una casa y sus habitantes en el escenario de una historia atravesada por clase, género y memoria.
Por eso, durante octubre no hace falta buscar únicamente vampiros, demonios o casas embrujadas. También está ese terror mucho más cercano: el que surge cuando la ficción exagera, deforma o vuelve sobrenatural algo que, en el fondo, ya existe.
Porque algunas veces, para encontrar al monstruo, basta con mirar alrededor.