Una vez más, Iñárritu va por todo y se queda corto. O al menos esa fue la sensación que me provocó ver Digger que, a decir verdad, me quedé dormida diez minutos en la segunda mitad y, lo peor, fue que al despertar no me había perdido de absolutamente nada.
La película, para variar, es innecesariamente larga. Muy pretenciosa, eso sí, pero no debería sorprender a nadie que haya visto Bardo. Da la impresión de que Iñárritu busca dar un mensaje aleccionador con esta película, algo así como: “Oigan, humanos, nos estamos acabando el mundo y no solo es culpa de los grandes poderes que dominan la Tierra”. El problema es que, aunque el planteamiento suene sincero y, sobre todo, real, da flojera escucharlo porque es algo que, en el fondo, ya todos sabemos. Y esto se vuelve una constante cuando se habla de inteligencia artificial, redes sociales, contaminación, crisis climática y demás: Iñárritu no viene a contarnos nada nuevo ni a descubrir ningún velo. El problema no es que la película hable de algo que ya conocemos, sino que parece convencida de que está revelándonos una verdad que el espectador jamás había considerado.
Y quizá ahí está uno de los mayores problemas de Digger: quiere ser muchas cosas al mismo tiempo. Quiere ser una sátira sobre el poder, una reflexión sobre la humanidad, una película sobre el espectáculo, una crítica a los medios, una obra sobre la destrucción del planeta y, por supuesto, un ejercicio formal que nos recuerde que estamos viendo una película. Todo esto puede funcionar, pero aquí los elementos terminan compitiendo entre sí. En lugar de construir una idea y llevarla hasta sus últimas consecuencias, Iñárritu parece acumular recursos esperando que la acumulación produzca profundidad.
El gran problema que encuentro en la película es precisamente ese intento de romper la cuarta pared, llegar a hacer metacine, sentir que se innova cuando no es así y, en su lugar, resulta chocante. Una buena parte de la película es Digger, Tom Cruise, quien es un magnate del petróleo que está por provocar un desastre “natural” y, de un momento a otro, se rompe la cuarta pared y nos damos cuenta de que estamos en un teatro y todo lo que estábamos viendo era una obra de teatro. Pero esto no suma en nada. Al contrario, desconcentra y te saca constantemente del “pacto” que habías establecido con la película para llevarte, finalmente, a ninguna parte.
Y no es que una película no pueda jugar con sus propias reglas. El problema es que cuando una historia rompe la ilusión que ella misma construyó, tiene que ofrecer algo a cambio. Puede cambiar nuestra manera de entender a los personajes, modificar el sentido de lo que acabamos de ver o llevarnos a una reflexión que no habría sido posible de otra manera. Aquí, en cambio, la ruptura parece existir porque sí. Es un “mira lo que puedo hacer” que termina teniendo más importancia que aquello que pretende contar.
Te quita y no te da nada. Es como si Iñárritu se hubiera dado cuenta a la mitad de la película de que “tenía” que hacer algo distinto y alucinante, pero no lo logró. Y esto se vuelve particularmente evidente porque la película ya venía cargada de una solemnidad que hace difícil distinguir entre lo verdaderamente importante y aquello que simplemente pretende parecerlo.
También está el problema del ritmo. Digger tiene momentos en los que parece que va a despegar, que finalmente va a revelar por qué necesitábamos estar ahí durante tanto tiempo, pero una y otra vez vuelve a detenerse para explicar, subrayar o remarcar aquello que ya habíamos entendido. No confía demasiado en el espectador. Hay ideas que podrían haberse quedado flotando, pero la película insiste en señalarlas, envolverlas en un discurso y, si hace falta, repetirlas.
Eso termina afectando incluso a sus momentos más potentes. Porque cuando una película te dice constantemente qué debes pensar, resulta complicado emocionarse con aquello que está sucediendo. La crítica al poder, al dinero y a la responsabilidad individual frente a las grandes tragedias contemporáneas está ahí, pero está tan explicada que pocas veces consigue convertirse en una experiencia. La película quiere que pensemos, pero rara vez consigue que sintamos algo que no sea la sensación de que llevamos demasiado tiempo sentados.
Y quizá ese sea el pecado más grande de Digger: confundir complejidad con profundidad. Una película puede ser complicada, tener múltiples capas, saltar entre géneros y jugar con su propia estructura, pero eso no significa automáticamente que tenga algo profundo que decir. A veces una historia sencilla, bien contada y con personajes capaces de sostenerla puede decir muchísimo más que una película que necesita explicarnos, durante horas, lo inteligente que es.
Tom Cruise, por su parte, cumple con esa especie de caricatura del hombre todopoderoso que parece incapaz de distinguir entre su propio ego y el destino del mundo. Y quizá justamente por tratarse de Cruise —una de las mayores estrellas cinematográficas del planeta— hay algo interesante en la elección: el espectáculo está encarnado en el propio actor. Pero incluso esa lectura termina siendo más interesante como concepto que como resultado dentro de la película.
Porque Digger parece obsesionada con la idea del espectáculo mientras, paradójicamente, también quiere convertirse en uno. Quiere hablarnos de hombres poderosos que convierten las tragedias en entretenimiento mientras ella misma convierte sus grandes ideas en una especie de exhibición formal. Quiere denunciar el exceso mientras está construida desde el exceso. Y esa contradicción podría haber sido fascinante si estuviera mejor trabajada; aquí, en cambio, parece accidental.
No me molesta que una película quiera ser pretenciosa. De hecho, el cine también necesita películas que intenten hacer cosas raras, que se equivoquen y que busquen nuevas formas de contar historias. El problema es cuando la ambición formal termina siendo más grande que la película que la contiene. Digger quiere que hablemos de ella, que discutamos sus decisiones, que encontremos símbolos y lecturas escondidas. Y seguramente habrá quien lo haga, porque material para interpretarla hay de sobra.
Pero que una película tenga muchas cosas que interpretar no significa que todas sean interesantes.
Al final, Digger me dejó precisamente eso: la sensación de que Iñárritu quería decir muchísimo y terminó diciendo algo bastante obvio durante demasiado tiempo. Hay una película interesante escondida dentro de esta película, pero está enterrada debajo de tantas capas de solemnidad, recursos formales y discursos sobre la humanidad que encontrarla resulta casi tan cansado como verla.
Y sí: me dormí diez minutos. Pero, al menos, Digger tuvo la cortesía de no avanzar demasiado mientras yo dormía.