Cultura

¡Que viva siempre el refrán mexicano!

Panamericana Sandra Anchondo Pavón, profesora del Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana.

Seguido nos encontramos palabras y expresiones nuevas de culturas que no son mexicanas. Los préstamos lingüísticos del inglés son rápidamente instalados. El mundo digital y los fenómenos que ahí aparecen aportan nuevos vocablos y nos hacen creer que este es el curso natural de las cosas.

Desde la superficie podría parecer que esto enriquece nuestra lengua. Más palabras, nuevas expresiones, más riqueza. Sin embargo, cuando ciertos megáfonos y la repetición constante hacen de las suyas, aparece un riesgo de pérdida importante.

La tradición oral ha estado presente siempre. Todavía hoy, la oralidad abre grandes ventanas para crecer porque nos entrega una buena dotación de tesoros culturales encapsulados en la lengua y nos deja tejer redes intergeneracionales.

Un buen ejemplo de esto son los refranes. Esas frases que repetidas, una y otra vez, por nuestros abuelos y por los abuelos del vecino y del vecino del vecino tejían naturalmente, sin pretensiones, grandes redes de sabiduría. Estas frases de sabiduría popular todavía hoy, aunque menos, siguen transmitiendo de un modo rápido y profundamente impactante conocimientos prácticos, humor y una gran cantidad de simbolismos. Son memoria viva, puentes que unen generaciones y mantienen vivos los vínculos entre familias y comunidades.

Los refranes funcionan como pequeñas cápsulas culturales capaces de condensar conocimientos gastronómicos, climáticos, éticos, médicos...siempre con una dotación de pragmatismo. Son capaces de transmitir un mensaje preciso, muy concreto, a la vez que universal: engloban el ethos de nuestra forma de relacionarnos. Establecen criterios, lugares y espacios atemporales que nos permiten aprender de los que más han vivido, sin importar si viven todavía o ya murieron.

En los tiempos que corren, los refranes pueden estar sufriendo por prejuicios negativos impuestos por complejos o por la academia, pero son sabiduría, tanto o más que lo que se estudia en las aulas.

Revitalizarlos, dejar que nos habiten y broten de repente de nosotros nos permite tener una brújula, un compás ante situaciones que otros han vivido antes de nosotros, nos ayuda a incorporar experiencias mediante frases fáciles de memorizar y cargadas de enseñanzas destiladas en pocas palabras: “el que no oye consejo, no llega a viejo”. Generan lugares comunes en la mente del colectivo de manera intergeneracional. Por eso en México hay casi siempre un preámbulo acompañando a cada refrán: “como decía mi abuela”.

Reconocer que los refranes están cargados de reflexiones es reconocer la autoridad y la experiencia de los que nos precedieron y tejen juntos una red de apoyo práctico destinada a no abandonarnos. A seguirse fortaleciendo de generación en generación como una suerte de fuente mágica de consejos que extiende en el tiempo la palabra ancestral.

No ocurre esto con el neologismo o con el préstamo reciente. Pueden coexistir, pero ocupando su justo lugar entre los distintos modos de nuestra sabiduría popular. La que no está en los libros, la que sigue viva en los machiotlahtolli, la que ennoblece a los Sancho Panza, la de nuestros abuelos y bisabuelos, nuestra y de nuestros nietos.

Los refranes deben decirse, empezar a inundar las conversaciones y las calles, para que no agonicen. ¡Que viva siempre el refrán mexicano! Que siga viviendo en la memoria de las nuevas generaciones porque “el que no sabe de dónde viene no sabe ni a dónde va”. Es en serio, “no es por querer ponerle chile a todo”.

Profesora del Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana.

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