Hay lenguas que no desaparecen: son silenciadas. En Leche silenciosa, su nuevo libro publicado por Páginas de Espuma, Socorro Venegas vuelve sobre la historia de su madre para explorar la memoria, el olvido, la identidad y, sobre todo, la lengua como una herencia que puede ser arrebatada, pero no necesariamente borrada.

Para Venegas, escribir sobre la lengua es también escribir sobre la madre. En la conversación que sostiene con su progenitora a lo largo del libro, la autora encuentra que en la lengua materna existe una forma de transmisión que atraviesa generaciones, incluso cuando esa lengua deja de hablarse.
“En la leche materna está de alguna manera codificada la identidad que viene de todo un linaje, que viene de nuestras ancestras”, explica.
Su madre no la amamantó en náhuatl, pero Venegas plantea que esa lengua ausente permaneció de alguna manera en ella. La escritura de Leche silenciosa fue el mecanismo que le permitió preguntarse por qué no hablaba la lengua de su madre y, a partir de esa pregunta, acercarse a una historia familiar marcada por la pérdida y el silencio.
Preguntarse por qué una persona dejó de hablar su lengua, dice la escritora, implica también preguntarse por las violencias estructurales que llevaron a esa renuncia: el abandono forzado de una cultura, un hogar, una infancia y una identidad.
“Es el dolor de convertirte a fuerza en alguien distinto, el dolor de simular unos orígenes, de esconderlos”, señala.
La experiencia de su madre, además, no es presentada como un caso aislado. Venegas insiste en que se trata de una historia compartida por muchas personas en México que han tenido que negar un linaje indígena.
Una lengua no desaparece: es eliminada
Uno de los planteamientos centrales de Leche silenciosa es la necesidad de cambiar la manera en que hablamos sobre las lenguas originarias. Para Venegas, no basta con decir que una lengua “se pierde” o “desaparece”, porque detrás de esa desaparición existen procesos históricos y sociales que han contribuido a eliminarlas.
“Están y han sido sistemáticamente eliminadas”, afirma.
La escritora señala que la condición de las lenguas originarias no puede separarse de los prejuicios construidos alrededor de sus hablantes. En México, explica, las lenguas indígenas han sido colocadas en una posición subordinada frente a las lenguas hegemónicas y, con ellas, también se ha subordinado a las personas que las hablan.
Así, una lengua minorizada termina asociándose con la idea de un ser humano “que vale menos”, alguien considerado subalterno, ignorante, pobre o destinado a servir.
Esa violencia también pasó por las instituciones educativas. Venegas recuerda que durante parte del siglo pasado existieron modelos en los que incluso se impedía que los profesores aprendieran las lenguas originarias de las comunidades a las que eran enviados.
El resultado, plantea, era paradójico: niños que llegaban a la escuela hablando la lengua de sus padres tenían que aprender castellano, mientras quienes estaban encargados de enseñarles ni siquiera podían acercarse a la lengua que ellos hablaban.
“Eso de inmediato hace que los hablantes de lenguas indígenas se sientan avergonzados, sientan que están haciendo algo indebido al mantener viva una lengua”, dice.
Para Venegas, mantener viva una lengua también significa mantener viva a la madre dentro de nosotros.
Escribir con la madre, no sobre la madre
Uno de los aspectos particulares del proceso de escritura de Leche silenciosa fue que Venegas no quiso construir la historia de su madre desde una mirada unilateral. En cambio, decidió escribir con ella.
“No escribía este libro sobre ella, sino con ella. Y eso hace toda la diferencia”, explica.
La escritura se convirtió así en una conversación entre dos generaciones. Venegas tuvo que tomar cierta distancia del vínculo filial para poder observar la historia que su madre le estaba contando y, al mismo tiempo, reconocer cómo esas historias iluminaban su propia vida y la de otras mujeres de su familia.
La abuela, una tía sorda y otras figuras del linaje familiar comenzaron a aparecer en ese proceso.
Hasta entonces, explica la autora, había construido su historia familiar a partir de lo que había escuchado durante su infancia, mediante una especie de tejido oral. Al escribir el libro, la relación cambió: ahora era ella quien escuchaba directamente a su madre y quien recibía esas historias.
La conversación llegó incluso a un momento que para Venegas resultó especialmente significativo: su madre comenzó a enseñarle palabras de su lengua.
“Hace esta pausa para que yo repita una palabra y es la primera vez que lo ha hecho y ha sido gracias a esta conversación, por este libro que nos trajo aquí”, cuenta.
La escritura no sólo permitió recuperar recuerdos. También abrió una posibilidad de transmisión que durante años había permanecido interrumpida.
La memoria no cambia, pero sí cambia lo que entendemos de ella
Otro de los territorios que explora el libro es la memoria. Venegas distingue entre lo que ocurrió y aquello que, con el paso del tiempo, podemos comprender sobre lo ocurrido.

Su propia infancia, dice, no se modifica. Lo que sí cambia es su mirada sobre ella.
“Mi infancia está bien intorsada, no se modifica, pero lo que yo entiendo ahora sí que cambia”, plantea.
La escritura le permitió comprender que durante su niñez existieron circunstancias que ella no podía conocer entonces. Una de ellas tiene que ver con la enfermedad de su hermano, a quien cuidaba cuando tenía alrededor de ocho o nueve años y que finalmente murió.
Ya adulta, Venegas puede preguntarse si aquella niña sabía o intuía que su hermano iba a morir. Sin embargo, reconoce que probablemente nunca tendrá una respuesta.
Y ahí encuentra una de las posibilidades más profundas de la memoria: no todas las preguntas necesitan ser resueltas.
“La respuesta te da, a lo mejor, un camino muy direccional, pero hacer la pregunta y dejarla estar, dejar que la pregunta te inquiete, que te conmueva, que te incomode incluso, me parece mucho más rico”, afirma.
En Leche silenciosa, esa incertidumbre también se relaciona con el olvido.
El olvido como defensa
Venegas describe el olvido como una especie de “mentira de muchos rostros”. En el caso de su madre, la frase “no me acuerdo” aparece como un mecanismo de defensa frente a aquello que resultaba demasiado doloroso.
Pero hay una diferencia fundamental cuando se trata de una lengua.
Su madre no necesariamente olvidó el náhuatl. Después de haberlo hablado durante años, tuvo que ocultarlo. Venegas explica que aquello respondía a un mandato social y también a un mandato del Estado mexicano.
La lengua podía ser silenciada, pero no necesariamente borrada.
Su madre misma plantea que una lengua no puede olvidarse por completo. Incluso existe el deseo de olvidar, pero Venegas encuentra ahí otra imposibilidad: el olvido tampoco es una decisión que pueda tomarse libremente.
Frente a ello, la autora apuesta por una memoria que no sea únicamente dolorosa, sino también restaurativa.
“Me atengo a una idea de la memoria víctima, incluso diría compasiva, donde la memoria genera sus propios mecanismos restaurativos, sus propios mecanismos para darle consuelo a quienes lo necesitan”, explica.
La lengua como identidad
Para Venegas, la relación entre lengua, pertenencia e identidad es inseparable. Una lengua no funciona únicamente como un sistema de comunicación: también contiene una manera de mirar el mundo y una conexión con quienes estuvieron antes.
Por eso considera trágico que a los niños que llegan a la escuela hablando la lengua de sus padres se les haya impuesto durante décadas el castellano como única posibilidad de educación.
La violencia lingüística, señala, también produjo vergüenza. Hizo que algunos hablantes sintieran que mantener viva su lengua significaba estar en contra del desarrollo, del Estado o incluso de sus propios hijos.
En ese sentido, recuperar la lengua implica recuperar también una parte de la historia familiar.
Para Venegas, la lengua que fue silenciada permanece como una posibilidad de volver a encontrarse con las ancestras.
Un libro construido también como objeto
La colaboración no terminó en la escritura. También estuvo presente en la edición del volumen, realizada junto a su editor, Juan Casamayor, de Páginas de Espuma.
Venegas destaca el cuidado con el que fue trabajado el libro como objeto. Ella propuso utilizar fotografías familiares y entregó varias imágenes para que el editor pudiera seleccionar aquellas que considerara más adecuadas.
El volumen incorpora también una carta de su abuela paterna, escrita en náhuatl, como parte de sus elementos editoriales.
Para la autora, el trabajo editorial acompañó el carácter íntimo del proyecto y permitió que la materialidad del libro también formara parte de su memoria familiar.
Pero hubo otra persona fundamental en ese proceso: su madre.
Venegas le había prometido que, una vez terminado el libro, lo leerían juntas. También le ofreció la posibilidad de decidir si algún pasaje de lo que había contado debía quedar fuera.
Su madre, sin embargo, fue generosa con el proyecto y permitió que la historia permaneciera.
Para Venegas, esa decisión significó verla convertirse en dueña de su propia historia.
“Fue súper generosa y fue muy valiente también”, afirma.
Así, Leche silenciosa termina siendo un libro sobre la memoria, pero también sobre aquello que permanece debajo del silencio. Una hija que intenta comprender a su madre; una madre que vuelve a una lengua que tuvo que esconder; y una escritura que funciona como puente entre generaciones.
Porque si una lengua puede ser obligada a callar, Venegas parece preguntarse qué ocurre cuando alguien decide volver a escucharla.