
De la muerte sabemos una sola cosa con certeza: que nos vamos a morir. Todo lo demás es misterio. Y quizá por eso todo lo que gira a su alrededor es tan paradójico. La única certeza de nuestra vida es también lo que más nos empeñamos en no pensar.
Hace poco me detuve, en familia, frente a Escena de un diluvio, de Anne-Louis Girodet. Un hombre aferrado a una roca sostiene a una mujer y a unos niños suspendidos sobre el agua; en la espalda carga a un anciano, y la rama de la que se sujeta empieza a quebrarse. Nos pareció un padre que ve morir a los suyos. Lo que más nos llamó la atención fue la luz: cae de lleno sobre la mujer y los niños que están por morir, mientras el hombre que se queda permanece en la penumbra. Lo leímos como un signo. Los que se van, se van hacia Dios, hacia la luz; quedarse en esta vida era quedarse en la oscuridad.
Días después, mi hija volvió al cuadro sin que nadie se lo pidiera. Me dijo que el papá no era tan heroico como parecía: estaba pensando en su propio bien, no en el de su esposa y sus hijos. Si de verdad lo que había del otro lado era mejor, lo que tenía que hacer era alegrarse.
Me quedé callada. Mi hija había puesto el dedo en la primera paradoja: decimos creer que nuestros muertos están en un lugar mejor y, aun así, los lloramos. San Agustín se reprochaba en sus Confesiones haber llorado a su amigo como si no hubiera sido mortal. Algo de egoísmo hay en el duelo, es cierto. Pero también hay un dolor que no es amor propio, sino la forma que toma el amor cuando ya no tiene a quién dirigirse.
Las paradojas no terminan ahí. La muerte es la experiencia más universal y la única que nadie puede contarnos. Epicuro razonaba que no debía preocuparnos, porque mientras somos ella no está, y cuando ella llega ya no estamos; ningún argumento, sin embargo, ha logrado quitarnos el miedo. Montaigne escribió que filosofar es aprender a morir, pero vivimos como si la lección fuera para otros. Escondemos la muerte detrás de eufemismos —“se nos adelantó“, “partió”— mientras las pantallas nos la sirven todos los días, convertida en cifras, como si no fuera con nosotros.
Los mexicanos parecemos haber resuelto el asunto con humor. Nos burlamos de la muerte, la vestimos de Catrina, le escribimos calaveritas y nos comemos su cráneo en azúcar. Octavio Paz vio en esa familiaridad una manera de disimular el miedo: la frecuentamos y la festejamos, pero no dejamos de temerla. Y aquí aparece la paradoja más dura: el país que mejor se ríe de la muerte es también un país donde la muerte se niega. Hay más de cien mil personas desaparecidas.
Ahí, creo, está el mal. No en la muerte, que es el límite de toda vida, sino en lo que hacemos con ella. La desaparición es quizá su forma más perversa, porque ni siquiera concede la muerte: niega el cuerpo, la tumba, el nombre y el duelo. Las madres buscadoras no buscan solo restos; buscan, por fin, poder llorar a sus hijos. Algo parecido ocurre con los migrantes que se ahogan en el Mediterráneo o en el río Bravo. El cuadro de Girodet, pintado en 1806, se parece demasiado a las fotografías de nuestro tiempo: familias aferradas a lo que pueden, alguien que no alcanza a sostener a todos, un agua que se los lleva sin nombre.
No es casualidad. Una sociedad acostumbrada a calcularlo todo aprende también a contar muertos sin mirarlos. Las cifras informan, pero no duelen; administran la tragedia, pero borran a las personas. El mal empieza justamente ahí: cuando un muerto deja de ser alguien y se vuelve un número.
Por eso el Día de Muertos me parece tan sabio. La ofrenda no resuelve el misterio, pero tampoco lo esconde. Ponemos la fotografía, el nombre, el platillo favorito, el cempasúchil que marca el camino, y con ello decimos que ese muerto fue alguien y que todavía tiene un lugar en nuestra mesa. La fiesta y el duelo conviven sin que uno anule al otro.
Quizá así se le responde a mi hija. Ante la muerte no se nos pide desesperarnos, pero tampoco simplemente alegrarnos. Se nos pide recordar, y recordar también que un día seremos nosotros los recordados. Este 2 de noviembre propongo un gesto sencillo: dejar en nuestras ofrendas una veladora más, para quienes no tienen quién los nombre. Si lo único que sabemos es que vamos a morir, que al menos nadie muera sin ser recordado.
*Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana