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‘Para entender el deporte’

Más gordos que un puerco: el ascenso del Homo Grasus

REALIDAD. Del Homo sapiens queda la nostalgia y la foto en blanco y negro donde todavía se le ven músculos. Ahora somos Homo grasus: celebramos cada centímetro de cintura como si fuera una condecoración.

La civilización, que inventamos para huir de las fieras, ahora nos protege hasta de las caminatas que podrían salvarnos. Antes, el hombre corría para cazar o para no ser cazado; ahora, la comida llega en motocicleta, con bolsa biodegradable y cubiertos que salvan al planeta mientras matan al comensal.

En zootecnia, un cerdo de engorda alcanza la gloria del matadero con 20 o 24 % de grasa. En el manual humano, un obeso intermedio bordea el 40 %. Los campeones olímpicos de la gula rozan el 50 %, sin otro entrenamiento que abrir la boca y girar la muñeca hacia la bolsa de frituras. El cerdo engorda por mandato biológico; el humano, por capricho existencial.

Del Homo sapiens queda la nostalgia y la foto en blanco y negro donde todavía se le ven músculos. Ahora somos Homo grasus: celebramos cada centímetro de cintura como si fuera una condecoración y estrenamos agujeros en el cinturón como si fueran medallas póstumas. El mundo que habitamos está diseñado para que no demos un paso: la actividad física es una rareza de coleccionista y el cuerpo, un museo privado cuyas salas llevan años clausuradas “por remodelación que nunca empieza”.

EL INSULTO INVERTIDO

“Más gordo que un puerco” fue insulto legítimo. Hoy sería un halago para el humano promedio: ya quisiéramos la condición física de un cerdo listo para el matadero.

El cerdo no miente: sabe que nació para engordar y morir. Come con convicción, duerme con vocación, acepta su destino como un monje zen con papada. El humano, en cambio, disfraza la obesidad con diagnósticos de sobremesa: metabolismo lento, estrés, huesos anchos, “es que retengo líquidos”… pero lo único que retiene con éxito es el aliento al subir un escalón.

Si se tratara de dignidad, el cerdo nos humilla. Jamás lo verás buscando el ángulo que adelgace su lomo. Jamás se esconderá en tela elástica para fingir otra silueta. El cerdo engorda, sí, pero no necesita likes. Y si pudiera hablar, nos recordaría que la suya es grasa honesta; la nuestra, puro maquillaje para la flojera.

LA OBESIDAD DEL ESPÍRITU… Y DE LAS PIERNAS

Lo peor de la gordura humana no está en la carne, sino en lo que tapa. Hay grasa en las ideas: planes que nunca se usan, pasos que nunca se dan, promesas que caducaron antes de empezar. Cuando el cuerpo deja de moverse, la mente lo sigue, arrastrando las suelas como un carrito de supermercado descompuesto.

La actividad física —caminar, subir escaleras, cargar bolsas sin escenificar un drama— es antídoto contra esa doble engorda: derrite la grasa visible y la invisible, la que se adhiere al carácter como humedad en las paredes. No se trata de maratones ni de bicicletas de carbono, sino de no abandonar el cuerpo a la inercia. Pero la vida moderna ha convertido hasta el gesto más simple en algo opcional: el ascensor espera, el auto arranca, la silla recibe. Y uno se sienta… como quien firma un contrato con la muerte a plazos.

El cerdo vive pesado de cuerpo y ligero de espíritu. El humano, pesado en ambos. Y eso, a diferencia del cerdo, no se resuelve en seis meses de engorda programada; se cocina lento, a fuego sedentario, marinado en excusas.

EPÍLOGO

Basta con salir a la calle para notar que el sedentarismo ya aprendió a caminar… y hasta a detenerse mejor que nadie. Cuerpos que cultivan la quietud con paciencia de jardinero y visten la grasa como uniforme de época, heredado y bien cuidado. No avanzan: se dejan ver, inmóviles, como estatuas que cobran renta por ocupar espacio.

El drama no es pesar más que un cerdo, sino movernos menos: cada kilo es una cadena más corta, un paso menos en la calle y un minuto más en el sofá. La civilización seguirá inventando comodidades para que no tengamos que movernos. Y llegará el día en que ya no podamos, aunque queramos. Entonces sí: ni el cerdo se atrevería a compararse con nosotros.

Y cuando ese día llegue, el acta de defunción dirá “sedentarismo crónico”, pero todos sabremos que murió… de comodidad. Peor aún: que murió sentado, mirando pasar la vida desde la misma posición en que la dejó la última vez que se levantó.

Porque la grasa no mata sola: la mata la quietud que la acompaña. Más grasa que un puerco y menos pasos que una estatua.

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