
Antes de que existiera la escuela, ya existía el juego.Y antes de que existieran los maestros, ya existían los niños enseñándose entre sí cómo habitar el mundo: cómo negociar, cómo arriesgar, cómo perder sin quebrarse, cómo ganar sin volverse tirano.
El juego es el primer idioma del cuerpo y, quizás, el único que no miente.No requiere sintaxis: la regla se entiende por intuición, por roce, por mirada.No necesita diccionario: basta un balón, una piedra, una seña, y el mundo se reordena.
El juego es tan antiguo que la filosofía llega tarde para explicarlo.El cuerpo ya sabe lo que los teóricos apenas sospechan: que jugar es pensar sin teoría,crear sin permiso, interpretar sin autoridad.
Quien juega habla un idioma no oficial, un idioma que ninguna institución certifica pero que todo niño domina: el idioma de la posibilidad.Ese donde todo puede empezar otra vez, donde el error no es el final sino el próximo turno.
El juego enseña lo que ninguna asignatura se atreve a admitir: que la libertad se practica con el cuerpo antes que con la mente.
LA PEDAGOGÍA QUE NINGÚN MINISTERIO REONOCE
Hay pedagogía que se planifica, se evalúa, se acredita.Y hay otra, más antigua, más eficaz, más peligrosa, que ocurre a ras de suelo, entre risas y empujones: la pedagogía del juego.
El juego educa sin pedir permiso.Ahí se aprende el valor del acuerdo tácito, la geometría de un pase bien dado, la ética mínima del turno, la justicia espontánea del “te toca”.
El juego es subversivo porque enseña a vivir sin rector, sin director, sin ministro.Es el único espacio donde la infancia experimenta la democracia verdadera: reglas que pueden renegociarse, organización sin jerarquías rígidas, resolución de conflictos sin intermediarios solemnes.
Por eso los sistemas autoritarios desconfían del juego.Porque donde hay juego, hay imaginación; y donde hay imaginación, hay alternativas.Y donde hay alternativas, hay peligro para quien desea un mundo obediente.
El juego revela que el cuerpo piensa más rápido que los reglamentos,que la creatividad desborda a las órdenes, que la cooperación nace sin decreto.
Es una pedagogía peligrosa porque forma ciudadanos antes de que exista la ciudadanía.
LA FILOSOFÍA QUE SE ESCONDE EN UNA CARRERITA
Los filósofos hablan del sentido de la vida; los niños lo ensayan al correr.Hablan de la incertidumbre; los niños la celebran cuando no saben hacia dónde botará la pelota. Hablan de la temporalidad; los niños la suspenden con una “última y nos vamos”.
El juego es filosofía encarnada: una reflexión sin palabras sobre el tiempo, el riesgo, el otro.Cada jugada es una tesis; cada risa, una demostración; cada caída, un contraejemplo.
Cuando un niño juega, aparece el mundo antes de que alguien lo explique.Cuando un adulto deja de jugar, el mundo se apaga un poco: pierde su elasticidad metafísica y se vuelve una serie de trámites existenciales.
La sociedad moderna redujo el juego a entretenimiento, como si fuera un adorno, un exceso, un lujo.Pero el juego no distrae: revela.Muestra cómo el cuerpo organiza el caos, cómo la mente inventa reglas, cómo la comunidad emerge del desorden.Es un ensayo general de lo que la convivencia debería ser:negociación, ritmo, límite, gozo.
La cultura que pierde el juego pierde su gramática emocional.Pierde la posibilidad de entenderse sin documentos, sin pantallas, sin tutoriales.Pierde la memoria de que la vida, bien vivida, no es una tarea, sino un movimiento compartido.
Por eso el juego es subversivo: porque recuerda lo que la modernidad intenta olvidar,que vivir es participar, no obedecer; que la libertad se practica, no se teoriza; que el cuerpo, cuando juega, escribe un tratado filosófico que ningún libro contiene.
El juego no es descanso del mundo: es su versión más verdadera.