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‘Es martes y el cuerpo lo sabe’

La extinción del movimiento espontáneo

. La extinción del movimiento espontáneo no es pérdida de energía, es pérdida de ontología. El niño ya no es quien descubre el mundo, sino quien lo ocupa bajo reglamento.

Hubo un tiempo en que el cuerpo infantil no necesitaba razones para existir. Bastaba que el aire insinuara un trayecto para que las piernas corrieran. Bastaba que un árbol ofreciera sombra para que la curiosidad escalara su tronco. Bastaba que dos piedras marcaran límites para que el juego construyera un universo temporal donde la conciencia encontraba su primera forma de libertad.

Ese tiempo no desapareció con un decreto, sino con algo más profundo: el ascenso de la sospecha. El cuerpo del niño, que antes era una promesa natural de mundo, comenzó a ser interpretado como una posibilidad de daño. Lo espontáneo dejó de ser celebración y se volvió variable de riesgo. La infancia no dejó de moverse, dejó de permitirse hacerlo.

Hoy, el movimiento infantil ya no surge, se autoriza. Los niños corren porque alguien lo decidió, trepan porque existe un adulto que supervisa la caída y juegan porque una institución lo clasificó como actividad adecuada. El impulso, que era su facultad filosófica más alta, ahora es sustituido por la programación. Donde antes el cuerpo conversaba con el mundo, ahora conversa con la agenda.

La extinción del movimiento espontáneo no es pérdida de energía, es pérdida de ontología. El niño ya no es quien descubre el mundo, sino quien lo ocupa bajo reglamento.

LA CIUDAD QUE CERRÓ SU PRIMER SALÓN DE CLASES

La calle era filosofía en estado salvaje. Enseñaba equilibrio sin teorías, geometría sin Euclides, valentía sin épica. El juego callejero era la primera metafísica del cuerpo: una exploración no verbal del espacio, del riesgo, del otro.

Pero la ciudad renunció a esa vocación. Sustituyó la experiencia por la vigilancia, la posibilidad por el protocolo, la incertidumbre creadora por la certeza estéril. Ver a un niño correr solo produce hoy una inquietud que revela más sobre nosotros que sobre él. No le tememos a su caída, sino a nuestra incapacidad de aceptar que el mundo pueda ser vivido sin supervisión.

La ciudad se transformó en una pedagogía del miedo. El parque dejó de ser espacio de descubrimiento y se convirtió en recinto de contención. La calle, que fue maestra de generaciones, perdió su legitimidad porque la modernidad, tan orgullosa de su orden, desconfía de cualquier aprendizaje que no pueda contabilizar.

El resultado es filosóficamente devastador. El niño dejó de encontrarse con el mundo y comenzó a encontrarse con la versión amortiguada del mundo que los adultos diseñaron para no sentirse responsables. Donde antes había riesgo formativo, ahora hay protección que inmoviliza. Donde antes había azar, ahora hay perímetro. Donde antes había libertad, ahora hay monitoreo.

El movimiento espontáneo desapareció como desaparecen las especies que necesitan territorio abierto. Se extinguió por falta de espacio para existir.

LA TRAGEDIA SILENCIOSA: UN CUERPO QUE APRENDE A NO DESEAR

La verdadera herida no es física, sino metafísica. La desaparición del movimiento espontáneo afecta la raíz misma de la relación entre cuerpo y mundo. Un niño que no corre no aprende a anticipar, un niño que no trepa no aprende a elevarse, un niño que no inventa juegos no aprende a crear sentido.

El movimiento espontáneo es la primera forma de pensamiento encarnado. Es el modo en que el cuerpo se pregunta por el mundo antes de que la mente sepa formular preguntas. Cuando desaparece ese movimiento, desaparece también la filosofía temprana de la existencia. El cuerpo deja de ser explorador y se vuelve ejecutor de instrucciones.

La infancia inmóvil produce adultos precavidos hasta la parálisis, ciudadanos que temen al espacio abierto, cuerpos que interpretan el mundo como un conjunto de prohibiciones. La quietud deja de ser descanso y se vuelve identidad.

LA IMAGINACIÓN CORPORAL YA SE RINDIÓ

La tragedia es silenciosa porque no fractura huesos, fractura horizontes. Un país donde los niños no corren es un país donde la imaginación corporal ya se rindió. La extinción del movimiento espontáneo no es un problema de salud pública, es un problema de sentido. De significado. De posibilidad.

Porque cuando el cuerpo deja de moverse por impulso, deja de pensarse como origen. Y un futuro que no tiene cuerpos que se atrevan a comenzar sin permiso es un futuro condenado a repetir solo aquello que ya ha sido autorizado.

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