
El cuerpo no espera instrucciones
No importa lo que uno piense, tema o decida postergar.El cuerpo, por su parte, sigue trabajando.
Produce saliva, aunque no haya conversación.Suda, aunque nadie mire. Digiere incluso cuando la cabeza está en otra parte.Respira sin pedir autorización. Ajusta, corrige, compensa.
La homeostasis, esa palabra poco vistosa, casi antipática, es la razón por la cual seguimos vivos aun en días en los que no estamos del todo presentes.
Vivimos porque algo en nosotros no se detiene nunca. Aunque dudemos. Aunque estemos cansados de pensar. Aunque no tengamos un plan claro para el día.
Antes de cualquier inteligencia artificial, de cualquier sistema automatizado o algoritmo predictivo, existió este: el cuerpo. Un sistema autónomo, distribuido, silencioso, que toma decisiones microscópicas cada segundo para sostener la vida. No pide aplausos. No manda notificaciones. No se ofende si no lo pensamos.
Simplemente hace su trabajo.
Esta constatación, que parece obvia, suele pasarse por alto en una época obsesionada con la voluntad, la motivación y el control consciente. Creemos que vivimos porque decidimos vivir, cuando en realidad vivimos porque el cuerpo insiste. La conciencia llega después, casi siempre tarde, a explicar lo que ya ocurrió.
El cuerpo no es optimista ni pesimista. Es operativo.
LA ANOMALÍA LLAMADA ENTRENAMIENTO
Por eso resulta interesante mirar el deporte desde aquí. No como una fábrica de rendimiento ni como una obligación moral, sino como una interacción consciente con un sistema que ya funciona solo. El deporte no crea esa inteligencia corporal. No la inventa. Apenas la interrumpe… o la acompaña.
El entrenamiento, en ese sentido, es una rareza biológica: un rompimiento voluntario y consciente de la homeostasis. Se parece más a una enfermedad que a una virtud. Sube la temperatura, aparece el sudor, a veces incluso el escalofrío. El cuerpo entra en estado de alarma y lucha por restablecer el equilibrio. Los síntomas son los mismos; lo que cambia es el sentido.
Entrenar es aceptar esa desestabilización momentánea con la confianza de que el sistema sabrá reorganizarse después. No es salud inmediata, es estrés con promesa. Una promesa que no siempre se cumple.
A veces esa interrupción se hace mal. Cuando imponemos cargas sin escucha.Cuando exigimos más de lo que el sistema puede integrar. Cuando confundimos energía con disponibilidad infinita.
En esos casos, el cuerpo no se adapta: se defiende. No falla por pereza, sino por coherencia interna. El sistema sabe cuándo el estímulo deja de ser conversación y se vuelve agresión. Sabe cuándo ya no se trata de entrenar, sino de insistir sin sentido.
Por eso el cansancio no siempre es un error. A veces es una respuesta lúcida. Un modo elegante —y fisiológico— de decir “hasta aquí”.
NO ESTORBAR A LO QUE YA FUNCIONA
Vivimos en automático más de lo que aceptamos. Y no es una falla del sistema, sino su mayor virtud. Pensar cansa. Decidir cansa. Dudar cansa.
Si todo dependiera de la conciencia, la vida sería inviable. El cuerpo se encarga de lo esencial para que la mente pueda perderse, equivocarse, incluso desesperarse, sin que todo colapse.
El problema aparece cuando olvidamos esta jerarquía y creemos que el cuerpo es un subordinado torpe que hay que disciplinar. Ahí el deporte deja de ser acompañamiento y se vuelve interferencia. El gesto pierde precisión. El movimiento se vuelve sospechoso. El cansancio se vive como culpa.
Entender el deporte, quizá, empiece por este reconocimiento incómodo: no somos quienes sostienen la vida; somos sostenidos por ella.
El cuerpo no espera instrucciones para seguir. Nosotros, en cambio, solemos olvidar que dependemos de esa lealtad silenciosa que no pide reconocimiento.
Tal vez por eso moverse con sentido no consista en exigirle más al cuerpo, sino en no estorbar demasiado. En escuchar lo que ya está pasando. En acompañar esa inteligencia antigua que lleva años haciendo su trabajo sin descanso, incluso cuando nosotros no sabemos muy bien qué hacer con el día.
Mientras pensamos qué hacer con nuestra vida, el cuerpo, muy profesional, muy antiguo, sigue resolviendo lo imprescindible.
Y gracias a eso, mañana, con suerte, volveremos a tener la oportunidad de pensarlo otra vez.