
DESPERTARSE ANTES DEL DESPERTAR
A mí no me despiertan las ganas.Las ganas, cuando aparecen, llegan tarde y mal peinadas.
Me despierta la culpa, que es más puntual y no necesita café.
La culpa no toca la puerta: ya estaba adentro.Abre los ojos por mí.Se sienta en la orilla de la cama como si fuera una visita antigua que no recuerda por qué vino, pero sabe que tiene derecho a quedarse.
No me dice “levántate”.Me dice “si no te levantas, algo anda mal contigo”.
Y uno se levanta, no por deseo, sino por evitar el diagnóstico.
El día empieza así, con una pequeña extorsión moral. No violenta, no explícita. Educada. Como casi todo lo que duele de verdad.
EL MOVIMIENTO QUE PIDE DISCULPAS
Hay días en los que el cuerpo se mueve pidiendo perdón.
Perdón por haber dormido.Perdón por no tener entusiasmo.Perdón por existir sin producir nada todavía.
El movimiento se vuelve una forma de explicarse. Uno corre para demostrar que no es flojo. Entrena para que nadie —incluido uno mismo— dude de su seriedad. Suda para tranquilizar a una voz interna que no se calla nunca, pero se calma un poco cuando hay cansancio visible.
La culpa es muy sensible al sudor.Lo interpreta como buena fe.
Así, el deporte deja de ser un juego raro del cuerpo y se convierte en argumento. “Mira”, dice el cuerpo, “sí estoy haciendo algo”. Y la culpa, satisfecha por unos minutos, se va a revisar otra cosa.
Pero vuelve.
Siempre vuelve.
Porque la culpa no se gasta con el movimiento. Se alimenta de él. Cada vez que el cuerpo obedece, la culpa aprende que funciona. Y entonces afina el método.
No empuja más fuerte.Empuja mejor.
LA DISCIPLINA MAL ENTENDIDA
A la culpa le gusta vestirse de disciplina.Le queda bien el uniforme.
Habla con palabras serias: constancia, compromiso, carácter. Palabras respetables que no levantan sospecha. Nadie desconfía de la disciplina. Nadie dice “cuidado con eso”. Al contrario: se la recomienda.
Pero hay una disciplina que no ordena, aprieta.No organiza el día: lo vigila.
En esa versión, el cuerpo no entrena: rinde cuentas.
Se levanta incluso cuando no hay nada que lo convoque. Se mueve incluso cuando no sabe para qué. Cumple, pero no entiende. Insiste, pero no elige. Y como insiste, se cansa. Y como se cansa, se culpa. Y como se culpa, insiste más.
Es un sistema perfecto.Y perfectamente agotador.
La culpa es una administradora eficiente del movimiento. No necesita sentido, solo continuidad. No le importa si el cuerpo disfruta, aprende o se afina. Le importa que no se detenga.
Pero el cuerpo sí distingue.Aunque tarde.AUNQUE EN SILENCIO.
EL CANSANCIO QUE NO SIRVE DE PRUEBA
Hay un cansancio que convence a la culpa.Y otro que no le importa en absoluto.
El primero es visible, demostrable, casi fotogénico.El segundo es raro, profundo, sin espectáculo.
Ese segundo cansancio no sirve como prueba moral. No se puede mostrar. No se puede explicar. Y entonces la culpa sospecha: “si estás cansado de verdad, ¿por qué no se nota?”.
El cuerpo, que no tiene vocación probatoria, empieza a resistirse. No por rebeldía, sino por economía. Empieza a hacer menos. A responder más lento. A equivocarse. A perder precisión. No como castigo, sino como último recurso.
La culpa interpreta esto como fracaso.El cuerpo lo vive como defensa.
Ahí el diálogo se rompe.
ENSAYAR OTRA MAÑANA
No propongo eliminar la culpa. Sería ingenuo y, además, sospechoso. La culpa sabe esperar. Si la expulsan, vuelve con otro nombre.
Tal vez baste con no dejarla manejar el despertador todos los días.
Dejar, a veces, que el cuerpo se levante por otra cosa: una curiosidad mínima, una rutina sin épica, una inercia amable. No para ser mejores, sino para no estar siempre pagando algo que no sabemos cuándo contrajimos.
Moverse no siempre tiene que saldar deudas.A veces alcanza con ocupar el espacio.
La culpa es un motor potente, sí.Pero ningún motor fue hecho para estar encendido todo el tiempo.
El cuerpo lo sabe.La culpa, no.
Por eso, de vez en cuando, conviene despertarse antes que ella.O quedarse un rato más en la cama.No como protesta.Como experimento.
A ver qué pasa cuando el movimiento no tiene que explicarse.
No prometo nada.Ni mejor ánimo.Ni mejor rendimiento.
Solo la posibilidad —modesta, casi inútil— de que el cuerpo se mueva sin tener que pedir perdón por estar vivo.
Y con eso, a veces, alcanza para empezar el día…o para dejarlo pasar sin culpa, que ya es bastante..