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‘Hoy es martes y el cuerpo lo sabe’

La proporción que no existe

ES UNA FE DISCRETA, PERO EFICAZ. El cuerpo responde, sí. Mejora, se adapta, aprende con una fidelidad que invita a creer que todo está funcionando. Sin embargo, el resultado no sigue esa misma coherencia. Depende de otros que también hicieron lo suyo, de circunstancias que no se controlan y de momentos que no se repiten.

DAR NO ASEGURA RECIBIR

En el deporte se sostiene una creencia que nadie formula con claridad, pero que organiza casi todo: la idea de que el esfuerzo guarda memoria y, en algún punto, regresa. No como un acto extraordinario, sino como una proporción razonable entre lo que se da y lo que se obtiene.

Es una fe discreta, pero eficaz.

Permite entrenar cuando no hay resultados, justificar el sacrificio y sostener la continuidad bajo la promesa implícita de que, más adelante, algo se equilibrará. Las medallas, los trofeos y las fotografías donde todo parece haber encontrado su lugar ayudan a reforzar esa sensación de orden, como si lo vivido respondiera a una lógica más firme de la que realmente tuvo.

Pero basta observar con un poco de distancia para advertir la grieta.

El cuerpo responde, sí. Mejora, se adapta, aprende con una fidelidad que invita a creer que todo está funcionando. Sin embargo, el resultado no sigue esa misma coherencia. Depende de otros que también hicieron lo suyo, de circunstancias que no se controlan y de momentos que no se repiten. Y en esa combinación, lo que ocurre no siempre guarda relación con lo que se invirtió.

Eso no es un descubrimiento.

Se sabe desde siempre.

El que llegó mejor no siempre gana, y el que hizo todo bien no siempre avanza. Lo verdaderamente extraño no es eso, sino que, aun sabiéndolo, seguimos entrenando como si existiera una especie de ajuste pendiente, como si el mundo, tarde o temprano, tuviera que ponerse al corriente con lo que hemos hecho.

EL ERROR DE PENSAR EN TÉRMINOS DE BALANCE

Tal vez el problema no sea el deporte, sino la forma en que insistimos en interpretarlo.

Nos resulta tranquilizador imaginar una balanza donde lo dado y lo recibido encuentran equilibrio, porque esa imagen introduce una lógica de justicia que ordena la experiencia y le da sentido al esfuerzo. Pero el deporte no funciona bajo ese principio. No corrige lo que faltó ni compensa lo que sobró, y mucho menos devuelve en proporción.

Lo que hace es más simple y, por eso mismo, más difícil de aceptar: muestra lo que ocurre.

Y lo que ocurre no siempre coincide con lo que se esperaba, ni con lo que parecía lógico, ni con lo que se consideraba justo. Simplemente sucede.

Por eso la idea de “merecer” aparece con tanta fuerza. No porque describa una realidad, sino porque intenta reparar una expectativa que el propio juego no reconoce. Convierte el esfuerzo en argumento moral, cuando en realidad es apenas la condición de entrada. Entrenar más no distingue en términos de resultado; solo permite estar en el punto donde algo puede ocurrir.

Y aun en ese punto, nada está garantizado.

Lo difícil no es perder. Lo difícil es aceptar que no hay una instancia que registre lo dado y distribuya en consecuencia, que no existe un mecanismo que equilibre lo invertido con lo obtenido. En otras palabras, que el esfuerzo no genera una deuda a favor.

LO QUE SÍ SE TRANSFORMA

Entonces la pregunta cambia, no porque encuentre una respuesta más clara, sino porque deja de formularse en los mismos términos.

Si no hay proporción, si no hay garantía, si no hay correspondencia entre lo que se da y lo que se recibe, ¿qué sostiene el esfuerzo?

Tal vez la respuesta no esté en el resultado, sino en la transformación que ocurre mientras se insiste. El deporte no devuelve en equivalencias, pero modifica la manera en que uno se relaciona con el límite, con la repetición, con el tiempo. Cambia la forma en que el cuerpo y la voluntad se sostienen sin necesidad de una promesa externa.

Eso no se exhibe.

Y por eso se subestima.

El problema no es que el deporte no dé, sino que no responde a la lógica del intercambio con la que solemos aproximarnos a él. No funciona como una cuenta que se equilibra ni como un sistema que cierra ciclos de manera proporcional.

Y ahí aparece una incomodidad mayor, porque esa misma lógica se extiende más allá del deporte. También fuera de él se da, se intenta, se construye… y el resultado no siempre guarda relación con lo invertido. A veces llega menos, a veces llega distinto, a veces no llega.

Y, sin embargo, se continúa.

No porque exista una garantía, sino porque hay una forma de coherencia que no depende de ella.

El deporte, en ese sentido, no enseña a ganar. Enseña algo más exigente: a sostener el esfuerzo sin convertirlo en una expectativa de devolución, a insistir sin contrato, a trabajar sin saldo pendiente.

Y cuando eso se entiende, no cambia el resultado, pero cambia la posición desde la que se actúa.

El deporte deja de ser una negociación.

Y empieza a parecerse, sin necesidad de decirlo, a la vida.

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