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‘Hoy es martes y el cuerpo lo sabe’

El deporte no elimina la trampa

LA ILUSIÓN DE LA PUREZA

Hay algo que el deporte ha logrado instalar con notable éxito: la idea de que es un territorio limpio. Un espacio donde las reglas no solo existen, sino que se respetan; donde la competencia se desarrolla bajo condiciones justas; donde el esfuerzo encuentra un marco claro y la trampa, en teoría, queda fuera.

La escena es atractiva porque ordena.

Permite creer que, a diferencia de otros ámbitos, aquí sí hay un acuerdo básico que se cumple. Que el resultado, aunque no siempre sea justo en términos de proporción, al menos es legítimo. Que lo que ocurre dentro del deporte está protegido por una especie de ética compartida.

Pero esa imagen, cuando se observa sin ingenuidad, se sostiene más en el deseo que en la realidad.

El deporte no está libre de trampa.Convive con ella.

LA TRAMPA COMO PARTE DEL SISTEMA

No se trata solo de casos excepcionales ni de escándalos que aparecen en los titulares. No es únicamente el dopaje sofisticado, ni el arreglo evidente, ni la infracción que rompe el reglamento de manera explícita. Eso existe, pero no agota el problema.

La trampa adopta formas más sutiles.

Está en la ventaja buscada en el límite de la regla, en la interpretación conveniente, en la omisión calculada, en la falta que se comete sabiendo que no será vista. Está en la simulación, en la gestión del tiempo, en la manipulación del ritmo, en la manera en que se empuja sin parecer que se empuja.

El reglamento no elimina la trampa.

La delimita.

Y en ese borde —donde lo permitido y lo indebido se tocan— el deporte se vuelve un espacio mucho más complejo de lo que la narrativa oficial reconoce.

Porque ahí la competencia no es solo física o técnica.

Es también moral.

Y no siempre se resuelve del lado que quisiéramos.

LA CONVIVENCIA INCÓMODA

Lo verdaderamente difícil de aceptar no es que exista la trampa, sino que el deporte no la erradica.

La contiene, la sanciona cuando se hace visible, la condena en el discurso. Pero no la desaparece. No puede hacerlo, porque la trampa no es una anomalía externa: es una posibilidad interna del propio sistema.

Donde hay reglas, hay borde.Donde hay borde, hay tentación.

El atleta no compite solo contra otros. Compite también contra ese margen en el que la ventaja puede obtenerse sin romper abiertamente la norma. Y en ese margen se toman decisiones que rara vez se explican en público.

Por eso resulta tan tranquilizador hablar de “espíritu deportivo”. Porque introduce la idea de una ética que acompaña al reglamento y que, en teoría, lo completa.

Pero esa ética no está garantizada.

Se invoca más de lo que se practica.

Y cuando no aparece, el sistema sigue funcionando.

El resultado se valida.La competencia continúa.El espectáculo no se detiene.

LO QUE EL DEPORTE NO CORRIGE

Tal vez el problema no sea que el deporte tenga trampa, sino que esperamos que no la tenga.

Se le atribuye una pureza que no corresponde a su naturaleza. Se le coloca en un plano donde debería estar protegido de aquello que, en realidad, forma parte de cualquier actividad humana donde hay competencia, reconocimiento y recompensa.

Pero el deporte no está fuera de eso.

No está por encima.

Está dentro.

Y por eso reproduce, con una claridad a veces incómoda, las mismas tensiones que aparecen en otros ámbitos: la búsqueda de ventaja, la presión por ganar, la justificación de ciertos medios en función del resultado.

No todo el que compite hace trampa.

Pero todos compiten en un sistema donde la trampa es posible.

Y esa posibilidad no desaparece con más entrenamiento, ni con más talento, ni con más discurso moral.

Permanece.

Porque no es un error del deporte.

Es una condición de la competencia.

Y quizá ahí esté la parte que más cuesta sostener sin incomodidad.

Que el deporte no es un refugio frente a la realidad.

Es, en muchos casos, su versión más clara.

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