
LA IGUALDAD, ESA SEÑORA QUE NUNCA HA SUDADO
Hay una idea hermosa, limpia, casi recién bañada: que todos seamos iguales. Funciona muy bien en el discurso, donde nadie corre; en la proclama, donde nadie salta; en el manifiesto, donde el cuerpo no interrumpe con esa vulgaridad de tener músculos, reflejos, pulmones, miedo, hambre, talento o pereza.
Porque el gran problema de la igualdad absoluta no es político: es corporal. Ponga usted a once jugadores en una cancha; deles el mismo balón, el mismo tiempo, el mismo reglamento y, para calmar al comité de la conciencia, el mismo discurso motivacional. Bastan tres minutos para que ocurra la tragedia: uno juega mejor.
Uno ve antes. Uno corre más. Uno piensa con los pies. Uno recibe la pelota y, en un acto de franca indisciplina ideológica, mete el gol. Ahí empieza el escándalo.
EL TALENTO COMO CONDUCTA SOSPECHOSA
Si cierta izquierda tomara en serio su sueño nivelador, habría que detener el partido. No con un árbitro, sino con una asamblea: “Compañero delantero, su desempeño está generando una desigualdad simbólica”. El jugador, debidamente sensibilizado, tendría que fallar el penal. No por incapacidad, sino por justicia social.
Tiraría la pelota a la tribuna y el público, educado ya en la moral del empate, aplaudiría con tristeza administrativa. Nadie ganó, nadie perdió, nadie recordó nada. Porque cuando la igualdad se confunde con la nivelación, la excelencia empieza a parecer una falta de respeto.
El talento se vuelve privilegio; el récord, provocación; la medalla, una acumulación indebida de gloria. Y entonces aparece esa tentación tan vieja: no elevar al que está abajo, sino bajarle la cabeza al que sobresale. Que nadie sea alto, por favor, porque los bajos se deprimen. Que nadie piense demasiado, porque luego incomoda a la comunidad, sobre todo a la de izquierda.
EL CUERPO VOTA EN CONTRA
La envidia, disfrazada de justicia, siempre trae carpeta y sello. El deporte es incómodo porque el cuerpo no firma manifiestos ni reparte fibras musculares por decreto. No asigna reflejos con criterio paritario ni consulta al Estado antes de saltar.
La biología, con muy poca sensibilidad doctrinaria, insiste en producir diferencias. Y menos mal. La diferencia no es el error del mundo: es su respiración. Gracias a ella alguien pinta, alguien descubre, alguien corre, alguien resuelve o alguien mete un gol imposible mientras los demás seguimos buscando dónde quedó la pelota.
El deporte enseña una verdad que ciertas ideologías no perdonan: la justicia está en abrir la cancha, no en decretar el empate. Igualdad de reglas, de acceso y de oportunidad. Pero una vez que rueda el balón, que hable la diferencia.
LA CONTRADICCIÓN DEL ESTADIO
Lo demás es ceremonia, y la ceremonia es el deporte favorito de la burocracia. Queremos igualdad, sí, pero que juegue Messi. Queremos equidad, claro, pero que alguien vuele. Queremos justicia, desde luego, pero nos ponemos de pie cuando un ser humano hace lo que la mayoría apenas puede imaginar.
Esa es la contradicción deliciosa: el estadio entero celebra aquello que el igualitarismo torpe quisiera corregir. Si algún día todos corren igual, juegan igual, piensan igual y empatan siempre, habremos resuelto por fin el problema de la desigualdad.
También habremos matado al deporte y, por supuesto, a la sociedad. Y quizá algo más grave: habremos eliminado esa insolencia humana de querer ser distinto.