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Ajedrez Clásico

El Ajedrez en la Sociedad

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El ajedrez es, en teoría, el juego más equitativo que existe: mismas piezas, misma posición de partida, mismo tablero. Sin embargo, esa igualdad tiene una grieta: la ventaja del primer movimiento. Capablanca la consideraba tan determinante que aseguraba no poder perder jamás con las blancas. Un solo tempo, y ya hay desequilibrio. Paradoja fundacional de un juego que nació precisamente para eliminar toda paradoja.

Esta equidad formal reposa sobre un viejo presupuesto cartesiano: que el buen sentido está igualmente repartido entre los hombres, y que el ajedrez no es, en el fondo, más que buen sentido aplicado. De ahí que el jugador pueda entregarse a él en cuerpo y alma: porque en el tablero no hay excusas ni circunstancias atenuantes que invocar.

NO EXISTE LA MALA SUERTE

El ajedrez es la forma más desnuda del mérito individual. Premia el talento y el trabajo por igual, y no ofrece al vencido ningún recurso para “salvar las apariencias”, es decir, para retirarse conservando intacta la dignidad y los valores que puso en juego. La derrota no obedece a ningún accidente ni circunstancia ajena: es, en toda su crudeza, la derrota de la persona misma. No existe la mala suerte, no existe el árbitro injusto, no existe el terreno adverso. La derrota no es un accidente: es un veredicto inapelable sobre la persona, sobre su preparación y sobre sus decisiones en el momento crucial.

Lo que se juega en cada partida establece además un equilibrio implacable entre oportunidad y riesgo. No existe el azar. Cada ganancia posible tiene su exacta contrapartida en una pérdida igualmente posible. Por eso resulta casi ingenuo —y bastante impopular en los círculos ajedrecísticos— afirmar que se juega por diversión. El inconsciente colectivo de esos círculos sabe bien, aunque rara vez lo admita, que aquí no hay esparcimiento: hay tensión, cálculo y orgullo. El ajedrez se toma en serio porque no puede tomarse de otra manera.

GENS UNA SUMUS

Y sin embargo, este juego supuestamente puro no ha logrado blindarse contra el mundo. Pese a su divisa Gens Una Sumus —“Todos somos uno”—, la política y la guerra han condicionado actitudes y resultados a lo largo de la historia. El dinero, más silencioso, pero igual de eficaz, ha decidido más de una partida que la lógica del tablero jamás hubiera resuelto así. El dilema es conocido y sin solución elegante: si el ajedrez ignora el dinero, cae en la irrelevancia; si lo abraza, se corrompe.

El autor se ha apoyado, entre otras fuentes, en una tesis francesa de Dextreit y Engel en 1984 sobre el ajedrez como fenómeno cultural.

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Juegan las blancas.

Y como colofón, una pequeña curiosidad histórica: el final que ilustra este artículo, con ventaja clara para las blancas, acabó en tablas hace medio siglo entre dos maestros nacionales. Ninguno supo resolverlo. El tablero más justo del mundo los igualó, una vez más, en la perplejidad.

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