
Te pregunto, ¿por cuánto tiempo has visto la NFL? De ser por muchos años, quizá décadas, seguro te impacta psicológicamente cuando un equipo se muda de ciudad y, de un momento para otro, debes reconocerlo con otro nombre compuesto que para nada se asemeja a lo que dicta la tradición y la historia. Quizá el caso más claro de este shock de identidad se haya dado con los Raiders que, diga lo que se diga, son los Raiders de Oakland, por más que hayan estado por mucho tiempo en Los Angeles y ahora suene tan bizarro su nombre al pronunciarlo como los Raiders de Las Vegas.
Y es que la identidad no se compra con algunos millones de dólares para marcharse de una ciudad y dejar en el olvido a una afición, y menos aún como para borrar las historias y hazañas de leyendas que dieron alma a esos equipos en su ciudad original.
LA LEYENDA QUE SE NEGÓ A MARCHARSE
Un ejemplo muy elocuente de lo anterior es la estatua del quarterback Johnny Unitas a las puertas del Estadio de los Cuervos de Baltimore, una figura de bronce imponente de un invencible Unitas con sus clásicos botines altos. Y sí, seguramente más de uno se preguntará (para quien conoce a este ícono de la historia de la NFL), ¿y qué demonios hace Unitas, una leyenda de los Potros, en el inmueble de los Cuervos? Pues bien, la respuesta bien puede ser por razones de identidad, la cual no se compra, se gana con los años.
Cuando los Potros, originalmente de Baltimore, decidieron mudarse a Indianapolis en 1984, Unitas, aquel fabuloso quarterback que le dio identidad al equipo, además de uno de los campeonatos más memorables en 1958 contra los Gigantes de Nueva York (que se dice cambió la historia de la NFL al bautizarlo como uno de los más grandes juegos de la Liga), enfureció al conocer la decisión de la directiva para sacar al equipo y largarse.
Unitas fue claro y tajante, él nunca sería parte del equipo de Indianapolis, él pertenecía al equipo de Baltimore, y como tal, no quería ningún homenaje ni reconocimiento de los esos hechizos Potros de Inidanapolis.
Desde ese momento, Johnny U, como se le conocía, fue parte de la imagen de los Cuervos, apareciendo en la banda lateral del equipo en algunos encuentros y posteriormente inmortalizado con su estatua a la entrada del estadio.
Eso es identidad, pero al parecer la NFL, y muchas otras ligas y deportes en el mundo, lo olvidan o lo cambian por una muy buena cantidad de dólares; en fin, el dinero lo compra todo, y nadie puede desmentirlo.
¿OSOS DE DÓNDE, PERDÓN?
Todo esto viene al caso por la situación que se vive en la ciudad de Chicago, la cual esta a punto de quedarse sin equipo de futbol americano, sin sus Osos que han estado ahí desde 1920, más de un siglo, pero al parecer nada es para siempre y la directiva del conjunto parece que lo demostrará en unos meses al anunciar su próxima sede.
Todo comenzó por la petición y “necesidad” de un estadio nuevo, (algo que de pronto se vuelve una moda entre los equipos). La directiva de los Osos, al parecer está harta del Soldier Field (por cierto remodelado hace algunos años) y tuvieron la ocurrencia de que sería una gran idea estrenar un inmueble nuevo, tal cual como ha sucedido recientemente con los ya citados Raiders en Las Vegas, o esta campaña con los Bills y su nueva casa aún en Buffalo.
Cuando un equipo requiere un estadio nuevo, por lo regular es ayudado financieramente por el gobierno de la ciudad y, de acuerdo a los hechos, las autoridades de Chicago no están en condiciones de apoyar al equipo toda vez que no se trata de un estadio tradicional, pues se busca que la nueva morada de los Osos sea techada, con una cúpula retráctil, algo sumamente costoso.
La idea es genial a todas luces, porque jugar con el inclemente clima de Chicago en invierno es un castigo para rivales y locales, no por nada otros equipos, como Minnesota, adoptaron esa idea, equipo que por muchos años jugó a la intemperie. Y para ser sinceros, dotar de un estadio techado a los jugadores les permitirá desempeñarse mejor, jugar mejor, de manera más cómoda, una acción en favor del espectáculo.
LA MUDANZA PARECE INMINENTE
Ante la negativa casi confirmada de “la ciudad de los vientos” para la construcción del inmueble, ha sido el Estado de Indiana el que ha levantado la mano y asegurado que el equipo puede contar con todo el apoyo para construir su nueva sede con cúpula en la ciudad de Hammond, que se encuentra a 40 kilómetros (25 millas) de distancia del Soldier Field
Por su parte, el Estado de Illinois, a donde pertenece Chicago, señala que hay condiciones para llevar a cabo el proyecto en los suburbios de Arlington Heights, unos terrenos enormes propiedad del mismo equipo, pero fuera de la ciudad.
Al momento, la propuesta de Indiana parece ser la más clara y decidida, lo que provocaría otro de esos cambios raros de nombre como los que hemos comentado al inicio del texto, por lo que en unos años quizá nos referiremos al equipo de los Osos de Indiana.
Es cierto, no es algo nuevo en la NFL, pero por supuesto que destruye la identidad de las franquicias, porque no es lo mismo decir Los Carneros de Los Angeles a los Los Carneros de San Luis, como sucedió hace años, o los Cardenales de San Luis, de donde originalmente eran, a Cardenales de Arizona, o Cargadores de San Diego, donde tenían enorme arraigo a su forzada mudanza a Los Angeles, donde aún son como un equipo visitante o segundo equipo de la ciudad; los primeros son los Carneros.
A CONSERVAR LA MARCA
No por nada, equipos como 49ers y Comandantes tomaron la determinación de mantener el nombre de sus sedes originales a pesar de ya no jugar en ese lugar. Los 49ers realmente tienen su estadio en Santa Clara, a 75 kilómetros de distancia de su vieja sede, pero conservan el nombre sede de San Francisco, ya que ambas ciudades están en el Estado de California.
En cuanto a los Comandantes, su sede esta en Landover, Estado de Maryland, y aunque la distancia es pequeña, a sólo cuatro kilómetros del viejo estadio RFK, la realidad es que no juegan en Washington DC, sino en otra entidad.
En conclusión, no debería de extrañarnos este tipo de cambios, y menos ahora con un ámbito deportivo que parece se mueve más por el dinero que por la pasión o la tradición como antaño. Las ligas y el deporte mismo (sus dirigentes) se han vuelto mercenarios y siempre habrá quien les llegue al precio, de eso ni dudarlo.