
Arrancó el certamen futbolero y despertó una infinidad de emociones. Para algunos, significó la frustración de saberse excluidos de la fiesta al ver que los precios de los boletos superaban, en muchos casos, el costo de un auto usado. Otros más asistieron al estadio sin la menor idea del espectáculo que presenciarían, pero convencidos de que debían estar ahí por ser el evento del momento, aunque cargando con la pregunta de siempre: ¿qué es un fuera de lugar?
Mientras tanto, los gentiles amigos vendedores de cerveza hicieron uso del curso exprés que tomaron para poder cobrar con terminal electrónica, ya que se vivió la novedad de que al interior del estadio ya nada se puede vender en efectivo.
Un triunfo estéril y la necesidad de olvidar
Ya en lo futbolístico, ¿ya se vale hablar con la verdad al 100%? La Selección Mexicana vivió un triunfo “suficiente” derrotando a una inofensiva Sudáfrica; es decir, no hubo rival. México debió ganar por lo menos 4-0 y pasarle por encima, al grado de que el cancerbero mexicano pudo sentarse a leer el Kalimán, pues no tuvo nada que hacer. ¿Entonces por qué la reacción de celebración desbordada de la afición?
Muy simple: somos un pueblo hambriento de tener “algo” que celebrar para olvidar por un momento. Dejar atrás a la CNTE, a los “mártires” de Ayotzinapa o a los culichis acusados de portarse mal y andar en malas compañías. Después del juego, nadie hubiera aceptado una explicación de: “Bueno, pero es que México la hubiera tenido más difícil contra el Sacachispas”. ¡No!
La ilusión de la igualdad y el verdadero reto
Ayer viernes se juntó el hambre con las ganas de comer; las ganas de que la calle nos volviera a convertir a todos en iguales: al alto ejecutivo con el cargador de “diablito” de la Merced. Ese es el México que, por algunos momentos, llega a existir.
Ahora, solo queda esperar a que los amigos coreanos no nos vayan a abrir los ojos con un nocaut contundente.