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‘Para entender el deporte Mundialista’

Los países que México adoptó sin pedirles papeles

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COREA ENTRÓ POR LA PUERTA DE ATRÁS DEL CORAZÓN

Corea llegó al Mundial como rival, pero México ya la tenía guardada en otra carpeta del alma. En 2018, cuando Corea le ganó a Alemania, no sólo hizo un partido: le prestó futuro a México. Desde entonces, Corea dejó de estar lejos. No se acercó geográficamente, que eso sería pedirle demasiado a un país, sino sentimentalmente, que es más raro y menos verificable.

México tiene esa mala costumbre: convierte una gratitud en parentesco. No nacionalizamos con pasaporte. Nacionalizamos con deuda emocional.

Por eso, cuando México volvió a encontrarse con Corea, el partido traía una incomodidad deliciosa. ¿Cómo se juega contra alguien a quien uno ya había nombrado hermano? El futbol, siempre cruel con las metáforas, obliga a poner enfrente a los agradecidos y a sus benefactores. Durante noventa minutos, la ternura debe sentarse en la banca.

Corea era rival, sí. Pero no cualquier rival. Era ese pariente que llega a la comida familiar y al que uno quiere mucho hasta que empieza a discutir la herencia.

JAPÓN DESCUBRIÓ QUE MÉXICO ABRAZA ANTES DE ENTENDER

Luego apareció Japón. Y México, que no sabe dejar extranjero sin sobremesa, empezó a quererlo antes de terminar de pronunciarlo. En Monterrey, una multitud gritó “Nippon” con más cariño que precisión. Un japonés mayor lloró. Y ahí ocurrió algo que ninguna cancillería puede fabricar: un hombre lejos de su país sintió que una multitud ajena se lo devolvía, aunque fuera mal dicho.

Eso es muy mexicano: no siempre entendemos al otro, pero lo abrazamos antes de que la comprensión arruine la espontaneidad.

Y entonces empezaron a verse escenas que valen más que cualquier discurso de integración cultural: japoneses y coreanos comiendo tacos con la concentración de quien acaba de descubrir una religión con salsa; tomando cerveza como si el brindis fuera también una visa; cantando con mexicanos aunque no dominaran la letra; abrazando desconocidos; besando mejillas que diez minutos antes no existían; riéndose con esa libertad de quien por fin entendió que en México la formalidad dura lo que tarda alguien en decir: “pásale”.

Venían desde un imaginario de ceremonia, orden, distancia y respeto contenido. Y, de pronto, estaban metidos en la escuela mexicana del desorden afectivo. El visitante que entró haciendo reverencia salió haciendo compadre.

México no traduce culturas; las sienta a comer. Luego, si sobra tiempo, averigua de dónde venían. Primero el grito, después el mapa. Primero el abrazo, después la pronunciación. Primero la familia, luego el acta.

Japón traía disciplina; México le puso relajo. Corea traía deuda sentimental; México le puso tacos. Asia llegó con bandera; México le puso espuma de cerveza en el bigote.

Y entonces ocurrió la escena casi escrita por un filósofo con acordeón: un japonés conmovido por una versión norteña de Digimon. Ahí el Mundial dejó de ser deporte y se volvió travesura del espíritu. Japón llegó con anime; México le puso botas.

La diplomacia oficial firma tratados. La diplomacia mexicana le pone acordeón a Digimon.

LA PATRIA POR UNAS HORAS

El Mundial fabrica patrias provisionales. Son patrias sin territorio, sin trámite y sin oficina. Duran poco, pero no por eso mienten. También dura poco un relámpago y nadie le pide acta de residencia.

Por unas horas somos coreanos porque Corea nos salvó una vez. Somos japoneses porque un viejo lloró y México no sabe ver llorar a alguien sin ofrecerle una silla. Somos de cualquier país que nos despierte ternura, deuda, admiración o una gana inexplicable de gritar su nombre con acento de puesto callejero.

Pero también ocurre lo inverso: ellos se vuelven un poco mexicanos. No por adopción legal, sino por contagio de calle. El japonés que prueba un taco y se mancha la camisa ya no es exactamente turista. El coreano que canta con una bandera verde en la espalda ya no está sólo visitando. El asiático que brinda con mexicanos, se deja abrazar, aprende una grosería útil y entiende que aquí la alegría se administra mal, pero se reparte bien, cruza una frontera que no aparece en los aeropuertos.

México no hospeda: contagia casa.

Eso no significa que Corea o Japón se vuelvan mexicanos. No exageremos: la administración pública todavía no ha llegado tan lejos, aunque ganas no le falten. Significa algo más fino: México los mexicaniza un rato. Les presta una nacionalidad emocional de emergencia. Les dice: usted no es de aquí, pero ahorita sí; no entiende todo, pero siéntese; no trajo familia, pero tenemos demasiada y se la podemos rentar gratis por la noche.

Hay partidos donde el resultado queda en la cancha.

Y hay otros donde el verdadero resultado es un japonés llorando, un coreano cantando, un mexicano abrazando a alguien que no conocía y una multitud descubriendo que la patria también puede prestarse por unas horas, sin trámite, sin sello y sin vergüenza.

México, cuando quiere, no abre la puerta: tira la pared.

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