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‘La Crónica de Rufo Mundialista’

¿Y si no?

Mundial de la FIFA 2026. Julián Quiñones. EFE/ Isaac Esquivel (Isaac Esquivel/EFE)

El martes pasado, la Selección Mexicana ofreció una de sus mejores actuaciones en la historia de los mundiales. Me atrevo a decirle, gentil lector, que el equipo se mostró muy alejado del estilo habitual de juego de Javier Aguirre. Al “Vasco” lo conozco desde su época como jugador de Chivas y, desde que se convirtió en director técnico, su propuesta ha sido más precavida: equipos ordenados, replegados y atentos a aprovechar un contragolpe para superar al rival.

Sin embargo, lo visto en la cancha fue completamente distinto a la imagen que tradicionalmente proyectan los equipos dirigidos por el estratega mexicano.

¿Dónde estaba este equipo?

El martes observamos a una escuadra que desde el primer minuto salió a “devorarse” a Ecuador: vertical, agresiva, intensa e imponiendo condiciones en todos los sectores del campo. Esa actitud encontró recompensa con el 2-0 definitivo, resultado que reflejó con justicia lo sucedido durante el encuentro.

A partir de ahí se desataron los festejos, algunos de ellos desafortunadamente desmedidos, que derivaron en hechos lamentables y dejaron como saldo la muerte de al menos cuatro aficionados.

La pasión y sus límites

El futbol, como alguna vez dijo alguien, es “lo más importante de lo menos importante”. Es un extraordinario pretexto para celebrar, convivir, hacer amigos y compartir emociones colectivas. Sin embargo, nada resulta positivo cuando se lleva al exceso.

Al final, se trata de un deporte como cualquier otro. La Selección Mexicana tarde o temprano volverá a perder. La pregunta es: ¿estamos preparados para asumir esa derrota? Y aún más inquietante, en el supuesto —todavía lejano— de que México llegara a proclamarse campeón del mundo, ¿como sociedad estaríamos preparados para manejar una celebración de semejante magnitud?

Una reflexión necesaria

Y no se trata de comparar nuestra realidad con la del llamado “primer mundo”, una meta que aún parece distante. Basta observar lo que ocurrió tras la victoria del Paris Saint-Germain en Europa. Los festejos derivados de ese histórico logro terminaron generando episodios de violencia, vandalismo y caos en las calles de la llamada Ciudad Luz.

Si una sociedad con mayores niveles de desarrollo enfrentó consecuencias tan negativas por una celebración deportiva, vale la pena preguntarnos qué podría suceder aquí.

La pregunta sigue vigenteEntonces, ¿a qué nos enfrentaríamos nosotros? Porque más allá de la euforia, de los triunfos y de la ilusión colectiva, permanece una interrogante tan sencilla como profunda:

¿Y si no?

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