
Aún sangra la herida y estoy seguro de que tardará años en sanar. Los ingleses nos la aplicaron sin despeinarse. Sin embargo, más allá del resultado, aquí lo importante son las formas.
Como suele decirse, existen formas de perder, y la del domingo fue una de ellas. México se enfrentó a Inglaterra con la esperanza intacta. La ilusión seguía viva y millones de aficionados nos aferrábamos a la posibilidad de una hazaña.
LA ILUSIÓN DEL “¿Y SI SÍ?”
¿Y cuál era el significado de ese “¿y si sí?”?
Era apostar por el sueño. Era imaginar a México campeón del mundo como si todo dependiera de que se alinearan los planetas, de que ocurriera algún episodio mágico o de que el destino nos regalara un golpe de suerte inesperado. Casi como si el avión que transportaba a los ingleses hubiera aterrizado en el país equivocado.
Pero no ocurrió.
La realidad nos alcanzó el domingo. Simplemente vimos un partido entre una selección de la Concacaf y otra de la UEFA, la confederación que reúne a las potencias históricas del balompié y a los inventores de este deporte.
Y no fue culpa de nadie.
LA PERFECCIÓN INGLESA ACABÓ CON EL SUEÑO
Mientras algunos se aferraban a la ilusión, otros comenzamos a admirar la perfección con la que jugaron los ingleses. Apostábamos a que la altura les pesara, a que terminaran fundidos físicamente. Nada de eso sucedió.
Se administraron de manera impecable. Su orden táctico fue ejemplar y, por momentos, dio la sensación de que México tenía el control del partido. Sin embargo, era una ilusión óptica.
Los súbditos del rey Carlos se plantaron de manera extraordinaria en defensa. Parecían un tablero de ajedrez perfectamente acomodado. Y sólo necesitaron dos jugadas para que, sin despeinarse, terminaran con el sueño mexicano.
Es verdad que Julián Quiñones y Raúl Jiménez, los de siempre, devolvieron algo de esperanza. Después llegaron las discusiones inevitables: que si Javier Aguirre sacó a Quiñones, que si debió apostar antes por Santiago Giménez, que si los cambios fueron correctos o no.
Pero seamos honestos y pongamos los pies sobre la tierra: ni jugando con 14 hombres y los ingleses con un pie amarrado se habría ganado ese partido.
La diferencia fue evidente.
EL MÉRITO DE JAVIER AGUIRRE
Cuando Javier Aguirre tomó las riendas de esta selección encontró un equipo en ruinas, lejos de cualquier aspiración importante y sin figuras capaces de marcar una diferencia constante en el panorama internacional.
Hoy la historia es distinta.
A diferencia de 2010, cuando su llegada estuvo rodeada de polémica y cuestionamientos, esta vez logró transmitirle al grupo algo de ese pundonor que lo caracterizó como futbolista. Y eso se reflejó en la cancha.
Más allá de sistemas tácticos, alineaciones o estadísticas, Aguirre consiguió algo que parecía imposible: convertir a esta selección en una familia.
Así se explicó buena parte de su recorrido en el torneo.
LAS LÁGRIMAS QUE EXPLICAN TODO
Al final se perdió, y quizá eso estaba presupuestado desde el inicio.
Pero donde realmente me rompí fue al ver a Guillermo Ochoa llorando desconsolado en la banca.
Ahí entendí que este equipo había entregado todo.
Hoy, a diferencia de lo ocurrido en 2002 y 2010, sólo puedo decir: así sí, Javier.
Llevaste al equipo hasta su límite natural. Nos hiciste soñar cuando nadie lo esperaba. Nos devolviste la ilusión y cerraste la boca de muchos detractores.
En lo personal, me regalaste el Mundial más emocionante que he vivido desde aquel lejano México 86, cuando pensaba que nada podría superar aquella experiencia.
DE LOS 16 A LOS 56 AÑOS
La diferencia es enorme.
En 1986 tenía 16 años y asistía a mi primera Copa del Mundo. Creía sinceramente que México podía ser campeón. La inocencia permitía soñar sin límites.
Hoy, con 56 años y un largo kilometraje recorrido, viví este Mundial de otra manera. Lo disfruté con libertad, consciente de las limitaciones, pero también de las posibilidades.
Hubo momentos inolvidables.
Como aquel triunfo frente a Ecuador, cuando la emoción fue tan grande que las lágrimas aparecieron entre las arrugas de mi rostro.
Sí, lo disfruté al máximo.
Lo disfruté como aficionado.
Y también como periodista.
Porque al final no siempre se trata de ganar. A veces se trata de representar dignamente una idea, un sentimiento y una bandera.
Por eso, aun con la tristeza de la derrota, hoy sólo queda decir:
Así sí, Javier.