
La multitud se fugó del calendario
La gente salió a la calle como quien se escapa de dos cárceles: una ya ocurrió y la otra todavía no existe. La primera se llama pasado; la segunda, futuro. Ambas son expertas en arruinar el presente.
Salieron con camisetas, cerveza, banderas torcidas, niños en hombros, señores llorando sin expediente clínico y desconocidos abrazándose con esa irresponsabilidad de los parientes recién inventados. La ciudad, que casi siempre es una oficina con banquetas, se equivocó de sí misma y fue fiesta.
No era sólo futbol. O sí era futbol, pero el futbol, cuando se descuida, piensa mejor que nosotros.
Una multitud no es mucha gente. Es una sola persona que no alcanzó a caber en un cuerpo.
Vista desde la mañana siguiente, la alegría popular parece culpable. Deja vasos, ruido, basura, cruda, tráfico, quejas de gente prudente. La prudencia siempre llega temprano a levantar actas contra la felicidad. Pero la noche no estaba haciendo administración urbana. Estaba haciendo metafísica con vuvuzela.
La ciudad no celebró: apareció. Durante unas horas dejó de ser mapa, deuda, semáforo, trámite, miedo. Fue una garganta. Y una garganta, cuando se junta con otras, es una forma elemental de filosofía.
LA NADA NO SUPO QUEDARSE SOLA
Decimos “no hay nada” y la nada, pobre, pierde el juicio. Porque en cuanto alguien dice que no hay nada, ya hay alguien, hay frase, hay boca, hay un hueco acompañado. La nada absoluta es tímida: si se presenta, se arruina.
Con el tiempo pasa algo parecido. El pasado ya no existe, pero manda. Es un muerto con llaves de la casa. No puede cambiar nada y, sin embargo, acomoda la sala, mueve los retratos, decide dónde nos duele. Hay gente que vive en el pasado como quien renta un cuarto incendiado.
El futuro tampoco existe, pero cobra. Todavía no llega y ya exige puntualidad. Nos manda facturas desde una dirección imaginaria: la enfermedad posible, el fracaso probable, la deuda siguiente, el lunes con su cara de funcionario.
Y entre esos dos fantasmas queda el presente, que es lo único que ocurre y lo único que casi nunca habitamos. El presente no dura: ocurre. Es un animal sin domicilio. Si uno se sienta a explicarlo, ya se fue por la puerta de servicio.
Por eso un gol importa más de lo que debería, y menos de lo que creemos. No salva la vida. La interrumpe. Le quita el micrófono al pasado, le apaga el celular al futuro y deja, en medio de la calle, una cosa rarísima: gente estando donde está.
Un gol es presente en estado bruto. Por eso se grita. Pensarlo sería llegar tarde.
EL PRESENTE, SI NO SE GRITA, SE FUGA
El Mundial no cura la tristeza; la distrae con una pelota. No paga deudas, no revierte duelos, no arregla países, no absuelve a nadie. Pero tiene una pequeña indecencia maravillosa: suspende la vida sin pedirle permiso.
Durante un festejo, nadie está completo en su biografía. Nadie carga entero su fracaso. Nadie revisa el porvenir con calculadora. La señora que grita, el muchacho que canta, el viejo que llora, el niño que no entiende el fuera de lugar pero entiende el abrazo: todos han sido desalojados un instante de su soledad.
La calle se llena porque la gente quiere descansar de ser una sola persona.
Eso es lo que los sensatos no perdonan. Creen que la multitud exagera. Claro que exagera. La alegría, si no exagera, se vuelve trámite. El problema no es que la gente grite demasiado; es que ha tenido que callarse demasiado bien.
Después vuelve todo. Vuelve el pasado con sus cajas. Vuelve el futuro con sus amenazas. Vuelve la ciudad con su cara de trámite. Se barre la calle. Se dobla la bandera. El marcador se archiva. La vida, esa burócrata incansable, pide identificación otra vez.
PERO ALGO OCURRIÓ
Por un rato, el país no estuvo en la memoria ni en la promesa. Estuvo en la garganta. Y eso, aunque dure poco, no es poco. También dura poco un relámpago y nadie lo acusa de inútil.
Tal vez por eso se grita tanto un gol: porque el presente, si no se grita, se fuga sin haber sido nuestro.