Deportes

Para entender el deporte mundialista

La patria se miró al espejo y no se reconoció

SELECCIÓN NACIONAL FRANCESA. El Mundial perdió la inocencia. (Jose Luis Melgarejo)

Alguien dijo que Francia jugaba sin franceses. La frase quiso entrar al estadio vestida de comentario deportivo, pero traía debajo la ropa vieja del nacionalismo: esa camisa planchada con la que algunos salen a exigir pureza en un mundo que ya se les mezcló en la puerta.

Francia no juega sin franceses. Juega con franceses que algunos no habían autorizado en su imaginación.

Ese es el problema. No la selección. La imaginación. Hay gente que guarda la patria como se guarda una foto antigua: quieta, amarillenta, familiar, obediente, con todos parecidos y nadie recién llegado. Luego enciende la televisión, ve a Francia correr con rostros distintos, apellidos cruzados, padres de aquí y de allá, barrios de muchas memorias, y se asusta. No porque falte Francia. Porque sobra realidad.

La nación pura es una señora que nunca existió, pero todavía exige que le cedan el asiento.

El Mundial tiene esa grosería: pone a correr las fantasías. Y una fantasía corriendo envejece rápido. La patria soñada por algunos no resiste noventa minutos de biografías verdaderas. Quiere una selección como retrato familiar; el fútbol le entrega una foto movida, mestiza, migrante, veloz, y encima gana.

No sospechan de la camiseta. Sospechan de la cara que la lleva.

EL RACISMO APRENDIÓ MODALES

Hay racismos que llegan gritando, con botas sucias y gramática pobre. Esos son fáciles: entran haciendo escándalo y uno los reconoce antes de que pidan mesa. Pero hay otros más finos, más educados, más peligrosos. Usan columna, micrófono, gesto pensativo. No dicen “no pertenecen”; dicen “qué curioso”. No dicen “no son franceses”; dicen “sin franceses”. No dicen “no piensan”; dicen “son físicos”.

El racismo moderno no siempre insulta. A veces reparte adjetivos.

Cuando un jugador blanco entiende el partido, se habla de inteligencia, lectura, pausa, visión. Cuando un jugador negro hace lo mismo, todavía hay quien ve potencia, zancada, músculo, naturaleza. La misma jugada pasa por dos diccionarios: en uno hay cerebro; en el otro, cuerpo.

Cuando Europa corre, algunos le llaman táctica; cuando África corre, todavía hay quien le llama músculo.

Y no es un detalle menor. El lenguaje no sólo describe: reparte lugares. A unos les da cabeza. A otros les presta piernas. A unos les concede estrategia. A otros les concede fuerza, como si la fuerza no pensara, como si correr bien no fuera también una forma de inteligencia.

El viejo prejuicio ya aprendió a no decirse completo. Se quedó con la mitad elegante. Aplaude al jugador, pero le revisa la pertenencia. Celebra el gol, pero le pide papeles al alma. Acepta el cuerpo en la cancha, pero se reserva el derecho de expulsarlo de la idea de nación.

LA FOTO SALIÓ MOVIDA

La patria real nunca fue tan ordenada como la quieren sus notarios sentimentales. Siempre estuvo hecha de viajes, conquistas, migraciones, expulsiones, hijos, acentos, mezclas, vergüenzas, cocinas, escuelas, barrios y canciones aprendidas a medias. Sólo que antes la foto salía más borrosa y el mito podía maquillarse mejor.

Un país no es una estatua. Es una mudanza que aprendió himno.

Por eso Francia no se volvió menos Francia por tener jugadores de origen diverso. Se volvió menos cómoda para quienes sólo reconocen la patria cuando se parece a ellos. La selección nacional ya no sirve para confirmar fantasías de pureza; sirve para desmentirlas en horario estelar.

Ahí están esos jugadores: con una camiseta que no les queda prestada, con un himno que no necesita permiso de abuelos imaginarios, con piernas que corren y cabezas que deciden. El balón les llega y no pregunta por genealogía. Pregunta qué harán con él.

La patria, cuando se mira con un solo ojo, siempre encuentra extranjeros.

Tal vez eso dolió. No que Francia ganara. Sino que ganara con una Francia más real que la Francia guardada en formol por algunos nostálgicos de lo que nunca ocurrió.

El Mundial no resolvió el debate. Hizo algo mejor: lo dejó en ridículo.

Puso a la patria frente al espejo. La patria miró, vio demasiados rostros, demasiadas historias, demasiada vida, y no se reconoció.

Por eso se enojó.

No porque faltara Francia.

Porque, por fin, había demasiada.

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