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Columna: ‘Para entender el deporte’

El tenis: dos soledades separadas por una red

. La soledad tiene juez de silla.

El tenis parece un deporte entre dos personas, pero eso es apenas una apariencia administrativa. En realidad es una soledad contra otra, con una red en medio para que nadie se confunda y crea que puede recibir ayuda.

En el futbol, cuando uno se equivoca, puede mirar al compañero, al técnico, al pasto, al árbitro, al sistema táctico o a esa palabra tan generosa llamada “equipo”. En el tenis no. El tenista se equivoca y la pelota, que no tiene piedad ni sindicato, le devuelve la culpa con efecto.

No hay dónde esconderse.

El tenista está solo de una manera casi indecente: solo ante el rival, solo ante el público, solo ante su muñeca, solo ante su saque, solo ante ese pensamiento miserable que aparece justo antes de fallar: “no la falles”. Frase terrible. El cuerpo suele obedecerla al revés.

El tenis es cruel porque convierte la mente en estadio. Todo ocurre ahí dentro: la duda, el cálculo, el miedo, la rabia, la memoria del error anterior y la sospecha de que el siguiente viene caminando.

El tenista no pierde contra otro. Pierde frente a sí mismo, con público y juez de silla.

LA RED NO SEPARA: ACUSA

La red parece un objeto neutral. Está ahí, modesta, horizontal, cumpliendo su oficio de frontera. Pero en el tenis nada es inocente. La red no separa solamente dos lados de la cancha; separa dos maneras de sufrir.

De un lado, alguien quiere que el mundo sea ordenado: saque, devolución, ángulo, profundidad, paciencia. Del otro, alguien trabaja para arruinarle esa pequeña república. El rival no sólo devuelve pelotas; devuelve preguntas. ¿Todavía puedes? ¿Todavía sabes? ¿Todavía mandas en tu brazo? ¿Todavía eres el mismo después de aquel error?

Cada punto es una discusión breve entre el deseo y la realidad. El deseo quiere una línea. La realidad ofrece el pasillo. El deseo pide gloria. La pelota contesta con centímetros.

Qué deporte tan miserablemente exacto: perder por centímetros y tener que aceptarlo como destino.

En el tenis, el error no se diluye. No hay multitud que lo tape. No hay defensa que lo comparta. No hay mediocampo que lo explique. Una doble falta es una confesión pública. Un smash fallado es una carta íntima leída por miles de personas. Una pelota fácil a la red es una biografía comprimida: todo lo que uno pudo ser, detenido por una cinta blanca.

La red no habla, pero opina.

GANAR ES NO ABANDONARSE TODAVÍA

Lo más extraño del tenis es que el rival principal puede cambiar sin moverse. A veces está enfrente. A veces está en la cabeza. A veces está en la mano que tiembla. A veces está en el recuerdo de haber sido mejor hace cinco minutos.

Por eso los grandes tenistas no son sólo grandes por pegar fuerte o correr mucho. Son grandes porque saben quedarse acompañándose cuando nadie más puede entrar. El entrenador mira desde lejos como un familiar detrás de un vidrio. El público aplaude, tose, murmura, juzga. Pero en el momento decisivo el tenista está solo con una pelota que parece pequeña hasta que carga demasiado destino.

Hay deportes en los que uno necesita valentía para chocar. En el tenis se necesita valentía para repetir. Volver a sacar después de fallar. Volver a subir a la red después de ser pasado. Volver a intentar la derecha que acaba de traicionarlo. Volver, sobre todo, a confiar en uno mismo cuando uno mismo ya dio razones para sospechar.

EL TENIS NO PERDONA LA INTIMIDAD: LA EXHIBE

Cada partido es una pequeña novela de educación sentimental: empezar creyendo que uno controla algo, descubrir que controla menos, hundirse un poco, negociar con el miedo, fingir serenidad, romperse por dentro sin despeinar demasiado el uniforme, y seguir jugando porque el reglamento, que no sabe de almas, todavía no ha dicho “fin”.

Quizá por eso el silencio del tenis pesa tanto. No es respeto. Es vigilancia. Todos escuchan cómo piensa el cuerpo.

Al final, alguien gana. Decimos que venció al rival. Puede ser. Pero en el tenis ganar significa otra cosa más rara: no haberse abandonado a tiempo.

Del otro lado queda alguien que recoge sus cosas despacio, saluda en la red y se va con una derrota demasiado personal para ser explicada por estadísticas.

Porque la red divide la cancha, sí.

Pero la verdadera frontera está adentro.

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