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Dormir es ensayar la muerte sin morirse

. La cama no premia a los inmóviles.

Dormir tiene mala fama entre los ambiciosos. Parece flojera horizontal, renuncia, desaparición. El despierto presume como si estar de pie fuera una superioridad moral.

Pero el cuerpo, que no lee discursos motivacionales, sabe otra cosa. Sabe que nadie se mueve bien si no aprendió a desaparecer unas horas. Uno se acuesta, cierra los ojos, abandona el cargo de persona y deja que el organismo haga su trabajo clandestino.

Dormir es ensayar la muerte sin morirse. La diferencia es magnífica: en la mañana hay café.

La Academia Americana de Medicina del Sueño recomienda que los adultos duerman siete o más horas por noche. La frase parece burocrática, pero es una advertencia: dormir poco de forma crónica no solo produce ojeras; produce un cuerpo peor administrado. La noche no es un apagón. Es mantenimiento.

El problema es que muchos llegan a la cama como llega un auto abandonado al taller: sin aceite, con ruidos extraños, mal usado y todavía exigiendo milagros.

La cama recibe cuerpos, pero no absuelve biografías.

Y aquí entra el movimiento. Porque el sueño no empieza cuando uno se acuesta. Empieza mucho antes: en cómo se usó el cuerpo durante el día. La vida sedentaria quiere dormir como si hubiera vivido. El cuerpo, con toda justicia, no siempre le cree.

HAY CANSANCIOS QUE DUERMEN Y CANSANCIOS QUE ESTORBAN

No todo cansancio sirve para dormir. Hay cansancios nobles y cansancios farsantes.

El cansancio físico, cuando viene de caminar, entrenar, nadar, cargar, subir escaleras o simplemente de no pasar el día momificado frente a una pantalla, suele llegar con cierta decencia. Toca la puerta de la noche y dice: hice mi parte.

El cansancio nervioso llega distinto. Entra con correos, deudas, pendientes, notificaciones, miedo, azúcar, alcohol, discusiones imaginarias y esa oficina absurda que algunos llevamos encendida en la cabeza. Ese cansancio se acuesta, sí, pero no se entrega. Hace juntas en la almohada.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades han señalado que la actividad física ayuda a dormir mejor, y revisiones de estudios han encontrado que el ejercicio regular mejora la calidad del sueño y reduce los síntomas del insomnio. Dicho sin bata: el cuerpo que se mueve suele negociar mejor con la noche.

Moverse durante el día es darle argumentos al sueño.

El sedentario cree que descansa mucho porque se mueve poco. Error comprensible y peligrosísimo. Una cosa es estar quieto y otra estar recuperado. La silla no siempre descansa; a veces conserva al cuerpo en vinagre. El sofá no siempre consuela; a veces es una funeraria con cojines.

Hay cuerpos que no duermen: se estacionan.

Y un cuerpo estacionado durante demasiado tiempo empieza a olvidar para qué tenía piernas.

LA NOCHE DEVUELVE LO QUE EL DÍA GASTÓ

Dormir no es lo contrario de entrenar. Es la parte invisible del entrenamiento. El músculo no se vuelve más fuerte mientras presume esfuerzo, sino cuando repara en silencio. La voluntad tampoco se fabrica en los discursos: se arruina con tres malas noches y luego pretende llamarse carácter.

Una persona mal dormida es una república tomada por pequeños dictadores: el hambre manda, el mal humor legisla, la ansiedad cobra impuestos y la disciplina se exilia.

Por eso el sueño tiene consecuencias físicas. Después de dormir mal se camina peor, se entrena peor, se come peor, se piensa con menos paciencia y se responde con más veneno. Una mala noche envejece provisionalmente. Muchas malas noches empiezan a volverse gobierno.

No se trata de volver sagrado el sueño, porque perseguirlo demasiado también lo espanta. El sueño es tímido: si uno lo vigila con ansiedad, se va por la ventana. Pero tampoco conviene despreciarlo. Dormir es una tecnología antigua, gratuita y severa. No promete inmortalidad; apenas permite que mañana el cuerpo no nos cobre todo junto.

Moverse es decirle al cuerpo: úsate.

DORMIR ES DECIRLE: REPÁRATE

Entre esas dos órdenes humildes se juega una parte enorme de la salud. El gimnasio sin sueño es una fábrica sin mantenimiento. La cama sin movimiento es un taller sin piezas usadas. El cuerpo necesita ambas cosas: gastar vida durante el día y recuperarla por la noche.

Dormir es desaparecer con permiso. Es bajarse unas horas del personaje. Es aceptar que la conciencia, tan presumida, también necesita cerrar su changarro.

Cada noche el yo se retira y el cuerpo queda a cargo.

Curioso arreglo: para seguir siendo alguien mañana, hay que dejar de serlo un rato.

Dormir es ensayar la muerte sin morirse.

Moverse durante el día es darle al cuerpo razones para regresar del ensayo.

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