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‘Para entender el deporte’

El dolor no grita: traduce

DOLOR. El dolor no siempre es enemigo. A veces es traductor.

El dolor tiene mala fama porque suele llegar tarde y con malos modales. Pero casi nunca empezó así. Antes fue aviso, rigidez, molestia, pequeño desacuerdo en una rodilla, un hombro que pidió audiencia, una espalda que se volvió editorialista.

Uno no escuchó.

El cuerpo entonces subió el volumen.-

René Leriche decía que la salud es la vida en el silencio de los órganos. Bella frase, y terrible: estar sano es no enterarse demasiado de que uno tiene cuerpo. El dolor, por el contrario, es cuando un órgano pide micrófono y ya no acepta que lo manden a asuntos generales.

El dolor no siempre es enemigo. A veces es traductor.

Traduce mal, desde luego. El cuerpo no habla castellano. Habla tendón, calambre, punzada, fatiga, ardor, presión, límite. Dice “me duele aquí”, cuando tal vez quiere decir: “me usaste mal”, “me olvidaste demasiado”, “me exigiste de golpe”, “me tienes miedo”, “me convertiste en silla”.

El dolor es un idioma sin diccionario y con pésima caligrafía.

El atleta aprende gramática

En el deporte, el dolor tiene doble nacionalidad: puede ser señal y puede ser peaje.

El corredor conoce el dolor que acompaña y el dolor que amenaza. El boxeador distingue el golpe que duele del golpe que anuncia oscuridad. El tenista sabe cuándo un hombro protesta por trabajo y cuándo empieza a escribir una renuncia. El levantador de pesas aprende que la gravedad no sólo pesa: también pregunta si la técnica sigue viva.

El atleta no es valiente porque ignore el dolor. Eso sería estupidez con uniforme. El atleta es inteligente porque aprende su gramática.

Sabe que hay un dolor del esfuerzo, casi pedagógico, que dice: “estás usando algo que estaba dormido”. Sabe que hay un dolor del cansancio que dice: “ya casi”. Y sabe que hay otro dolor, más frío, más raro, menos negociable, que dice: “si sigues, cobro caro”.

Ahí se separan la disciplina y la necedad.

Ronald Melzack y Patrick Wall cambiaron la forma de entender el dolor al mostrar que no es un simple cable que va del tejido al cerebro. El dolor se modula, se interpreta, se abre o se cierra como una puerta difícil. No duele sólo la lesión; duele también el miedo, la memoria, la atención, la expectativa, la amenaza.

Por eso una molestia puede volverse dictador si la cabeza la corona.

Y por eso moverse, cuando se hace con inteligencia, no es negar el dolor: es discutirle el poder absoluto.

No todo dolor merece trono

Hay dolores que ordenan detenerse. No filosofan. No escriben metáforas. Llegan intensos, nuevos, raros, con pérdida de fuerza, fiebre, falta de aire, inflamación severa o una sensación que el cuerpo reconoce como alarma verdadera. Esos dolores no piden columna: piden atención.

Pero hay otros que piden camino.

El dolor persistente puede achicar el mundo. Primero uno evita una escalera. Luego una caminata. Luego una invitación. Luego una parte de sí mismo. El dolor abre una oficina y empieza a sellar permisos: esto no, aquello tampoco, mejor no, por si acaso.

El “por si acaso” es una cárcel con modales prudentes.

Lorimer Moseley ha insistido en una idea incómoda: el dolor es una protección del cerebro, no una medida exacta del daño. Eso no lo vuelve imaginario; lo vuelve más complejo. El cuerpo puede proteger demasiado, como esos guardias que ya no distinguen entre incendio y tostador.

El dolor no purifica a nadie

Moverse sirve porque le devuelve evidencia al cuerpo. Una caminata, una pesa bien usada, una rutina lenta, una rehabilitación paciente, un estiramiento honesto, un regreso gradual: todo eso le dice al sistema nervioso algo que la pura explicación no alcanza a decirle.

Le dice: todavía puedo.

El dolor achica.

El movimiento, cuando es inteligente, vuelve a ensanchar.

No se trata de romantizarlo. El dolor no purifica a nadie. Esa idea ha lesionado más cuerpos que muchas caídas. Tampoco se trata de obedecerlo como si fuera rey. El dolor no siempre manda; a veces exagera por miedo.

Vivir con cuerpo es aprender esa diplomacia: escuchar sin rendirse, moverse sin hacerse el héroe, parar sin sentirse derrotado.

El dolor no grita: traduce.

Y quizá madurar físicamente sea eso: dejar de preguntarle al cuerpo sólo cuánto aguanta, y empezar a preguntarle qué está intentando decir.

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