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‘Es martes y el cuerpo lo sabe’

El cuerpo pide permiso al aire


SIMÓN BILES. En gimnasia no basta tener cuerpo; hay que saber dónde está el cuerpo mientras vuela.

La gimnasia parece un deporte de criaturas que no pesan. Ahí empieza la injusticia.

El público ve a alguien girar, saltar, caer, sostenerse, abrir los brazos, saludar. Y piensa, con esa inocencia ofensiva del espectador cómodo: qué ligereza. Pero la ligereza, en gimnasia, es una mentira fabricada con años de fuerza.

Nadie flota gratis.

Nadia Comăneci lo volvió mito en Montreal 1976, cuando obtuvo en las barras asimétricas el primer 10 perfecto de la gimnasia olímpica. El tablero marcó 1.00 porque nadie lo había construido para el diez: los marcadores se habían pedido de tres dígitos, bajo el supuesto de que la perfección no iba a necesitar lugar. La máquina no se equivocó. Fue exacta respecto de un mundo que ya no existía, el mundo anterior a esa niña de 14 años. La tecnología se quedó corta; el cuerpo, por una vez, llegó más lejos que el marcador.

La gimnasia es eso: una pelea secreta para que el esfuerzo desaparezca. El músculo trabaja para no parecer músculo. La espalda sostiene una arquitectura que debe aparentar música. El abdomen se vuelve una columna clandestina. Las manos cargan una vida entera durante un segundo y luego deben soltarla como si nada hubiera pasado.

La gracia es una fuerza que aprendió modales. Y, como todo aquello que aprende modales, miente por cortesía.

EL AIRE NO ESCUCHA DISCULPAS

Cada aparato tiene su carácter. La barra fija es un pacto con el vértigo. Las anillas son una discusión inmóvil con la gravedad. El caballo con arzones parece diseñado por alguien que sospechaba demasiado de la comodidad humana. La viga, en cambio, es la más filosófica y la más cruel: un camino demasiado angosto para tanta vida.

La viga no cree en biografías. Se le podría entregar la de cualquiera, completa, con fechas y sacrificios. No la leería. La viga es analfabeta por conveniencia. No le importa si alguien entrenó diez años, si viajó lejos, si tiene a su familia mirando, si representa a un país o si la rodilla dolía desde la mañana. La viga mide 10 centímetros de ancho y con eso le basta para humillar al destino.

Simone Biles recordó algo que el público suele olvidar: en gimnasia no basta tener cuerpo; hay que saber dónde está el cuerpo mientras vuela. En Tokio se retiró de varias finales tras sufrir los “twisties”, esa desconexión peligrosa entre mente y cuerpo en el aire; en París volvió para ganar tres medallas de oro y una de plata. La hazaña no fue solo volver a ganar. Fue volver a confiar en el aire.

En el aire nadie puede explicar nada. El cuerpo hizo o no hizo. Abrió antes o después. Cayó firme o pidió disculpas con los pies.

El aire no escucha razones. No es sordo: es que no tiene dónde archivarlas.

LA CAÍDA TAMBIÉN TIENE MEMORIA

Kōhei Uchimura, rey japonés del all-around, ganó títulos olímpicos consecutivos en 2012 y 2016. Su grandeza no fue parecer espectacular, sino parecer inevitable: esa forma superior de la técnica en la que el error parece haber sido expulsado del edificio.

Pero la gimnasia también tiene otra épica, menos juvenil y más terca: Oksana Chusovitina compitió en ocho Juegos Olímpicos, una biografía casi imposible en un deporte que suele tratar la edad como si fuera una lesión. Ella no desafió solo a los aparatos. Desafió al calendario.

Por eso este deporte conmueve tanto. No es solo belleza. Es una batalla contra la torpeza con la que nacimos, una batalla que, además, nació con testigos. Todos quisiéramos elevarnos sin que se note el esfuerzo. Todos quisiéramos caer de pie después de nuestros giros mal calculados. Todos quisiéramos que la vida, esa juez severa, no nos descontara tanto por perder la línea.

OBEDIENCIA AL DETALLE

La gimnasia enseña una verdad incómoda: no basta atreverse. La valentía sin técnica es un accidente con entusiasmo. Para girar, sostenerse, caer de pie y volver a subir hace falta algo más duro que el valor: obediencia al detalle.

El gimnasta no le pide al cuerpo que sea libre.

Le pide algo más difícil: que sea exacto.

El cuerpo pide permiso al aire.

Y el aire, que no firma nada, se lo concede por un segundo y después se hace el distraído.

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